Foto: Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO
Un agente de la Sijín, durante un reciente operativo contra una 'olla' en una invasión de la localidad de Bosa, en el sur de Bogotá.
La localidad con mayor microtráfico de estupefacientes es Mártires, en el centro de la ciudad.
Cada 20 segundos, entre tres y cinco gramos de cocaína, base de coca, bazuco o marihuana pasan de la mano de un jíbaro a la de un consumidor en las calles de la Capital.
La cifra sale de un cálculo simple: en 10 meses, este año, la Policía incautó poco más de 3 millones 800 mil gramos de alucinógenos, un promedio de 8,8 gramos por minuto.
La droga que circula en las calles bogotanas podría subir a 16 gramos por minuto, pues según los estándares internacionales sólo se decomisa la mitad de los estupefacientes que producen las mafias, pero la Policía sólo se casa con la cifra que incauta.
Es el mercado al menudeo, bautizado por las autoridades como el microtráfico, que se intensificó en los últimos dos años y se regó como un cáncer por todas las localidades de Bogotá. Para las autoridades, es una estrategia de mercadeo del narcotráfico dirigida al consumo interno. Consiste en distribuir y vender droga en pequeñas cantidades, casi siempre al límite de la dosis personal que autoriza la ley colombiana.
Una dosis de marihuana no contiene más de cinco gramos. Es la más alta. La de base de coca oscila entre 1 y 3,5 y la de bazuco entre 1 y 2. La de cocaína, usualmente, es de 1 gramo, según la Policía.
Lo de micro también es por el costo de la droga. Una papeleta de marihuana se vende en la calle en 1.500 pesos; la de bazuco en 2.000, la base de coca en 8.000 y de cocaína en 15.000. Las más costosas son la heroína o el éxtasis, que se venden en 20 mil pesos.
Por eso, en este tráfico callejero las monedas metálicas de entre 50 y 500 pesos son un tesoro, lo mismo que los billetes de mil y dos mil pesos. "Nosotros consideramos el microtráfico como la caja menor de las mafias", explica el coronel Juan Carlos Rojas Medina, coordinador de 266 policías asignados a la lucha contra las drogas en Bogotá.
Una caja menor que, de moneda en moneda y de peso en peso, mueve al año cerca de 300 mil millones de pesos. ¡En efectivo!, la cifra equivalente a lo que pagan todos los bogotanos al año por impuesto de vehículos.
La Sijín de Bogotá (Policía Judicial) tiene identificadas 458 'ollas' y expendios y calcula que cada uno de ellos mueve a la semana entre 12 y 13 millones de pesos. Al mes, pueden ser unos 24 mil millones en todas las 'ollas'. Eso cuesta construir dos megacolegios o instalar 12 puentes peatonales, de los metálicos que se usan en el sistema TransMilenio.
Aunque el microtráfico está extendido por toda la ciudad, la localidad con mayor incidencia del tráfico de estupefacientes es Mártires (centro), donde está la 'olla' del Bronx, la más peligrosa. Después están Ciudad Bolívar, Santa Fe y San Cristóbal, según la Alcaldía.
En la estructura del microtráfico, las mafías están en la cabeza y los jíbaros en la base. En la mitad, de arriba hacia abajo, están los lugartenientes, los testaferros (que lavan la plata) y los controladores o administradores de expendios y 'ollas'.
Estos últimos, los tentáculos invisibles pero efectivos de las mafias en la ciudad. Ellos reciben la droga al por mayor, la pesan, la empacan, la marcan y la ponen en la calle, al detal, a través de las manos de los jíbaros a quienes también reclutan, según el estrato al que destinen la droga.
El teniente Josué Iván Álvarez Barco, subjefe de la Unidad Investigativa de Estupefacientes, advierte que no hay un solo perfil de jíbaro. "Usted encuentra desde una persona vestida con traje y corbata, hasta una que va en pantaloneta y en chanclas".
Ni el coronel Rojas ni sus hombres se atreven a calcular el número de personas que integran ese ejército distribuidor de droga al menudeo.
Pueden estar camuflados en puestos de dulces, caminando por la calle con un morral en la espalda, en bicicleta, moto; a la entrada de colegios, en la esquina de un barrio, en discotecas, por internet o en 'ollas' como el Bronx, donde la decadencia humana se manifiesta en toda su magnitud.
Por eso, aunque no bajan la guardia en la captura y judicialización de los jíbaros, el gran reto diario de estos policías son los controladores de las 'ollas'. A ellos les siguen la pista a través de la marca que le ponen a la droga que distribuyen en la calle y que en el argot del microtráfico se conoce como 'gancho'. Son cuatro los más comunes: Morado, América, Nacional y Homero.
Por el color y la marca del papel en el que envuelven las dosis de droga, la Sijín ha identificado los barrios y localidades donde operan. "Tenemos claro que nuestra fortaleza es desvertebrar las bandas organizadas, que son las que traen el problema a la ciudad", advierte el coronel Rojas.
YOLANDA GÓMEZ TORRES
SUBEDITORA BOGOTÁ
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