Una monja india cuida a hijos de recicladores al borde del río Bogotá
Por: JUAN GUILLERMO MERCADO | 9:50 p.m. | 01 de Septiembre del 2011
Hace 6 años esta misionera se encarga de los pequeños. Creó un colegio y quiere una casa cultural.
El niño, que agarra una botella de dos litros de gaseosa y arranca su etiqueta con destreza, no puede tener más de 10 años de edad.
Su mirada es triste y se queda mudo ante las preguntas. Molly se acerca con cuidado y pregunta: "¿Por qué no lo han matriculado donde las hermanas?".
El tío del menor dice que "una mujer lo cuida" y que, con la ayuda del pequeño, acabará más rápido hoy de organizar una montaña de plástico y cartón que se amontona en dos costales llenos de basura.
El mejor olor que se puede percibir es el del desperdicio. Estamos a 10 pasos del río Bogotá y apenas se puede respirar. En español, uno de los cuatro idiomas que habla la mujer, les explica a los familiares del niño que ella hoy mismo lo puede inscribir en un colegio.
Tiran la puerta, cierran las ventanas. Nadie aparece. "¿Ves? Tengo fracasos. No todo aquí son éxitos", dice Molly Kumblunkal, una misionera india que camina por las aún encharcadas calles de Porvenir Río, en Mosquera (Cundinamarca).
No lleva hábito, pero es monja. Viene de la India, pero no es hindú. Y ahora, mientras un puñado de adolescentes nos miran con recelo, ordena que nos vayamos, que el ambiente "estás peligrosos (sic)".
En la calle 13 No. 4-21 hay una casa con letrero pequeño y extraño: "Hermanas de la Cruz Chavanod", se lee, en lo alto de una puerta. Adentro, la sala no tiene muebles ni cuadros, los adornos son afiches con las vocales y un mapamundi. "Aquí planté mi carpa hace seis años, en un barrio de recicladores y desplazados.
Es mi misión, para eso estudié, y ahora veo que el único futuro son los niños, porque los padres es muy difícil que aprendan", afirma.
Té hindú vs. cerveza
"Lo primero que vi fue el alto consumo de alcohol y drogas. Los hombres se van a trabajar temprano; los niños quedan solos, muchos con madres de 13 años que no saben hacer mucho". Ese es el diagnóstico que hizo Molly cuando llegó.
A solo una cuadra de Bogotá, por la entrada de la calle 13, está el barrio. Sabía que era su destino cuando hace 21 años salió de Kerala, su ciudad natal, en el sur de India.
Proveniente de una familia católica, en un país que acepta todas las religiones, Molly entendió rápidamente que iba a ser misionera.
Viajó a Francia y ahí se unió a la congregación Hermanas de la Cruz. Aprendió español en Bélgica, en una escuela de estudios latinoamericanos. En Estados Unidos se graduó como profesora y su primera estación en este continente fue Perú, donde trabajó con las comunidades indígenas en lo más profundo de los Andes, hasta cuando le mostraron en un mapa de Bogotá un hilo azul.
" 'Ese es el río y ahí tenemos unas misioneras. Ve para allá', me dijeron", cuenta la mujer de 49 años, que habla 17 dialectos de la India. Al mes llegó Raní Selvaray, otra misionera india que la acompaña en el trabajo.
No necesitaron mucha investigación para entender que el mayor problema en el asentamiento de 16 cuadras y seis carreras, solo dos con pavimento, era la cerveza. "Y créeme que a punta de té no la iba a reemplazar", afirma en medio de una larga carcajada. Porvenir Río, que de optimista solo tiene el nombre, según Molly, es el reino de los problemas. Y un recorrido lo confirma.
Laura, que lleva en un coche a su hijo 10 meses, dice que no pudo disfrutar de la juventud porque quedó embarazada a los 15 años.
Dioselina Soriano, líder de 65 años, cuenta que este jueves tuvo que llevar a una jovencita hasta el hospital de Fontibón, agredida por su esposo borracho.
Precisamente, a ese centro asistencial llegaron el pasado 9 de junio cuatro jóvenes heridos, luego de una balacera a las 8:30 de la noche. Uno de ellos murió. "Los otros andan por ahí", afirma una tendera en su negocio. La causa, ajuste de cuentas por microtráfico.
"Cuando llegué escuchaba tiros, y amanecían personas muertas en el río o del lado del potrero. Fue difícil", dice la misionera, que pese a la violencia se quedó. "La casa no tenía agua ni puertas ni ventanas. Hacía un tendido y ahí se acostaba", asegura Dioselina, la amiga con la que Molly empezó su campaña de liderazgo.
Recogiendo de puerta en puerta a los niños no escolarizados creó su primera clase. Cuatros pupitres y doce sillas. Eso sí, todo limpio y bien arreglado. "Luego, se acercaron madres cabeza de hogar y me preguntaron qué podían hacer. Hicimos un sembrado y ahora diez mujeres tienen una empresa de pulpa de fruta", explica Molly.
Cargando bultos
Los medios de comunicación hicieron emisiones en directo en el pasado invierno. Porvenir Río vivió los estragos de las lluvias y la crecida del río. "El agua se filtró por la barrera y muchos sufrieron la inundación", afirma Molly.
Ella pasó de incógnita, como una damnificada más, frente a las cámaras, cargando bultos. Ahí se terminó de ganar el respeto del barrio. "La monjita ayuda, la monjita ayuda", dice una recicladora.
"Aquí cerca queda la Zona Franca, esto no debería ser tan pobre", asegura la misionera, que, además, analiza que su viaje por el mundo le ha enseñado que las zonas de acceso a la capital de un país suelen ser más prósperas y desarrolladas.
Las calles destapadas, los niños reciclando y las aguas negras en las que flotan colchones y sillas hacen pensar que el nombre Porvenir Río es una ironía. Un conteo rápido deja ver que la vía principal tiene 16 vallas de políticos y que las carretas, y hasta los caballos, ya tienen calcomanías de los candidatos a la Alcaldía de Mosquera.
En ese escenario surge el sueño de Molly, el ángel de este barrio. Sus terapias de reiki, yoga y medicina natural ya son conocidas en la capital del país. "Por eso han venido personas con buena posición económica que me han donado dinero y han hecho convenios con empresas" dice.
Molly logró comprar un lote en el que quiere construir una casa cultural, para que los niños hagan teatro, danza, estudien y tengan un futuro distinto. Sus dos obreros son indígenas que llegaron al lugar desplazados del Cauca. "No sabemos mucho de columnas de concreto, porque estamos acostumbrados a construir chozas", afirma uno de ellos.
Pero quieren ayudar y eso es lo que la mujer necesita. De otro modo el largo viaje que hizo no tendrá sentido.
Juan Guillermo Mercado
Periodista de Citytv
juamer@citytv.com.co
Contacto
mkumblunkal@gmail.com
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