Diciembre llega con el sonido de los violines caucanos

Diciembre llega con el sonido de los violines caucanos

Descendientes lejanos de los esclavos libertos tocan sus violines artesanales, hechos en guadua

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Violines Caucanos de guadua

23 de diciembre 2016 , 06:17 p.m.

 Desde el 16 de diciembre, el día que empieza la novena al Niño Dios, en las montañas del norte caucano ya no se duerme. Desde las 7:00 de la noche y hasta cuando suenan las 12 campanadas, los violines elaborados en guadua no paran de sonar, en homenaje a la Virgen. Los villancicos, las fugas y los torbellinos se oirán sin parar hasta la noche del 24.

Y amanecé y amanecé, y al amanecé el día los pajaritos se alegran
Amanecé, y al amanecé, entren al niño pa' dentro, al amanecé, no lo dejen serenar, al amanecé
Corre como pastorcito, al amanecé
Amanecé, amanecé, que yo ya voy pa' llá y al amanecé y al amanecé …

Es la letra de unas de las fugas que se tocan por estos días en los violines caucanos, instrumentos únicos que solo se ven por esta zona del país, al suroccidente colombiano, y donde el conflicto armado no logró acallarlos.

En el norte del departamento del Cauca también se ven los violines europeos, pero imperan los caucanos, los artesanales que se elaboran con la guadua más gruesa que se encuentre en el camino, cortada solo en luna menguante entre las 12:00 de la noche y la 1:00 de la madrugada para que no le vaya a entrar gorgojo y talladas a punta de machete.

En tiempos de la esclavitud, según cuentan los vecinos, en las haciendas caucanas los españoles alegraban sus veladas con música clásica y a través de las rendijas los esclavos descubrieron el violín. Pero como no podían acceder al instrumento europeo, lo fabricaron, a su manera.

En la zona norte del Cauca estaban las haciendas esclavistas y en buena parte de sus poblaciones se asentarían después los esclavos libertos; cuando se empiezan a dar las liberaciones, estas pequeñas comunidades se congregaron al lado de las haciendas, ahí viven hoy sus descendientes lejanos.

El antropólogo Manuel Sevilla, profesor de la Universidad Javeriana, dice que hay otra teoría, más plausible, de cómo llegaron los violines a la zona.

“Introducidos por sacerdotes jesuitas que tuvieron su hacienda en el norte del Cauca. En realidad, los nobles no eran músicos, no era un oficio de gente adinerada, tuvo que ver más con el proceso de evangelización y la comunidad negra, hábil para la música, hizo sus propias versiones”, señala el profesor.

“Antes había mucha música, no había energía, ni Internet. En diciembre se tocaba toda la noche, hasta el amanecer, y el 25, en la mañana, se hacía el paseo al Niño Dios, se tocaban bundes, torbellinos, fugas, canciones alusivas a María, a José, al pesebre, al Niño”, cuenta el premiado Geovani Mina, violinista del grupo ‘Remolino de Ovejas’, ganador este año, en la modalidad de violines caucanos, del Petronio Álvarez, el más famoso Festival de Música del Pacífico que se realiza en Cali, la metrópoli más poblada de todo el Suroccidente colombiano.

“Se tocaba de oído, los adultos llevaban a los niños a las fiestas, los acostaban en esteras de caña brava y el sonido se les quedaba. Así aprendieron a afinar el oído, no conocían las notas musicales. Yo sí aprendí a tocar violín en la Casa de la Cultura de Suárez”, recuerda este músico y constructor de los violines de guadua.

Vive en La Toma, un corregimiento del municipio de Suárez enclavado en la Cordillera Occidental, con la represa de la Salvajina a sus pies, bañado por un lado por el río Cauca y por el otro, por el río Ovejas, una zona rica en oro, donde la población afro arriesga cada día su vida por una pepita. Está a cuatro horas de Cali.

El instrumento

Como la guadua acumula agua, es necesario que esté bien seca para empezar a adelgazarla por dentro, ahí radica el secreto del sonido, entre más hueca quede esa caja de resonancia, mejor.

