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A la cárcel Modelo será enviado hombre que mató a machete a su familia

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Siete horas duró la agonía de la familia Hernández

La madre y la hermana de la mujer asesinada llegan al lugar del crimen en el instante en que los cuerpos están siendo extraídos.

Hernando Hernández, de 49 años, atacó a su mujer, su cuñada y a sus hijos. Piden 50 años de cárcel.

La Fiscalía pidió 50 años de cárcel para Hernando Hernández, por homicidio agravado de dos de sus hijos, su esposa y su cuñada. También tendrá que responder por tentativa de homicidio de otro de sus hijos que está grave en el hospital.

Según la fiscal del caso, Hernández no debe tener rebaja de pena, debido a que entre las víctimas hay menores de edad. La audiencia de legalización de captura e imputación de cargos y medida de aseguramiento fue realizada en el hospital de Kennedy, donde el hombre ha estado desde ayer, cuando fue llevado por la Policía, después de la tragedia.

Entre tanto, el hospital emitió un parte médico del niño de 12 años sobreviviente de la tragedia, en el que señala que está estable, pero por ahora no se compromete con un pronóstico de recuperación definitiva.

Se conoció que el hospital descartó problemas mentales en el sujeto señalado de matar a su mujer, una cuñada y dos de sus hijos.

Siete horas de agonía

Los primeros alaridos comenzaron a las 11 de la noche del sábado pasado. Chillidos de niños. Gritos de mujeres. En la localidad de Bosa, suroccidente de Bogotá, un hombre con machete en mano, poseído por la ira de unos celos ardorosos, iba descargando golpes desordenados sobre los cuerpos desarmados de sus familiares.

Unas horas atrás, en la tarde, Hernando Hernández había pasado caminando hacia su casa con dos de sus hijos. Venían de una fiesta, distraídos, y los globos rojos se elevaban por el aire.

Todos cuentan que aquel hombre de 49 años no tenía en su historial nada condenable. “El homicida es cristiano. No suele tomar trago. Era un hombre ejemplar”, anota una de las mujeres que escuchó los copiosos bramidos de los niños.

Mientras los vecinos alarmaban a la Policía, Hernando arremetía contra su esposa, Jeny Losada, de 35 años, con el ensañamiento de unos celos enfermizos. Justo despúes se iría en contra de su cuñada, Camila Losada, que trataba de defender a su hermana y que había llegado del Huila el día anterior para visitar a Jenny.

Sus hijos vendrían luego. Mateo, de 6 años, y Bryan, de 9 años, también serían víctimas de este ataque repentino. Juan Hernández, de 12 años, sería el único que sobreviviría a los embates coléricos de su padre.

Cuando terminó aquella faena furiosa, aquel sujeto delirante se castigó a sí mismo. Con timidez, se abrió una herida leve en el cuello con el mismo machete. Nada grave.

En el momento en el que terminó con su gesto trágico, Hernando se tiró en el suelo y se sumó a la mancha roja como si las cosas hubieran terminado. Pero no fue así.

Un policía trató de entrar, sin resultados, a la casa de la familia Hernández. Y aunque las cortinas, llenas de sangre, dibujaban la silueta de una masacre que se había terminado hacia apenas unas horas, el uniformado apenas insistió.

A las 6 de la mañana, los bomberos llegaron. Como nadie abría la puerta, se colaron por las ventanas y fueron sacando los cuerpos agonizantes de los dos niños y del agresor para llevarlos al hospital de Kennedy. Aún estaban vivos. Las mujeres, por su parte, habían muerto unas horas atrás.

Ayer domingo, en el hospital, Hernando despertó del shock. La Policía lo tenía rodeado, esperando para llevarlo a la URI de Kennedy. “Ahora lo que falta es que el tipo se declare loco y no pase nada”, dijo una vecina convencida de que Hernando no va a pagar por su crimen mortal.

El patetismo de las coincidencias no deja de resultar incómodo: Jenny Losada, al parecer, trabajaba en una funeraria.

A las 4 de la mañana, cuenta uno de los residentes más cercanos, un grupo de indigentes se instaló al frente de la casa. Estaban vigilantes. Esperaban la salida de Hernando para seguir perpetuando una violencia que no deja de ser arbitraria. Querían cobrar justicia por sus propios medios. Lo iban a matar apenas saliera por la misma puerta por la que no pudieron entrar ni los policías ni los bomberos.

En las tiendas de al lado, la cerveza sigue corriendo por montones. La vida continúa. En la infinidad de iglesias cristianas que se abren todos los días en el barrio, los fieles se agolpan como palomas para oír las palabras encendidas del pastor de turno.

REDACCIÓN BOGOTÁ

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