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El crimen de Rosa Elvira / Voy y vuelvo

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Esta columna va sin parar. No me detendré hasta ponerle punto final. Voy a utilizar este espacio para descargar todo lo que siento y lo que deben sentir muchos ciudadanos tras lo ocurrido a la joven Rosa Elvira Cely. Tenía nombre de abuela, apellido de extranjera y cargaba a cuestas la misma pobreza de la mayoría de colombianos y de bogotanos. Era joven, muy joven, apenas 35 años. Y era madre. Y tenía una sonrisa bonita. Y amigos que la querían y familia que la esperaba. Pero el destino o las circunstancias o la suerte o cualquier malvada disculpa se le atravesó a su vida una madrugada, en un parque solitario, frío y con nombre de expresidente. La golpearon, la violaron, la apuñalaron, la quisieron asfixiar y, no saciados, los criminales la empalaron. ¡Qué palabra tan fea y desgraciada! ¡Qué canallada! Cómo será, que hasta nos indignamos, nosotros, que creíamos que ya no nos indignaban las atrocidades que le pasan a este país y a esta ciudad y a este mundo con síntomas de querer volver a los tiempos del canibalismo. Dicen que Rosa fue atacada en los alrededores de una de las mejores universidades del país, a pocos minutos de una estación de la Policía de Carabineros, a pocas calles de la principal vía de Bogotá, en un paraje de los cerros orientales de la capital, los mismos a los que el Comandante de la Policía prometió enviar refuerzos para que a la gente no la siguieran atracando. Sí, en ese parque, insignia histórica de la ciudad, Rosa, la del nombre de abuela, encontró el final de sus días. Tuvo alientos para pedir auxilio, para insinuar que conocía a su agresor, para asirse a la vida y, claro, para sentir en las entrañas cómo se le escapaban los sueños sin saber por qué. O tal vez sí lo sabía: porque se equivocó, así no se haya equivocado. Porque en esta sociedad de machistas, muchas mujeres siguen creyendo que les pasan las cosas que les pasan porque tienen la culpa. No tuvo tiempo para odiar, tampoco para perdonar. Solo quería entender y vivir, y volver a casa. Y reencontrarse con su hija. Y ser bachiller para ser alguien. Se llevó consigo la respuesta que hoy todos reclamamos, la misma que gritan millones de mujeres desde que se conocieron los hechos, la misma que gritarán hoy en el plantón previsto en ese mismo parque de árboles mudos que, sin embargo, lo saben todo: ¿por qué le hicieron lo quele hicieron?, ¿qué motivo llevó al asesino a cometer un acto tan medieval, tan salvaje? Algo debe estar muy torcido en la sociedad para actuar así. Algo nos debe estar pasando para odiar de tal manera. Algún mal ejemplo hemos de estar recibiendo para que la vida nos importe tan poco. Sin duda, nos están impregnando las malas lecciones y los malos ejemplos de quienes deberían proveernos de todo lo contrario. No, Alcalde, a Rosa no le pasó lo que le pasó por pobre. No, señor Comandante, en esta ciudad la muerte no tiene estrato, ni color; igual te mata un borracho que un sicario; te pueden matar frente a tus amigos y ninguno vio nada; te matan por un celular o te cortan la cara por una empanada. A Rosa Elvira la mató la enfermedad que carcome a esta sociedad: la mezcla de venganza e intolerancia en todos sus niveles. Hasta en los más primitivos. A Rosa Elvira la mató un malnacido. Punto.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
@ernestocortes28
erncor@eltiempo.com 

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