Foto: Felipe Caicedo / EL TIEMPO
Por 2.500 pesos, este taxista cumplió con el 'golpe' más importante del día: el desayuno.
Cinco fruterías ubicadas entre la avenida Circunvalar y la carrera Séptima han convertido al sector en una especie de estacionamiento de vehículos de servicio público.
En horas de la mañana transitar por el lugar es casi imposible.
Desde hace aproximadamente tres años, una mancha amarilla se ha venido apoderando del pulmón verde más importante que tiene el centro de Bogotá: el parque Nacional.
Diariamente, entre las 6 y 9 de la mañana, un enjambre de taxistas se toma las vías internas de este espacio público, ubicado entre las calles 36 y 39, y la avenida Circunvalar y la carrera Séptima.
Fácilmente, pueden contarse hasta 60 taxis parqueados a lo largo y ancho del costado norte del parque. Los conductores llegan atraídos por las ensaladas de fruta que se venden en cinco casetas que están sobre el andén.
Es tal la aglomeración de taxis y taxistas, que muchas veces las vendedoras no dan abasto.
Los carros se acomodan a un lado de la vía o forman dos hileras que impiden el paso de conductores apurados que vienen de la Circunvalar a conectar con la Séptima.
Los taxistas pueden durar hasta 10 minutos deleitados con las frutas, mientras charlan de la jornada de la noche anterior o de la que les espera en el resto del día.
Mientras tanto, no falta el conductor de vehículo particular que hace maromas para abrirse paso entre la multitud de carros amarillos. De nada sirve quejarse.
María Fernanda Arias, alcaldesa de la localidad de Santa Fe, le dijo a EL TIEMPO que el parque es administrado por el Instituto de Recreación y Deporte y que esta entidad se encarga de vigilar el orden de los kioscos autorizados para las ventas de frutas.
Arias afirmó que en el parque existen bahías autorizadas de parqueo y que la Secretaría de Movilidad realiza operativos de control a los taxistas que se estacionan en zonas no autorizadas, como la entrada de la 36 con Séptima.
El miércoles pasado, la escena era la misma de todos los días, pero con un ingrediente adicional: había dos policías de tránsito... comiendo ensalada de fruta.
Carlos Arturo, un taxista con siete años de experiencia, empieza su jornada sobre ruedas con un un jugo de naranja. Ese es su desayuno. Lo mismo le sucede a Juan Carlos Solano, que a diario pasa por las casetas y pide una ensalada. "Es por salud", remata.
Los extranjeros que visitan el parque Nacional en las mañanas también son clientes asiduos.
"Los atrae el salpicón que aquí preparamos. Para ellos es una novedad. Dicen que es el elixir de los Andes", afirma Alexandra Mayorga, empleada de la caseta Araminta y que se gana 30 mil pesos diarios por atender.
Eliécer Manrique tiene 49 años y recorre la ciudad en un viejo taxi Chevette. Problemas de colesterol y la tensión arterial por las nubes lo obligaron -hace tres meses- a cambiar sus hábitos alimenticios. "Me tocó decirle adiós al caldo de raíz, a los dos huevos fritos y al chocolate de todas las mañanas", cuenta resignado.
El parque Nacional ahora es amarillo
En el último año la presencia de taxistas en este espacio verde con 75 años de vida va en aumento, no sólo por la 'ola' de conductores que paran a desayunar, sino por algunos que se parquean para esperar carrera.En la entrada del parque, por la carrera 7a. con calle 39, se ven desde las 6 de la manaña y hasta el mediodía, al menos 20 taxis, que para los conductores que bajan a tomar la Séptima, desde la Circunvalar son un obstáculo que retrasa la movilidad algunos minutos.
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