Crisóstomo Correa, el testigo de los pecados del tranvía
Por: CAROL MALAVER |
Dice que los malos comportamientos en el servicio público son cuento viejo.
Don Crisóstomo Correa se gozó la Bogotá de hace más de 80 años y todavía le sobra energía para dibujar con palabras lo que pasó en cada esquina por la que transitó.
Sus historias son tan viejas que, cuando de niño lo mandaban para Zipaquirá, su mamá lo despedía con pañuelo blanco y se ponía a llorar.
"En esa época, era como irse a Nueva York. Recuerdo que me purgaban y me mandaban huevos cocidos como fiambre", dice.
Pero las nostalgias de este cachaco están todas en el tranvía en la avenida Jiménez con carrera 7a. Siempre fue un observador de las historias que se tejieron en el transporte bogotano, y de niño, hasta trabajó como cobrador de pasajes.
En esas labores ayudaba Crisóstomo y, por eso, lo dejaban viajar gratis desde la iglesia de San Francisco hasta su hogar, en la calle 68 con carrera 24. Cinco centavos costaba el pasaje. Caro, porque, con eso, una familia promedio podía comprarse el periódico EL TIEMPO, una botella de leche o unas cuantas mogollas para la cena.
No importaba; el afán era llegar a la casa, y en esa tarea, como ahora en las estaciones de TransMilenio, la gente se agarraba de los estribos en las horas pico y, sin importar el riesgo, se dirigía hacia sus hogares.
Como ahora, antaño había pasajeros que 'se pasaban por la faja' el valor del pasaje. "En el tranvía que transportaba obreros, ellos se hacían los locos con el cobrador y se metían entre las bancas para viajar gratis. Eran los que menos pagaban: dos centavos", cuenta Crisóstomo y hasta acepta que fue de los que se colaban con el vehículo en movimiento.
"Yo digo que los jóvenes que hacen eso ahora corren mucho peligro, pero por dentro digo: pensar que yo hacía lo mismo", relata.
Estos no son los únicos comportamientos que se han heredado. Cuando en 1937 llegaron las pipas, unos buses cerrados, hubo una regla que se quebrantó poco después. "Decía que solo se podían transportar seis personas de pie. Qué va, ¡ja, ja!, nosotros hemos sido indisciplinados toda la vida", agrega.
Igual que ahora, las rutas de las pipas no contaban con paraderos. "Ellos frenaban en cualquier lado -cuenta-. Yo me acuerdo de que cuando el chofer se hacía el bobo le decían: 'Oiga, ¿me va a llevar a donde vive su mamá? Para recoger sí, pero para parar no... ¿no?'. A lo que respondía el conductor: 'No, mejor la llevo donde la suya'."
De todo eso se acuerda este hombre, no sin antes decir que, pese a todas las pilatunas de los usuarios, cuando el tranvía fue quemado, tras el asesinado de Jorge Eliécer Gaitán, una extraña furia invadió los corazones de los capitalinos.
"Era un símbolo, como decir TransMilenio, pero era tanta la ira, que no midieron el daño que estaban causando", afirma. Hasta los personajes del centro lloraron el hecho y de esos también habla este cachaco de 88 años.
Los personajes
Muy pocos capitalinos se dan el lujo de decir que conocieron en vida a la loca Margarita, a Pomponio, al bobo del tranvía o a Cuchuco, pero Crisóstomo, sí.
Cuenta que la loca Margarita era una mujer muy aseada, siempre vestida de rojo y que su locura era por el Partido Liberal. Por eso su grito era: "Abajo los godos, viva el Partido Liberal".
A ella Crisóstomo siempre la vio caminando por la 7a. descalza. Del bobo del tranvía, un hombre siempre vestido de policía, cuya única afición era correr detrás del tranvía, dice que "siempre llegaba hasta la 26 y luego se devolvía. Ese era su oficio".
De todos tiene una anécdota chistosa. "Pomponio era muy grosero -dice-; su sueño era ser cartero. Algunos lo empleaban para repartir invitaciones, pero él era capaz de botar al río San Francisco las de quienes por afectos no quería que asistieran. Entonces, las familias terminaban peleando porque no las invitaban". Y de Cuchuco contó que lo vio mil veces barriendo el actual teatro Jorge Eliécer Gaitán, su extraña locura. "Un día, el presidente Enrique Olaya Herrera visitó el lugar y, a su paso, Cuchuco le presentó armas con su escoba", contó.
Los relatos de Crisóstomo son interminables. Caminar con él es recrear una historia en cada esquina. Que el primer rascacielos, que la fritanga en Las Cruces, que la sopa de arroz con mondongo "cuántos platicos le pongo", que Monserrate... Al final de la charla, Crisóstomo hace una última visita. Saluda a doña Inés Velosa, una mujer que lleva 52 años vendiendo chicharrón en el mismo lugar y cuya historia contaremos la próxima semana.
CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO
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