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Crónica del hombre que no saltó de la 'torre de la muerte'

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Rescate

Así fue como un joven frenó en su intención de lanzarse del mismo lugar del que otro se suicidó.

La sospecha invadió a los vecinos del barrio Babilonia, en la carrera 14A No. 163A-98, en el norte de Bogotá, cuando vieron a Pablo Julio Ariza Sánchez, a las 4:30 de la tarde, viendo con suma atención y nerviosismo una torre de comunicaciones, de la que un vigilante se lanzó en mayo del 2011. Ese halo de tragedia invadió a la comunidad que mantenía recuerdos fatídicos de ese lugar. Los mismos que revivieron este jueves 9 de febrero, cuando el joven de 22 años decidió saltarse el muro donde está la torre y empezar a escalarla como todo un profesional. Le bastó poco para llegar a la punta y amenazar con acabar con su vida desde las 4:45 p.m. Por eso, los curiosos que se agolparon allí no se demoraron en referirse a ese sitio como la 'torre de la muerte'.

Vecinos, personajes de la historia

Gloria Vargas, vecina del lugar y que estaba en su tienda, sintió un absoluto vacío cuando vio merodear a Pablo Julio. "Le tomaba fotos y veía una que tenía en su mano. Esa torre nos trae muy malos recuerdos. Llamé a las autoridades y una de mis clientas hizo lo mismo. Sin embargo, fue inevitable", relató con angustia, mientras veía al joven balancearse desde la antena. "Prefiero encerrarme y esperar que no pase nada", añadió.

Para otro de los vecinos, la escena fue aún más cercana. Salía para su trabajo como locutor de un multimercado, cuando Efraín Lemus se detuvo al ver a Pablo acercarse a la torre y comprender que la intención del muchacho era clara: repetir el acto de David García, un vigilante que se suicidó por una pena de amor. Sin embargo, a diferencia del joven suicida, Pablo Ariza tuvo en Lemus alguien con quien conversar. "Al principio, no habló, pero al ver que llegaron los bomberos me decía que les dijera que no subieran", cuenta el locutor, que le gritaba al muchacho desde una terraza de una casa cercana.

A Pablo fue posible identificarlo gracias a que en un morral que botó había una fotocopia de un documento. Cuando arrojó una foto de su expareja se alcanzó a suponer las razones y se notó su desinterés cuanto tiró su chaqueta, pero los presentes quedaron más fríos que el propio joven sin su abrigo en el instante en que él se puso de pie en la punta de la torre aproximadamente una hora después de su ascenso. Los gritos clamándole calma surgieron y lo primero que hicieron las autoridades presentes fue extender una red para intentar amortiguar un eventual lanzamiento. 

Sin embargo, regresó a su posición inicial: sentado y mirando hacia el occidente, en un atardecer poco lúcido y tan gris como su estado de ánimo y como de a poco dilucidaba su panorama, entre el frío y la desazón amorosa. Ni siquiera los mensajes de los psiquiatras de la Secretaría de Salud de Bogotá eran atendidos por el joven, aunque uno llamó su atención tras advertirle que tres mujeres que decían conocerlo querían hablarle. "Yo lo he visto en algunas ocasiones tomando por acá y le quería decir que si era por plata, le daba ayuda, pero en realidad no lo conozco bien", reconoció una de ella.

En busca de cariño

Ninguna era la que él esperaba este cocinero de 22 años proveniente de Casanare. Ninguna era esa que causó su desamor, esa razón que meses antes causó la muerte de otro hombre, de 27 años, que tampoco recibió la respuesta de su amor. Por eso, se sentó a escribirle una carta a esa mujer dueña de sus penas.

Quien más podría entender eso sino Javier Orduz, un trabajador social vecino de esa zona y cuya mujer lo dejó por problemas maritales. Él, aún en su duelo, convenció a las autoridades y a los médicos de que podría ser útil en esa situación. "Lo entiendo mucho, pero esa no es la forma. Él necesita un amigo y espero que me den la voz para serlo", advirtió Orduz, quien en ningún momento pasó de ser un espectador más.

La necesidad de un amigo, de cierta forma, empezó a ser suplida por Efraín Lemus, aquel hombre que desde una terraza violó las advertencias de las autoridades y entabló una conversación con Pablo, que eventualmente también hablaba por su celular desde la altura de 30 metros. El locutor apeló a su voz para pedirle al desesperado que recordara a lo más divino y su importancia en la vida. "Nunca he sido demasiado apegado a Dios, pero en ese momento sentí que tenía una responsabilidad de acercarme a Pablo con la voz de Dios", contó entre lágrimas y afonía el nuevo amigo del joven.

Hubo final feliz

Aún así, ni la presencia del medio hermano de Pablo en el lugar lograba persuadirlo de bajar y en tierra, caída la noche, los pronósticos eran cada vez más pesimistas. Los vecinos aún tenían presente la anterior tragedia en la torre y sus esperanzas de un final feliz oscurecían a la par del cielo. "Nosotros hemos enviado cartas a las autoridades para que solucionen la situación de esa torre desde el primer suicidio", recordaba Gloria Vargas, que aseguró que lo único que se hizo en ese lugar fue "pintarle el muro" y ya. Que este caso era muy parecido al primero.

El balanceo del joven en la cima y su indecisión tampoco eran una señal alentadora, aunque a las 7:34 de la noche bajara un poco de la torre, ante los aplausos de los presentes. Las autoridades empezaron a amarrar cuerdas de polisombra para recibirlo por si se lanzaba. Algunos de los auxiliares advertían que el cansancio lo afectaba y que el frío se convertía de a poco en un enemigo que podría atentar contra sus fuerzas. Como si fuera psíquico, Javier Orduz, por su parte, le repetía en la lejanía a Pablo que no se lanzara, como si de ello dependiera su propia vida.

Aún no se sabe a quién escuchó, si los gritos de Lemus, la voz de los psiquiatras del Distrito, de alguno de los bomberos o la súplica de Orduz, pero a las 9 de la noche, Pablo empezó a bajar las escaleras de la torre ante los aplausos y alaridos de los curiosos. Ante las luces reflectoras y cerca de la escalera de la grúa de los bomberos, el joven se acercó y fue recibido y puesto a salvo. El descenso de la escalera y su acercamiento a tierra generaron aplausos y emoción en las personas.

Pablo caminó en el carro de bomberos a las 9:15 de la noche fue arropado en una camilla y su estabilidad quedó en manos de la Secretaría de Salud, que atenderá su caso, marcado por el helaje de su cuerpo tras el frío de la noche y el de la tristeza en su corazón, que también tendrá que sanar.

Las autoridades saben que esto fue un campanazo: Javier Reyes, del Centro de Emergencias de Usaquén, respondió ante la gente inconforme con el resguardo de la torre ante los suicidas, a pesar del final feliz.  "Por parte de la Alcaldía local de Usaquén, según las instrucciones que recibimos del alcalde, se va a oficiar a las empresas prestadoras de este servicio para que incrementen las medidas de seguridad en donde están este tipo de torres porque los incidentes no son hechos aislados. Adicionalmente, el sistema distrital tendrá que tomar algunas acciones preventivas frente al tema",  reconoció luego del rescate.

Ante un cúmulo de personas emocionadas por el bienestar de Pablo, su héroe anónimo, este salió en una ambulancia, ileso de sus propios impulsos suicidas en una torre que esta vez no estuvo marcada por la muerte.

Óskar Ortiz
Redactor ELTIEMPO.COM

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