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Estos vecinos les ganaron la 'guerra' a bares de la 75

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Estos vecinos les ganaron la 'guerra' a bares de la 75

Hernando, Lucía y Mauricio, al frente de uno de los bares de la calle 75 con 16 que cerraron sus puertas. Andrea Moreno / EL TIEMPO

A punta de querellas y visitas a altas horas de la noche, lograron erradicar esa zona rosa.

Cinco residentes comprometidos con su barrio lograron lo que las autoridades fueron incapaces de hacer: sacar a los bares que afectaban la tranquilidad de la calle 75, entre las carreras 15 y 16, en el norte.

La gesta empezó hace tres años, cuando los Medina, una tradicional familia de El Lago, empezaron a enviar las primeras querellas con el fin de que la alcaldía de Chapinero emprendiera acciones para cerrar los sitios de rumba que ocupaban buena parte de los alrededores de la Universidad Central.

Las quejas de los Medina no eran gratuitas. Mauricio, economista, recuerda que el ruido que producían los bares era tan fuerte que llegó al extremo de utilizar tapones para cubrir sus oídos y conciliar el sueño. "De tanto utilizarlos, es la hora en que escucho un pito permanentemente", cuenta.

Cuando la rumba se volvía insoportable, Mauricio no tenía problema en salirse en piyama y dirigirse a los dueños de los negocios para rogarles un poco de clemencia. "Desarrollé la habilidad de ubicar cuál era el sitio exacto de donde salía la música", explica el hombre. Lucía -su hermana y otra de las afectadas- relata que el ruido era tan solo uno de los problemas.
"Los borrachos pudrieron con orines la reja de la casa y hasta lograron que el sauce que habían sembrado mis padres se muriera", asegura la mujer.

A la causa de los Medina se unió Pablo Tovar, propietario de una empresa de informática del sector. "La clave fue secar a la alcaldía con querellas, hasta que nos pararan bolas", cuenta, sin olvidar que Sofía Medina, otra vecina que ya no vive en el barrio, también envió varias quejas.

"Además de las solicitudes por escrito, llamábamos casi todas las noches a la Policía. Ellos venían y hacían que le bajaran el volumen, pero no había acciones concretas", afirmó Hernando, un abogado que también participó en la estrategia.

A finales del año pasado, los frutos de las más de 20 querellas rindieron los primeros resultados, cuando tres de los ocho bares problema se fueron del lugar.

"No aguantaron la presión. La Secretaría de Ambiente dictaminó que incumplían con el máximo de decibeles permitido", dice Mauricio.

A principios de este año, un total de ocho negocios habían cerrado sus puertas. Ahora, los vecinos alistan nuevas querellas contra los únicos dos establecimientos que por estos días les roban el sueño: un bar de rock pesado y un prostíbulo situado en la carrera 16 con 75, justo al lado de un reconocido café de la zona que se ha visto afectado.

"Al frente del sitio se la pasan consumiendo droga. Esto es un foco de inseguridad y de infecciones", se quejó la administradora del negocio.

Fabián Forero Barón
Redactor de EL TIEMPO

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