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Las antiguas serenatas se ponen de moda

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Serenateros

Centro Artístico Musical Colombiano, en la Cra 32 con Av. Caracas, reúne a tríos antiguos de Bogotá.

Jóvenes todavía buscan tríos para conquistar. También los piden para entierros y divorcios.

Desde que músicos de todas las regiones llegaban a parquearse a la plaza de Las Nieves, las serenatas se convirtieron en la estrategia predilecta de los cachacos para conquistar.

Talentos como don Hernán Hoyos recuerdan los desórdenes musicales que se armaban en 1955, en plena calle 20 con carrera 8a., al son de melodías con sabor a regiones de todo el país.

Pero la guachafita se les acabó cuando el abogado Jorge Salazar quiso asociarlos. Así nació el Centro Artístico Musical Colombiano (Camucol), contó Hoyos.

Con el papeleo listo, el abogado logró una sede que alejó a los músicos de las aceras. Hoy cumplen 56 años en la carrera 32 con avenida Caracas.

A este modesto lugar, de mesas Rimax con mantel y salón de juegos para aficionados al parqués, han llegado durante años familias de la élite capitalina a buscar tríos que entonen esas letras colombianas inspiradas en amores y desamores o esos boleros que llegaron de otras partes de mundo para quedarse.

Y es que no hay mujer que habitara en la Bogotá de antaño que no cuente nostálgica esas repentinas serenatas. Gladys recuerda la primera vez que alguien la hizo asomarse a la ventana. "Tenía 19 años cuando Guillermo París llegó con una estudiantina de la Javeriana".

No pasan muchos segundos antes de que esta mujer cierre los ojos, gesticule una disimulada sonrisa y empiece a susurrar:
"Mientras me quieras tú puedo vivir sin mar, sin sol, sin luz...
mientras me quieras tú", como recordando esos capítulos repletos de romanticismo. "Las serenatas eran sinceras y decentes", contó.
Dicen que personajes de la talla del general Óscar Naranjo, Daniel Samper Pizano y Antonio Navarro Wolff visitaban Camucol para disfrutar de una tarde de boleros. "A Navarro le gustan los pasillos", dijo Dairo Rodríguez, representante legal del centro artístico.

Todos los cantantes de Camucol tienen historias. Dairo recuerda que les dio serenatas a las vacas de la finca Tibabuyes mientras las ordeñaban, y que un día un cliente se entonó a punta de whisky para llevarlos a darle una serenata a Bogotá en Monserrate. "El frío nos hizo devolver", contó.

En fin, hoy como ayer, las serenatas siguen siendo el regalo sorpresa predilecto. Por lo menos eso dicen los músicos de Camucol, que no han dejado de catapultar amoríos, finiquitar o desbaratar divorcios y despedir a los muertos con una inspirada canción.

Carol Malaver
Redactora de EL TIEMPO

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