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El Eje Ambiental que soñó Salmona era más ambicioso que el que se hizo

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Eje ambiental

La propuesta vista por su esposa, la arquitecta María Elvira Madriñán.

La columna de Armando Silva 'Ciudad imaginada', publicada el sábado 14 de enero en EL TIEMPO, me lleva no solo a disentir, en lo que hace referencia al Eje Ambiental de la avenida Jiménez, en Bogotá, sino que me da la oportunidad para hacer algunas aclaraciones que considero pertinentes, y dar a conocer el alcance del proyecto, del que desafortunadamente solo se hizo una mínima parte, con lo que se perdió una gran oportunidad para la ciudad.
Dice el señor Silva:

"El Eje Ambiental ha resultado un fracaso, pues en lugar de embellecer el lugar, de evocar lo natural, de ser memoria viva de lo que fue, funciona al revés: estorbo, basurero, malos olores y abandono. Se necesita coraje para reconocer el error, demolerlo y que la ciudadanía pueda caminar cómodamente, tal vez bajo la sombra de algunos árboles, que podrían enaltecer este bello e histórico sitio".

Son pocas las oportunidades que se presentan en una ciudad como la nuestra de hacer proyectos urbanos de gran trascendencia, no solo por su magnitud, sino por las implicaciones que tienen dentro de un gran sector de la ciudad. Este es el caso del Eje Ambiental de la avenida Jiménez, proyectado durante la primera alcaldía de Antanas Mockus (1995-1998) y construido por el exalcalde Enrique Peñalosa (1998-2000).

Este proyecto "es la emanación del lugar, y no un objeto sin raíces", decía Rogelio en La memoria del agua, un texto publicado al finalizar el diseño, agregando:

Dada su dimensión, era la oportunidad para crear una nueva morfología que recuperara las referencias urbanas, respondiera a las nuevas necesidades y contribuyera, a su vez, a la recuperación del centro histórico de la ciudad con una "nueva organización espacial y urbana con todo lo que conlleva esto de innovación y de cultura".

Se quería también recuperar la memoria histórica del río San Francisco, sacar el agua a la luz, conducida por un canal que rememorara su trazado, y que hiciera honor a su nombre muisca: Viracachá: resplandor del agua en la oscuridad.

Se propuso un gran eje peatonal, a lo largo del canal de agua, que ofreciera al peatón un paseo en el cual se pusieran en valor las vistas a los cerros de Moserrate y Guadalupe, pero que, a su vez, les diera importancia al diseño de los pisos, a la arborización, al mobiliario urbano, y se lograran recuperar todos los espacios a su alrededor, unificándolos, proponiendo una nueva paramentación y controlando las alturas para las nuevas edificaciones. Pero, sobre todo, buscaba, según le contó a su amigo Guillermo Angulo en una entrevista:

"(...) la recuperación espacial y paisajística de la zona de influencia de la avenida, todo su entorno, el piedemonte y sus barrios aledaños. La avenida recuperada debería seguir bordeando el piedemonte hasta unirse con el parque Nacional, y de allí seguir hasta la Ciudad Universitaria. Este es un punto fundamental para recuperar el paisaje urbano, convirtiendo todo el piedemonte en un parque nacional o municipal, para protegerlo y para el disfrute de la ciudadanía. Inicio de una recuperación de los cerros que bordean a Bogotá. La intervención en la Jiménez debía prolongarse con la avenida Colón, hasta la hermosa estación de la Sabana y su zona de influencia. Desafortunadamente no fue así, y el proyecto fue dividido en dos contratos. La construcción se inició de la carrera décima hacia el oriente, pero se interrumpió en la zona aledaña a la Universidad de Los Andes, dejando desamparada la relación entre el piedemonte, la estación del funicular y la avenida misma.
Era, pues, un gran proyecto espacial y paisajístico, que volvería a darle a la ciudad su importancia histórica (...)".

Aparte de no construirse el proyecto en su totalidad, tampoco se hicieron las obras técnicas necesarias que estaban previstas en los diseños, como los desarenadores que garantizarían que el agua llegara más limpia y con mayor caudal, y un canal interceptor de aguas lluvias que evitaría la invasión de las lluvias en la nueva vía.

Esta sería una excelente oportunidad para que la nueva alcaldía realizara las obras que quedaron pendientes de ejecutar y poder evitar así el deterioro de ese importante proyecto urbano, que con un mínimo mantenimiento dejaría de ser un lugar sucio y olvidado y recuperaría su condición de hito urbano, como lo fue en su inicio.

Recordemos que el proyecto inicial, por ejemplo, no contemplaba el paso del TransMilenio, el cual se incorporó posteriormente, lo que le quitó parcialmente a la avenida Jiménez su primordial función de vía peatonal. Inconvenientes técnicos presentados por el uso del relleno fluido y el material de acabado que va sobre ese concreto se han convertido en un problema adicional que hace que la hermosa vía peatonal esté continuamente en reparación, usando cada vez materiales diferentes, lo que hace que parezca una colcha de retazos.

Pero el proyecto del Eje Ambiental no fue concebido aisladamente. Al mismo tiempo, se contrataron nuevos proyectos que trascendían la dimensión urbana e incorporaban también lo recreativo y paisajístico. Proyectos como el Nuevo Camino a Monserrate, que se adaptaba a las curvas de nivel y hacía que la subida fuera más descansada y segura, provista de pequeños centros culturales ubicados estratégicamente a lo largo del camino, que permitían descansar y contemplar el paisaje a medida que se iba ascendiendo o bajando.

Una propuesta paisajística buscaba, con la introducción de nuevas especies nativas, enriquecer el cerro y permitir que se llenara también de flores, cuyo color se viera desde la ciudad. Un parqueadero de bajo costo de construcción para 1.000 carros, la solución al necesario mercado de las pulgas y a las ventas de comida de la Quinta de Bolívar.

Adicionalmente, se intervenía el piedemonte y, aprovechando las condiciones naturales del lugar, se propuso un anfiteatro para conciertos al aire libre, o cubierto (que tanta falta le hace a la ciudad), con capacidad para 25.000 personas, aprovechando las vías existentes. Un gran circuito peatonal, también con posibilidades para ciclistas y caballistas, uniría Monserrate con el parque Nacional y, a través de la ronda del río Arzobispo, se conectaría con la Ciudad Universitaria y desde ahí con el parque Simón Bolívar. Sería esta una oportunidad única para unir peatonalmente importantes centros educativos, enriquecer la ciudad teniendo en cuenta sus condiciones naturales y darle valor a su sistema hídrico, para generar una ciudad paisajísticamente pensada, donde nuestra avenida fundacional, la avenida Jiménez, sería solo el inicio de una gran transformación urbana.

Trabajos de años de investigación, con propuestas concretas y desarrolladas en planos constructivos y técnicos, enriquecedoras para la ciudad y sus habitantes, terminan siendo desconocidos, archivados y olvidados, por lo que considero sería importante para la nueva administración distrital tener acceso a proyectos que ya fueron preparados, para extraer de ellos ideas que fácilmente podrían ser desarrolladas.

Una académica

María Elvira Madriñán Saa es arquitecta de la U. de Los Andes, donde también estudió Botánica. Es presidenta de la Fundación Rogelio Salmona y ha participado en proyectos institucionales y de vivienda y como conferencista de eventos académicos.

María Elvira Madriñán
Presidenta Fundación Rogelio Salmona

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