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Una escuela en el sur de Bogotá convirtió la lucha olímpica en la pasión de 20 niños

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Foto: Jaiver Nieto/ELTIEMPO

La lucha se ha convertido en la salida que muchos niños encuentran para consolidar un proyecto de vida, en medio de una zona peligrosa.

De La Victoria, un barrio de estratos 1 y 2, en el que el hambre y la inseguridad son la constante, han salido campeones panamericanos, nacionales y hasta mundiales.

Freddy Serrano es el espejo más importante que tienen estos jóvenes. A sus 28 años, fue seleccionado para participar en los próximos Juegos Olímpicos de Pekín.

Nelson García (27 años), Pilar Parra (26) y Sandra Roa (21) han ganado campeonatos nacionales y han dejado en alto el nombre de la ciudad. Sandra se coronó hace poco campeona mundial juvenil. Todos ellos se entrenaron en los 8 metros cuadrados de colchón que tiene el escenario de esta escuela.

Disciplinado entrenamiento

En un colchón azul, rojo y amarillo practican los jóvenes que sueñan y viven por la lucha olímpica. Algunos como Jean Carlos Brown, un barranquillero de 14 años que llegó a Bogotá buscando una mejor vida, dedica los 7 días de la semana a practicar el deporte que empezó como un juego y hoy toma con seriedad.

No ha podido ingresar a un colegio, por eso asiste a todos los entrenamientos. Otros que sí estudian prefieren 'capar' clase para no perderse el taller con el 'profe'. Jefferson Serrano es uno de ellos. Está a punto de finalizar bachillerato y desde hace 8 años entró a la escuela de lucha. Hoy es una de sus mayores promesas.

John empezó en la misma escuela, y aunque no ha ganado tantos títulos como sus pupilos, sus medallas -según él-, fueron convertir a la lucha en su proyecto de vida y en una alternativa para los jóvenes.

De su mente nunca se borrará la tarde en que se cruzó con uno de sus viejos amigos. Lucía sucio, con ropa vieja y un costal sobre la espalda. Jhon pensó que él hubiera podido correr la misma suerte de no haberse decidido por este deporte.

Un proyecto de vida

Sobre el anillo central del colchón de tres colores, dos niños se paran uno frente a otro. Estrechan su mano y cada uno inclina el cuerpo formando una L. Las cabezas quedan enfrentadas y la mirada del uno se clava sobre los ojos del otro. Las rodillas se doblan levemente y los brazos se elevan como pinzas dispuestas a agarrar.

Junto a ellos, nueve parejas esperan la orden en la misma posición. El 'profe' John grita: "A luchar". El combate empieza. Las cabezas se agitan de un lado al otro y los brazos buscan la oportunidad de atrapar las piernas del rival. El que lo logra, levanta a su contrincante hasta los hombros, lo lanza contra el piso y lo inmoviliza.

A la escuela de lucha olímpica que abrió hace un mes -luego de dos años de estar cerrada por falta de presupuesto-, los niños van con sudaderas viejas y a veces sin haber desayunado. "Esto me dio un proyecto de vida que no pensé tener, si esto no existiera habría terminado de obrero o albañil, como terminan todos los de mi cuadra", sentencia Humberto Junco, de 28 años y campeón panamericano.

A pesar de que Junco vivió en un barrio de invasión (Malvinas) que desapareció tras un derrumbe, hoy la lucha olímpica le ha dado para vivir. Él siente que lo mismo les puede suceder a los niños del sector: canalizar la rabia o la tristeza en esta disciplina deportiva y salir adelante.

Para John y Freddy, profesores de la escuela, estos niños resultan mejores deportistas que otros porque son más hábiles y más entregados. "La vida los ha golpeado tanto que el dolor que puede causar una caída no los hace desfallecer", afirma John.

Permanentemente, los 'profes' recorren el barrio y los colegios de la zona en busca de niños que quieran integrarse, sin costo, a la escuela. Porque al igual que los campeones nacionales que han salido de allí, los pequeños que hoy entrenan en el colchón de tres colores, están convencidos de que el nombre del barrio marcará el camino hacia donde quieren llegar: La Victoria.

LINA SÁNCHEZ ALVARADO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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