Los restaurantes dan grima. Son horrorosos desde el punto de vista arquitectónico y antihigiénicos a la primera mirada.
Lo que uno ve, ofrecidos como sitios de recreación, son ranchos de lata y madera. No hay nada que invite a entrar.
Nada comparable con la vía a Las Palmas en Medellín. Allí todo es grato y hermoso. Los restaurantes están bien dispuestos y aseados. La comida apetece. La atención también. Lo mismo el paisaje.
En Bogotá, no sé por qué, las autoridades han descuidado esta zona turística. Desde este tramo de la vía a La Calera, la vista sobre la ciudad es bonita. Causa placer sentarse a contemplarla. Pero no los lugares que se han construido a lado y lado de la calzada.
Hace poco, estuve allí con un francés. No podía creer él, con la fama que tiene Bogotá afuera, que aquí tan cerca hubiera un lugar tan descuidado. Mi amigo, que trabaja en turismo, vio un gran potencial en este tramo de la vía. Dijo que aquí, en estos escasos ocho kilómetros, podría diseñarse un plan turístico que le diera la vuelta al mundo por su encanto. Le extrañó que ningún alcalde, en tantos años, le hubiera puesto mano positiva a esto.
Intentamos comunicarnos con los alcaldes de Chapinero, Usaquén y La Calera para ofrecerles, sin costo, un concepto técnico en materia de turismo en la subida a La Calera. Nos dirigimos a un correo electrónico que hace poco publicaron en la prensa estos alcaldes. Pero ni siquiera entra el mensaje. Es rechazado. Parece un engaño más, pese a que lo publicaron, el correo, para que los ciudadanos les comunicaran a estos funcionarios sus inquietudes.
Así no vamos a poder. Si no paran bolas, debe ser porque los intereses de siempre se interponen entre los buenos proyectos y las ejecutorias de los funcionarios. Por eso decidimos que este trayecto, en la Bogotá que se las da de tanto, es un monumento al feísmo en arquitectura.
Aquí compiten, previa licencia oficial, quienes le apuestan a construir el restaurante más feo de la ciudad. Aparte del que hay en el kilómetro uno, ninguno de los restantes llama la atención del turista.
Quienes se apuntan a los recorridos en chiva por este lugar, bajan decepcionados del que les pintan de antemano como el lugar de mostrar por las noches en Bogotá.
Pero así seguiremos. Nadie habla de planes para mejorar estos sitios. El mal gusto seguirá imperando hasta el día en que san Juan agache el dedo.
ANTONIO ALBARRACÍN TORRADO
Reportero ciudadano
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