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Jardín Botánico de Bogotá, el verde mejor protegido de la capital

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El verde mejor guardado de la capital

En el Jardín Botánico de Bogotá se puede apreciar un paisaje que recrea un ambiente amazónico.

Un recorrido por la biodiversidad del altiplano, de la mano del periodista Antonio Morales Riveira.

El Jardín Botánico José Celestino Mutis, además de ser hoy una consolidada institución científica que recoge toda la biodiversidad del altiplano y del país, es el más delicioso descansadero de la capital. Del cuerpo y del espíritu.

En él se da la conjugación del saber vegetal heredado de los sabios de la Expedición Botánica del siglo XVIII, con la apropiación que hacen los bogotanos de este paraíso vegetal de 20 hectáreas con 21 ambientes y colecciones especializadas, que fundó el cura Enrique Pérez Arbeláez en el corazón geográfico de Bogotá. Hoy ha entrado en un proceso multidisciplinario, de la mano de la hipermodernidad.

Pero para fundirse con la colcha verde que hojea a Bogotá desde el Bosque Popular, hay que entrar en armonía con esa joya capitalina llena de sensaciones, olores y sueños, en un recorrido antojadizo y a mano alzada por los caminos fértiles del JBB.

Los pasos van de la mano de las texturas de la biodiversidad, se adentran en el mundo de las orquídeas, voluptuosas o diminutas preciosuras. Conducen al bosque andino de niebla donde los toches son toches, el ciclo del agua culebrea en la cascada y les da paso a los pastales donde las palmas de cera añaden la nación.

Se abre la página del romántico rosedal y al fondo el señor yarumo, amigos de las hormigas, con su plata vegetal, otea la calle 63.

Se adentra en el tropicario, evocando mares, cordilleras, sabanas y selvas. Aparece la catleya buscando el sol arrugado, el cacho de venado, los quiches, la flor drácula, el chusque de los cercados muiscas cuando esta sabana era un gran humedal. Vienen las sábilas curativas, la azul para el cáncer, la llama y el camarón, el anturio. En medio del invernadero se calienta la vida de las sabanas, ya las flores son hojas en este psicotrópico alucinado y repentino. La iguana mira desde la esquina de vidrio, el árbol del corcho sugiere una botánica económica.

La selva húmeda tropical acuna la regia Victoria, la pequeña Amazonía palpa el cielo fiel a su búsqueda insaciable de Sue, el mundo se calienta, el agua se atibia. La anaconda es un tronco de lianas, la ceiba diosa del doncel pretende reventar sus límites.

Cambio brutal, como la propia geografía vertical, y se entra de lleno en el desierto. Una mini Guajira brota con esfuerzo entre pencas y sábilas y rastreros rastrojos rojos. El país pesa de la mejor manera, como quien lleva el fardo de las épocas y las generaciones. Todo se reproduce, hasta las ganas.

Afuera, al aire libre, un viejo magnolio tiene cosas que decir. Más bosques, un guayabo triste mira desde Guaduas. Una palma 'boba' conversa con los dinosaurios.

De lejos el jardín herbal; huele a medicinas sin laboratorio. Ruda para la buena suerte. ¡Que la ruda te acompañe! De solo oler algo se sana. Capuchino, manzanilla, paico, salvia, guasca. Hambre de vida. Vigor y fuerza sostenibles. Santa María para las heridas de la piel y las de más adentro...

El páramo anhela más agua. Ya los bebés frailejón crecen en un vivero, niños traídos de las alturas de Güicán, que deberán aclimatarse y llenar sus orejas del abrigo de sus vellos prehistóricos.

El humedal es igual al penacho del Zipa de Bacatá. Los patos trazan destinos inciertos en el agua. Los huertos y los frutales conviven con la datura, el poderoso y tremendo cacao sabanero, depositario de un mundo alucinado de tanto verse a sí mismo. Y todo ello rodeado por el bosque andino de nuestra infancia en el altiplano.

