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Gustavo Ossa, un 'Da Vinci' de carne y hueso que evoca al genio renacentista

Gustavo (izq) le ha sacado provecho a su parecido con Leonardo Da Vinci. Algunos estudiantes le pagan para que se deje retratar. Esta es una de las pocas y más populares ilustraciones de Leonardo Da Vinci (der). Su barba larga y su rostro alargado son característicos.

Foto: David Osorio / EL TIEMPO

Gustavo (izq) le ha sacado provecho a su parecido con Leonardo Da Vinci. Algunos estudiantes le pagan para que se deje retratar. Esta es una de las pocas y más populares ilustraciones de Leonardo Da Vinci (der). Su barba larga y su rostro alargado son característicos.

Nicolás no lo puede creer. Acaba de ver en persona a Leonardo Da Vinci minutos después de recorrer sus inventos en varios salones del Claustro de la Enseñanza, en la 72 con 9a.

Perplejo y con la boca abierta, el niño abandona el lugar cogido de la mano de su padre, pero con el recuerdo de haber conocido al inventor del que tanto le han hablado sus profesores en el colegio.

Esa sensación de ver a Da Vinci también la sienten los miles de bogotanos que por estos días hacen fila para recorrer la exposición Da Vinci el genio, que desde el 17 de octubre se ha tomado el corazón financiero de Bogotá.

No se trata de ninguna reencarnación del italiano o campaña publicitaria de los organizadores para atraer más público, simplemente es la figura del antioqueño Gustavo Ossa, un personaje común y corriente, pero con la gracia de parecerse hasta los tuétanos a Leonardo Da Vinci.

Gustavo mide 1,70 de estatura, es blanco y sobre su cuerpo menudo carga 69 años.

La barba le llega hasta el pecho y es amarillenta en el sector del labio superior. "Soy un fumador consumado", dice para explicar su pésimo estado de salud y un cáncer que le devora lentamente los pulmones y el estómago.

"Todo el mundo me dice que me parezco como un diablo a Da Vinci. Me sabotean con eso", cuenta sentado en una cafetería cercana con un cigarrillo entre los dedos y un tinto negro y humeante servido a la mesa.

Para Gustavo, parecerse a ese personaje histórico que aparece en tomo de enciclopedia que se respete, ha sido una forma de conseguir los 25 mil pesos que le cuestan las 18 pastas de Omeprazol de 20 mg que le calman el dolor que le produce su dolencia.

Lo más paradójico del asunto es que Gustavo no sabe quien fue su tocayo. Para él la Mona Lisa no hace parte de su inventario mental.

Estudiantes de fotografía y periodismo lo abordan cada tarde para preguntarle si lo pueden retratar y escribir algunas cuartillas sobre su historia a cambio de 10 o 20 mil pesos fruto de una 'vaca' entre los interesados.

Es tanto su parecido que una conocida revista de hombres le pagó 300 mil pesos para que saliera en página entera en compañía de otros personajes de la calle.

"Con esa platica me compré un televisor en Sanandresito, pero hace tres meses me lo robaron de la pensión donde vivía", relata con tristeza al recordar el aparato: su única compañía y lujo.

Gustavo vive su vejez en la soledad más absoluta. Lo perdió todo por culta del "maldito bazuco" que conoció, según él, por culpa de Amparo Pino, una jovencita de 20 años que además de entregarle su corazón le puso en las manos una pipa colmada de "susto".

El hombre renunció a su trabajo de camarero en un motel cercano al aeropuerto para entregarse por completo al mundo de la droga del que salió hace 8 años por el cáncer en su estómago.

La vida de Leonardo Da Vinci

Nació el 15 de abril de 1452, en Anchiano, una aldea cercana de la ciudad de Vinci en el valle del Arno, dentro de los territorios de Florencia, aunque para otros nació en Vinci, de ahí su apellido, antes de que se adoptaran las convenciones de nombres actualmente vigentes en Europa.

La profunda imaginación de Leonardo lo llevó a diseñar la hélice, el planeador, el automóvil, la grúa, el traje de buzo, la draga y el paracaídas. El 2 de mayo de 1519 murió en Cloux (Francia). El pintor Francesco Melzi fue su principal heredero y se encargó de llevar sus manuscritos y documentos de regreso a su país natal.

FABIÁN FORERO BARÓN
REDACTOR DE EL TIEMPO

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