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Los últimos pasos de la porrista de Millonarios

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La principal hipótesis de la Policía señala que la víctima se resistió a un hurto.

¿Cómo fue el último día de Luisa Fernanda Ovalle Chávez? EL TIEMPO reconstruye su historia.

Un fuerte grito, un gemido ronco y ahogado llamó la atención de una vecina del sector. Por eso, se asomó a la ventana y desde allí vio a una mujer en el piso, balanceándose, dando brazadas para impulsar su figura. Entonces, decidió llamar a la Policía, pensando que se trataba simplemente de una joven pasada de copas. (Lea acá: Porrista de Millos iba a encontrarse con su hermano cuando fue atacada)

Los minutos pasaron hasta que llegó una moto con dos agentes. Se bajaron, revisaron la zona y quedaron aturdidos con la escena: una joven de 18 años, con chaleco gris y jean negro, estaba tendida, inconsciente, empapada en agua y en sangre. Ese sábado 30 de noviembre la oscuridad terminaba de amontonarse en todos los rincones y aún quedaban las estelas del feroz aguacero que se había desprendido en el occidente bogotano.

En algún momento de la noche, posiblemente en el transcurso que hizo el taxi desde la carrera 73B con diagonal 7A Bis hasta el centro médico, el iPhone 5 de Luisa Fernanda Ovalle repicó de nuevo. Varias llamadas se habían acumulado desde las 6:30 de la tarde cuando ella —de figura delineada y pelo oscuro y lacio— dejó de seguir una conversación que mantenía por chat con Daniela Suárez, su mejor amiga. Esta vez uno de los dos policías, apurado, contestó, y al otro lado respondió una voz femenina que, de golpe, recibió la cachetada: “algo grave pasó con Luisa. Vamos a la Clínica del Occidente”: (Vea las fotos de Luisa Fernanda Ovalle).

“Ese día nos íbamos a ver —recuerda ahora Daniela—. Íbamos para una fiesta, pero apenas me dijeron eso me fui para la clínica. Llegué, desbloqueé su celular y de inmediato nos comunicamos con su mamá. Esperamos un rato. La alcancé a ver por la ventana de la sala de cirugía. Estaba acostada”. Y luego salieron, caminaron y les dieron la inexorable sentencia: no había nada que hacer. Luisa, porrista de Millonarios, estudiante de quinto semestre en la Universidad de San Buenaventura, se había ido con seis heridas, la mayoría toracoabdominales.

***

Ayer lunes, la sala seis de la Funeraria Gaviria estaba llena. Los rostros tristes de los familiares, de los amigos universitarios, de algunos barristas, de las diez porristas que iban de negro y zapatillas azules, parecían caras talladas con hachazos. De vez en vez, algunos se asomaban a ese ataúd vestido con una bandera azul y rodeado de rosas y girasoles, como para comprobar de nuevo la belleza delicada de Luisa Fernanda. Seguro, al tratar de recordar —como lo hacían— en voz alta y de cantar alguna melodía, se les revolvía el vientre y se les atravesaba el llanto. Los rezos continuos parecían no dar sosiego.

“No queremos hablar —dice uno de los familiares—, porque los medios lo han tergiversado todo. Unos dicen que fue una violación, otros que un robo, otros que un problema por el equipo. Pero nada de eso, hasta ahora, es cierto. Las autoridades no han confirmado nada. No pueden cambiar toda la información”.

Sí. Hasta ahora poco se sabe. Apenas, según le dijeron algunos de los presentes a EL TIEMPO, se está descartando la hipótesis del robo. Que la hayan encontrado en ese parque del barrio Castilla con su ‘smartphone’, $200.000 y dos pequeñas impresoras, es la evidencia de ello.

***

Aquel sábado, antes de que ocurriera la tragedia, Luisa partió alrededor del medio día para el barrio Veinte de julio, en el suroriente de la ciudad, y dejó ese cuarto invadido de recuerdos de Millonarios: las paredes, desde hace mucho tiempo, estaban repletas de fotografías, de imágenes y de afiches azules y blancos. De hecho, era apasionada por el equipo bogotano antes de hacerse porrista. “Se sabía todas las fechas de la liga —cuenta una de sus compañeras—; reconocía todos los jugadores. Incluso era de las primeras que llegaba cuando entrenábamos los martes y los jueves”.

Esa tarde estuvo con un compañero promocionando unas diminutas impresoras LG desde la 1 p.m. hasta 6 p.m. Él, después de la jornada, sugirió acompañarla hasta su casa. Ella se negó porque alguien más la recogería. Pero al cabo de unos minutos, al parecer, tomó un bus de TransMilenio que la llevó hasta la estación Banderas. Ahí se encontraría con Daniela porque esa noche, junto con otras integrantes del grupo de porras, saldrían de fiesta a Savoy, un bar en la calle 46 con carrera séptima.

Sin embargo, su amiga, que ese día también estaba vestida con el chaleco de LG, pero caminando otras esquinas de Bogotá, la llamó y le lanzó una advertencia: “yo me voy con tacones. ¿Por qué no vas y te cambias también?”.

“Lo raro —dice con profunda tristeza— es que ella se hubiese ido a pie a su casa. Nunca hacía eso. Siempre cogía un alimentador que la dejaba frente a su puerta. ¿Pero por qué caminó esa vez?”.

Ahí, en el parque, a las 6:30 p.m. escribió la última respuesta. En el chat que mantenía con Daniela contestó con un “decímelo” a alguna pregunta inane. Y en adelante no se supo nada más hasta que la voz del policía cortó de un tajo el silencio. Luego, todo pasaría a ser un inevitable desconcierto.

REDACCIÓN ELTIEMPO.COM

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