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EL drama que cada domingo viven las visitadoras de la Càrcel Modelo

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Foto: Feranando Ariza

Cinco guardias del Inpec controlan el ingreso de más de 10 mil mujeres a la cárcel. Un ritual en el que la fila más larga es para ingresar: 12 horas.

Chala está feliz porque ya tiene sello. Su rostro de niña no revela 22 años y menos que es madre cabeza de hogar: 6 y 3 años tienen sus hijos. Viene visitar a su compañero, detenido por lesiones personales, en el patio cuatro de la cárcel La Modelo.


Detrás de ella hay una fila de, al menos, 10 mil visitadoras, que cada domingo quieren acompañar a sus hombres presos en una jornada que va de 8 a.m. a 4 p.m.


Las 11 de la mañana es la hora máxima de ingreso. Y para hacerlo, ellas tienen tres opciones: llegar a las 3 de la madrugada o estar ahí a las 11 p.m. del día anterior.


La otra alternativa es pagarle a la 'arrastradora', que por 10 mil pesos las ubica en los primeros puestos. De lo contrario tendrán que soportar una fila de 6 cuadras, empujones y agresiones de otras visitantes.


La cita de amor
Con timidez, Chala muestra sus dos trofeos de espera: el número 1.225 marcado en el antebrazo derecho y cuatro tarjetas RT de 5 mil pesos. Oficialmente, las tarjetas son para que los reclusos hagan llamadas, pero adentro se convierten en la moneda con la que se paga todo.
Con una RT, por ejemplo, Chala esperaba pagar el cambuche, la improvisada habitación de cobijas y cartones que los presos arman para poder estar en la intimidad con sus mujeres.


Bellas para ellos
Aquí, la fila no es solo para entrar, también para comprar las RT, para la fotocopia de la cédula y para alquilar chanclas o comprar el pollo.


Pero las mujeres, ya curtidas en la brega de las visitas domingueras, se las ingenian para cuidarse los puestos y llegarles a sus hombres con todas las de la ley: almuercito, tarjetas y ellas bien hermosas.


Por ejemplo, en la tienda de Martha, sobre la carrera 56, la algarabía frente a un espejo gigante es continua: colorete, pestañina, rubor y tangas pasan de mano en mano.

La comida entra en bolsitas
Nelly llega corriendo al puesto que ocupa Chala en la fila. Trae la comida: una bandeja grande de plástico llena de bolsitas con alimentos: Bolsitas de papa, plátanos fritos, arroz, maíz y trozos de carne.
"Adentro la revisión de comida es brava: revuelven el arroz y todo lo atraviesan con un tenedor. Mucha comida es rechazada, y mientras en la casa falta, aquí se desperdicia por montones", dice Nelly.


'Páseme las chancletas'
Después del sello, las chancletas son el otro requisito inviolable para la entrada. Y si usted no trajo; en perfecto estado le alquilan  por dos mil pesos, claro enla fila.


También hay un nutrido comercio de fotos, fotocopias, (¡ah!, porque la entrada de los hombres los sábados es otra historia) y venta de diarios. El Espacio es el único periódico que se vende en la entrada principal, por sus mujeres desnudas.


La última de la fila
Yolanda Camacho vive otro domingo. Una madre valluna que llegó el sábado en la noche a Bogotá para ver a su hijo, de 31 años, que está detenido por narcotráfico.
"Jodidos. ¿Qué tal el despelote'. La única esperanza que guardo es que la entrada es hasta las 11", dice. Pero ya son las 9:30 y por delante tiene cinco cuadras de pasos lentos en donde pocas respetan el puesto. Además, no ha conseguido chancletas y le falta la fotocopia de la cédula. A esa hora, los locales que guardan ropa en la calle 17 ya están atestados.


Un abogado que constantemente visita la cárcel asegura que la mayoría de armas y drogas que llegan a los patios ingresan el domingo en medio del desorden.


Por ahí pasan tres guardias del Inpec poniendo sellos a diestra y siniestra, al mismo tiempo que organizan los corrillos de mujeres que aseguran estar en la fila mientras otras alegan que son coladas. "¿Por qué empiezan a poner los sellos tan tarde?", preguntan unas. Y otras: "¿Por qué no hay el control suficiente?".


A las 3:25 p.m. las primeras siluetas de visitadoras se asoman a la puerta. Ya están de salida. Una fila de cuatro mujeres espera turno para borrar el sello de sus brazos con un trapo bañado en tíner.

John William Montaño Gòmez

REDACTOR EL TIEMPO ZONA
johgom@eltiempo.com.co

 

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