El Reportero Ciudadano cuenta su experiencia en el operativo de la Séptima, que desde el lunes pasado, se extendió desde las 10 a.m. hasta las 3 p.m. entre lunes a viernes.
Con todo creo que el esfuerzo vale la pena y demuestra una vez más que la cultura ciudadana supera cualquier mal Samuel.
El pasado martes 27 tomé una buseta en la Séptima con 71. No más subirme y me encontré con una muchachita que, enfundada en su chaqueta naranja, me entregó un volante que recibí mientras guardaba equilibrio para pagar el pasaje.
Busqué una silla dónde sentarme y que me garantizara que, al meter la mano al bolsillo, el atracador de turno, no se topara con el hueco que tengo precisamente en el bolsillo derecho. Da pena con los atracadores que sólo encuentren un roto en el bolsillo.
Apenas me acomodaba cuando 'la muchachita naranja', con una vocecita casi imperceptible y que denotaba desayuno bajito, nos comunicaba las direcciones de los dos próximos paraderos.
Miré el volante sin dar crédito a lo que oía y ¿saben qué encontré? Las direcciones, en orden descendente de norte a sur, coincidían con lo que la muchachita nos anunciaba.
Con incredulidad propia de liberal, masón, antiuribista y antisamuelista aguardé la llegada de la buseta al próximo paradero anunciado, apostando en silencio que si alguien timbraba antes o cualquier músico o vendedor de bolígrafos le ponía la mano a la mitad de la cuadra, el Montoya conductor de nuestra buseta frenaría en seco y con su mejor sonrisa diría que no escuchó el "susurro de la muchachita naranja". Perdí la apuesta.
Sucedió lo que la naranja había pronosticado. Ni que fuera pariente de Harry Potter, pensé, pero así sucedió y siguió sucediendo en los paraderos detallados en el volante.
Mi viaje terminaba en la 36 con Séptima y a pesar de que allí estaba previamente confirmado paradero, rehusé a bajarme. Ese espectáculo por sólo 1.200 pesos no lo podía terminar en apenas 30 cuadras. Era un cover demasiado barato para la película que estaba viendo.
Una chaqueta tres tallas más grande que la portadora, metiendo en cintura a un rey del volante condecorado con miles de kilómetros y de infracciones, por supuesto, no podía terminarse tan pronto. Unos pasajeros cambiamos momentáneamente la cara de resignados y rabiosos -que desde hace dos años tenemos los bogotanos- por cara de asombro.
El encanto duró hasta la Trece con 26, y no porque la muchachita naranja se bajara, es que allí empata la carrera Décima, que de carrera sólo tiene el nombre. Allí, los únicos que toman carrera son los atracadores y rateros de todas las pelambres que con las decenas de buses por cuadra y a la velocidad de un kilómetro por hora nos recuerdan que seguimos en la Administración más funesta de Bogotá.
DOUGLAS MORA
Reportero Ciudadano
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