Cinefilia, la pasión de siempre en Cali por el cine

Cinefilia, la pasión de siempre en Cali por el cine

Ramiro Arbeláez, docente de la Universidad del Valle, hace repaso de la industria cinematográfica.

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El profesor de la Universidad del Valle Ramiro Arbeláez (izq) junto al director Woody Allen, hace repaso de la trayectoria de la pasión en Cali por el cine.

Foto:

archivo particular

24 de agosto 2016 , 09:16 a.m.

La cinefilia no es otra cosa que la pasión por el cine. En Cali, esa pasión ha estado presente tanto en las clases medias y altas, como en las populares, y se ha expresado de diferentes maneras, no solo durante el siglo pasado, sino también en lo que llevamos del presente.

Recurrentemente oímos decir que una de las razones que ha hecho posible el éxito de varias producciones caleñas del presente y del pasado, ha sido la pasión y el conocimiento que los directores de las películas han tenido de la historia del cine; lo que les ha permitido no sólo emular con creatividad a sus referentes, sino incluso distanciarse de formas anteriores en busca de su propia expresión.

En Cali comenzamos a tener salas de cine estables y dedicadas con exclusividad al cine desde los años 30, ya que el fenómeno cinematográfico tardó años en estabilizarse. Las primeras aparecieron en el centro, pero a partir de los años 40 comienzaron a aparecer en los barrios. Esto posibilitó la formación de públicos distintos de acuerdo con las características de la sala, su ubicación geográfica y el entorno socio-económico del sector.

Cada sala fue encontrando, poco a poco, su vocación, es decir estableciendo una estrecha relación entre el cine que exhibía y el público asistente. Esto permitió la conformación de audiencias, contribuyó a forjar fuertes identidades urbanas y a distinguir culturas. El cine no fue el único medio de comunicación que intervino en el proceso, pero fue muy importante para las generaciones que crecimos en la ciudad, sobre todo a partir de los años 50.

Para los sectores populares fue muy importante la existencia de salas como el Teatro Cervantes, el San Nicolás, el Sucre y el Belalcázar, desde los años 40; posteriormente también el Teatro Roma, el Ángel, el Rialto, el Avenida, el Imperio, el Ayacucho, el Alameda, el María Luisa, el Libia, el Troncal y el Asturias, para nombrar solo algunos. Lo mismo que para las clases media y alta fueron importantes el Colombia, Jorge Isaacs, Municipal, Bolívar, Aristi, Colón, San Fernando, Cid y Calima, para no agotar a los lectores.

Tanto el antropólogo urbano Alejandro Ulloa, como después la comunicóloga María Fernanda Arias, han demostrado la importancia que tuvo el cine para las clases populares, sobre todo cierto cine mexicano (Tin Tan, Resortes, las rumberas y otros) y estadounidense (musicales, especialmente con Fred Astaire, Gene Kelly, Ginger Rogers) con los que los caleños afianzamos la competencia en el baile y el gusto hacia el melodrama y la música popular durante las décadas del 40 y 50.

Para las clases media y alta también el cine americano y europeo fueron importantes para reforzar identidades culturales.

Pero el cine también fue importante por el simple hecho del encuentro, lo que permitió al ciudadano ejercer su socialidad en los teatros al momento de ver y gozar colectivamente las películas.

Hace algunas décadas, ir a cine en Cali constituía un programa fundamental en la vida social del fin de semana, cuando las ofertas de diversión pública eran reducidas. Las salas eran diseñadas como espacios de encuentro y decoradas en un estilo adecuado para el disfrute de un público preparado para la ocasión.

La arquitectura, el diseño y la iluminación de estas construcciones pudieron revelar también un espíritu y una ideología. Y la concurrencia del público a ellas significó el deseo de ver proyectados ciertos sueños colectivos concomitantes con aquellas formas.

En Cali encontramos grupos que se organizaron para ejercer su cinefilia desde finales de los 50. El pionero, tal vez haya sido el Cine Club La Tertulia, del grupo comandado por Maritza Uribe de Urdinola. Finalizando los 60 la cinefilia de Carlos Mayolo, por ejemplo, se convirtió en militancia cinematográfica, pues junto a Jaime Vásquez y Enrique Buenaventura armaron el Cine Club Cine Estudio 35, que exhibía cine con un proyector de 16 milímetros en sindicatos y centros culturales.

El siguiente grupo importante fue el comandado por Andrés Caicedo, quien fundó el Cine Club de Cali en el Teatro San Fernando en 1971, responsable también de la revista de crítica cinematográfica Ojo al Cine. A ese cine club pertenecieron también Luis Ospina y Carlos Mayolo.

