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Bogota

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Mujeres 'afro' piden cantando ropa usada, que después venden en la plaza España

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Foto: Abel Cardenas/EL TIEMPO

De martes a domingo, entre 8 de la mañana y 9 de la noche, estas mujeres afrodescendientes recorren la ciudad pidiendo ropa.

"Bueeenaas, ¿tiene ropa para regalar, señor? Ropita y zapatos viejos". Esto es lo que cantan, con la voz potente que caracteriza a las mujeres negras.

Son en total diez desplazadas del Pacífico, que desde hace tres años recorren las calles de Bogotá.

Madres cabeza de familia que ante la falta de oportunidades han visto en la compraventa de ropa usada una alternativa para vivir.

"Uno, viendo que está aguantando hambre, se le mide a todo. La primera parte donde fui a pedir fue a la carrera sexta con 30. Cuando tenía bastante ropa, un muchacho me dijo: 'mami vaya y venda en la plaza España", cuenta Luz Aída Angulo, madre de seis hijos, que llegó de Barbacoas, en Nariño.

A Luz Aída le siguieron sus hermanas Alexis, María, Elvia y Meibi, y en Bogotá se reunieron con otras desplazadas como Luz Daris, del Alto Baudó, y Ermilda Navarrete, de Timbiquí, en el Cauca.

Trabajan de martes a domingo, desde las 8 de la mañana hasta las 9 de la noche. "Se va uno por la mañana y pide en el barrio hasta las 5 ó 6 de la tarde. De ahí nos vamos a vender eso pa' traer pal' diario", comenta Luz Daris, una viuda con cuatro hijos.

Por sus arduas jornadas llegan a ganar hasta 25 mil pesos diarios. Sin embargo, hay días en que ni siquiera consiguen lo del pasaje del bus.

"La ropa mala la vendemos a 100 pesos el kilo y la buena la pagan a 800 ó 1.000 pesos la prenda. Al mes nos hacemos, en promedio, 250 mil pesos", dice Alexis, una joven de 25 años y con cinco hijos.

Lo que más reciben es ropa de mujer y de niño, pero la que mejor pagan en la plaza España es la ropa de hombre.

Aunque el fuerte de su negocio consiste en recoger prendas, también reciben alimentos y artículos como máquinas de escribir y radios. "Cuando estaba embarazada, una señora se conmovió y me regaló una cama, un mercadito y un chifonier para la niña", señala María, quien quedó sola a cargo de sus hijas, cuando desaparecieron a su marido en los llanos.

A pesar de la alegría que le imprimen a su trabajo, no todas las personas las reciben de buena manera. "A uno de negro le toca muy duro, porque la gente es racista. En los buses todo el mundo nos dice '¡chito, cállense!', sin entender que nos gusta la bulla y el ruido", dice Luz Aída.

En una ocasión en el parque Tunal, un señor les gritó: "Cochinas, micos, devuélvanse a su tierra y desalojen la ciudad". Episodios como estos hacen que quieran conseguir otro trabajo, en el que puedan ganar un sueldo fijo y no tengan que soportar maltratos.
Mientras eso sucede, estas mujeres, que viven junto a 800 desplazados más, en la invasión Nueva Esperanza, en los cerros orientales, seguirán recorriendo de arriba a abajo y de norte a sur las calles bogotanas en busca de ropa de segunda.

NICOLÁS HERNÁNDEZ
Especial para EL TIEMPO

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