“Utilizo guaduas ya secas, no las corto, busco las caídas dentro de los guaduales para que no entre el gorgojo”, dice Mina.

Las corta con una segueta y con el machete empieza a adelgazarlas en el taller que montó a unos 200 metros de su pequeña casa. Lo techó con zinc, el suelo es de cemento, las paredes de adobe y lo encerró con la malla que se utilizan en los gallineros.
Todo lo pule a punta de lija. Otro secreto es el ‘alma’, un palo que, por dentro, atraviesa todo el esqueleto del violín. Esa pieza la descubrió en los violines europeos.

“Hice la prueba y sonó mejor. Todo es producto de la experimentación, desde hace un año los hago con 'alma' y hace año y medio cambié el diseño”, dice Mina.

Los ‘viejos’ constructores de los tradicionales violines caucanos han muerto, quedan ya pocos. Hay cinco en la zona, están en las veredas Muchique, Palo Blanco, Honduras y en La Toma.

Nieves Lucumí, de 76 años, es uno de ellos, los fabrica a la antigua, sin esa caja extra que se inventó Mina para prolongar el sonido del violín.

En el poblado de Yolombó, también en el municipio de Suárez, vive Alberto Balanta, de 69 años. Fue él quien arregló el primer violín que Mina hizo a sus 18 años.

“Para mí, la música es una tradición que alegra todos los corazones, un país sin música está muerto”, dice Balanta.

“Desde pequeñito tiene que gustarle a uno, de grande ya le cuesta. El niño oye y dice: Papá, quiero aprender, entonces, usted tiene que preocuparse por hacerle un violín, y aprenderá a ejecutarlo poco a poco, como cuando a usted lo meten a la escuela en primer año, hasta llegar al último grado”, agrega el músico.

“Aprendí escuchando, en mi época no había maestros, como ahora. Llegaba donde alguien que estuviera tocando un violín y cogía la música, iba donde otro y ahí me quedada, hasta que agarraba la melodía. Me defiendo, con los dones que Dios me ha dado”, cuenta el ‘viejo’ Balanta, mientras afina el violín artesanal.

Todo a mano

La caja de resonancia del violín caucano es de guadua; el arquillo de cascarillo, árbol de la zona; las delicadas clavijas que solo un experto puede tallar con machete, son de pino; el cuello del instrumento también se trabaja con cascarillo. Las cuerdas son de nylon, por económicas, porque las de crin de caballo pueden conseguirse entre 150.000 y 200.000 pesos, mientras las sintéticas salen en 30.000.

“No hay un número exacto de cuerdas, pero si se le ponen demasiadas, no sonará bien. Todo es a cálculo, al ojo, si se tienen listos todos los materiales, en tres días se saca un violín”, dice el músico Mina, mientras elabora uno en su taller de La Toma, donde hay que bajar a pie, porque hasta allá no llega ningún carro, donde no hay agua potable y si no llueve, toca ir hasta la quebrada donde se lava la ropa para poder bañarse.

Cuando no está dedicado a armar sus violines, Geovani Mina baja a buscar oro, cerca de la represa de la Salvajina. Sale a las 6:00 de la mañana, como el resto de pobladores, se mete a un socavón que tiene una sola entrada y por donde hay que avanzar agachado porque no es muy alto. Ahí trabajan 100 familias que pican las paredes a unos 200 metros de profundidad, salen con la esperanza de que en medio de esos costales que llenaron de tierra, algo dorado brille.

Por la tarde se va hasta el Instituto Agrícola de Suárez, a enseñar a tocar el violín, para que la tradición un muera en las montañas caucanas.

“Lo más interesante no es el violín antiguo, correspondiente más a un accidente histórico, sino la menara cómo estas poblaciones esclavistas, que vivían en una situación complicada, tuvieron un proceso de creatividad y combinaron la música afro con la fuerte influencia de las misiones europeas, con la de las comunidades indígenas y dieron paso a lo que hoy conocemos como música del Pacífico”, agrega el profesor Sevilla.

Video: EL TIEMPO.com

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