Es reconocida la declarada pasión de este grupo por el cine, especialmente por el género de terror, presente no solo en la obra caicediana, sino también en las primeras películas de Ospina y Mayolo. El primer largometraje de Ospina, Pura Sangre (1982), es un singular homenaje al cine de vampiros, el que aprovecha para contar la historia del ‘monstruo de los mangones’, personaje real que aterrorizó nuestra infancia caleña en los 60.

El primer largo de Mayolo, Carne de tu carne (1983), cuenta una historia de terror familiar, de vampiros y zombies dedicado al director Roman Polanski.

En ese cine club también moldeó su cinefilia el cineasta Oscar Campo, cuyas primeras producciones hacen referencia al cine de géneros. Pero no solo fueron directores los que asistían fervorosamente al Cine Club de Caicedo los sábados al medio día: Escritores, fotógrafos, diseñadores, escenógrafos, sonidistas, productores, actores y actrices, que serían clave para el cine caleño y colombiano de esta época y del futuro, abrevaron en la pantalla de Caicedo y pulieron allí sus primeras ilusiones cinematográficas.

Pero hay que reconocer que no fue el único cine club de la época que el caleño tenía para escoger para ejercer su cinefilia. Surgieron otros como el Cine Club Nueva Generación, el Cine Club Casa de la Amistad con los Pueblos, el Cine Club Cuarto del Buho, el Cine U-Clu de la Universidad del Valle -para citar unos cuantos- pero sobre todo la Cinemateca La Tertulia, que desde finales de los setenta y durante la década de los ochenta, representó el refugio seguro y permanente para los cinéfilos que habían quedado desamparados con la muerte de Caicedo.

El auge de cine clubes se da al tiempo que las tecnologías audiovisuales propiciaban cambios en la recepción del cine y las salas comerciales, tanto las de barrio como las del centro, fueron quedando paulatinamente vacías. Con el tiempo, algunas se cerraron, otras se demolieron.

Hoy, las salas de cine están asociadas a los centros comerciales, aunque cómodas, se diseñan en serie, con un estilo standard e impersonal y una iluminación de bajo perfil. Mientras, el acto de ir al cine se ha convertido en una más entre muchas opciones de entretenimiento que tiene el ciudadano.

La oferta de exhibición cinematográfica de sala oscura es ahora más fragmentada, pero no necesariamente más abundante o diversificada, pese a la multiplicación de pantallas.

La reducción del tamaño masivo de una sala grande al pequeño espacio de una sala de multiplex también ha repercutido en la magnitud del antiguo ritual y su importancia social. Hoy, ir a cine, hace parte del mismo hábito consumista que se vive en los centros comerciales.

Ya la película no es el centro del ritual porque la escasa rentabilidad financiera que ofrece ha hecho crecer desmesuradamente la oferta de comestibles para compensar: Se han diseñado elegantes y expeditos despachadores de comida, y de esta forma, el rito social del cine cuenta ahora con el ruido de paquetes, el crujir de masticaciones y olores oleaginosos que, para algunos, lo acercan a una prosaica comilona que perturba el goce estético, mientras que para otros, son componentes fundamentales sin los cuales el rito resultaría soso y desesperante.

Lo anterior no quiere decir que el cine se ha dejado de consumir, al contrario, hoy más que nunca tenemos acceso a él de formas impensables hace 30 o 40 años. Los viejos cinéfilos que ya no respiran envidiarían la posibilidad que tienen los cinéfilos de hoy para acceder por piratería o por Internet a ‘casi’ todo lo más importante de la historia del cine, y se asombrarían de saber que un estreno mundial puede lanzarse simultáneamente en diferentes puntos distantes del planeta.

Las tecnologías facilitan que los espectadores den el paso a la creación audiovisual, que se vuelvan productores y hasta archivistas. A falta de pantallas gigantes colectivas pululan las meso-pantallas familiares y las pantallas de disfrute individual, el mundo ha sufrido una ‘pantallización’: la historia del cine se puede portar en un pequeño dispositivo que puedo disfrutar en mi celular.

Ha crecido también el consumo doméstico de audiovisuales vía televisión y reproductor de discos, pero -para lo que interesa ahora- también ha crecido el número cine-clubes, tanto en las universidades como en los centros culturales y bibliotecas.

Desde hace 10 años hace méritos el cine club de la Fundación Lugar a Dudas, dirigido por Oscar Campo. Por el pasaron ejerciendo su temprana cinefilia investigadores y presentadores, cineastas que hoy han sido reconocidos con premios internacionales como Oscar Navia, César Acevedo, Diana Montenegro y Natalia Imery. También cineastas que comienzan a transitar el camino de su expresión como Luisa González y María Alejandra Álvarez. 

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