El Jardín Botánico cuenta con un Plan Educativo Institucional y avanza en la asesoría ambiental de 125 colegios públicos de la ciudad. El Jardín tiene un sólido programa de Interpretación Ambiental dirigido a los visitantes para el reconocimiento de la flora y sus características. En las relaciones arte y naturaleza a través del programa cultural se acoge la música, la danza y las artes plásticas en torno a la naturaleza.

Hay procesos de capacitación con población vulnerable como madres cabeza de familia. De la educación ambiental de las nuevas generaciones dependerá la conservación de nuestros ecosistemas...

El área de Investigación trabaja para conocer y restaurar los ecosistemas estratégicos de la ciudad, como los humedales, los bosques que conforman los cerros tutelares de Bogotá, los páramos asociados y los ambientes secos.

Igualmente se dedica al inventario de especies útiles y potenciales en Bogotá y sus alrededores y avanza en la construcción de un conocimiento propio de la biodiversidad en las áreas de transición urbano rural. Este programa es un esfuerzo por salvaguardar el conocimiento tradicional y de enriquecerse con su ruralidad.

El área científica mantiene 3.000 especies vegetales vivas.
Específicamente se labora en la investigación para el mejoramiento de las áreas verdes de Bogotá y la incorporación de nuevas tendencias ambientales para grandes urbes, como fachadas verdes, los techos verdes y las nuevas tecnologías de la agricultura urbana.

El programa de Investigación social está dirigido especialmente a habitantes de rondas de ríos, población de los bordes urbano-rurales y comunidad rural en general. Y se desarrolla un programa de estímulos académicos dirigido a estudiantes de pregrado y posgrado.

Todo ello apunta a la restauración ecológica de los cerros orientales debido a múltiples amenazas, como las especies invasoras, los incendios forestales, la destrucción de ecosistemas; la preservación del agua en las microcuencas que atraviesan la ciudad y el estudio de la vegetación nativa y exótica presente en toda el área que ocupa la capital del país.

Se pretende, igualmente, atajar la pérdida de conocimiento tradicional asociado a la flora de la región capital y la amenaza que esto implica para la biodiversidad.

Vayan al jardín, aprópiense de la poética de la rosaleda, de las palmas de cera, de los climas y las nubes, de la niebla. Vean el ciclo vital del agua. Nunca hay que olvidar que en el corazón de nuestra economía y de nuestra cultura, nace una planta sagrada: sin maíz no hay país. Y que el paisaje, y más en una metrópoli como Bogotá, también es su gente.

El jardín de la inclusión

Luis Olmedo Martínez, director del Jardín botánico de Bogotá
¿Qué se está haciendo en el jardín y qué se hará en el futuro próximo?

El reto principal del jardín para la ciudad y la Bogotá Humana es mejorar y fortalecer la calidad de su investigación, incrementar el conocimiento que hay sobre las plantas, la vegetación, la flora, para los ciudadanos.

Hay un plan de modernización del jardín y de sintonía en el trabajo científico con jardines de otras ciudades del mundo. El beneficio de un jardín botánico está ligado a la calidad de sus procesos de investigación y a la forma como este conocimiento se proyecta en la comunidad. Hemos avanzado en relacionarnos con el Jardín Botánico de Berlín, el de Edimburgo y el Kew Botanical Garden de Londres.

La parte técnica del jardín ha sido crítica y criticada. ¿Cómo va ese proceso?

Queremos mejorar la intervención a través de arbolado, jardinería, agricultura integral, mejoramiento de las zonas verdes. Estamos planteando una visión más integral desde la perspectiva de mejorar la cobertura vegetal de la ciudad. No es suficiente sembrar más árboles, es necesario el manejo de un arbolado sano, vigoroso, revitalizado. Invitamos a conocer el proceso 'Revitaliza tu centro', en la carrera 7.ª, para enriquecer el paisaje urbano peatonal. Sembramos más de 100 árboles entre la 7.ª y el eje ambiental. Vamos a sembrar la vida sobre la vía.

ANTONIO MORALES RIVEIRA
Especial para EL TIEMPO

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