El amanecer del 8, una tradición que vale la pena mantener...

El amanecer del 8, una tradición que vale la pena mantener...

Recuerdos de la Fiesta de Velitas, celebración que hace de Barranquilla una ciudad diferente.

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La celebración de la Fiesta de Velitas en Barranquilla, es una de las más hermosas en el Caribe colombiano.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

07 de diciembre 2016 , 03:03 p.m.

Para cualquier barranquillero modelo 60, la llegada del 7 de diciembre era esperada con entusiasmo, desde mediados de noviembre, cuando niños y jóvenes terminaban sus actividades escolares. Y estamos hablando de la década del 70, extensivo hasta los últimos años del siglo pasado.

Ese entusiasmo se daba con las calles destapadas de los barrios populares inundadas desde la mañana hasta el anochecer por juegos como bola de trapo, al bate (béisbol callejero), chequita, 4,8 y 12, que entre 12 del mediodía y tres de la tarde –para esquivar el sol o reposar el almuerzo– se reemplazaban por juegos de mesa, como dominó, parqués, siglo o cuco –ese con granos de maíz.

Las brisas llegaban desde finales de noviembre, y cuando el calendario marcaba el primer día de diciembre se escuchaba aún más el tema Diciembre llegó con sus ventoleras, de Rufo Garrido. El espíritu de la Navidad se apoderaba de la ciudad. Más de los menores.

Recuerdo que hasta 1969, esperaba a mi padre, Carlos, despierto en su cama, a que llegara de la Rueda de Cumbia, que solía asistir en el Barrio Abajo o en Rebolo, o de los bailes familiares o de amigos que se armaban y a los cuales siempre asistía en compañía de su hermano, el tío Agustín. “Esos bailes se quedan solos desde poco antes de las tres de la mañana, porque todo el mundo se va a sus casas a prender las velitas”, decía el tío.

Y era cierto. A las tres ellos estaban en casa para despertar, con mi madre Elfa, al resto de mis hermanos. Y encender las velitas dentro de los farolitos. La ciudad toda estaba despierta y, ni con Carnaval, se vivía una fiesta única: iluminando el paso de la virgen Inmaculada Concepción durante toda la madrugada y hasta cuando la claridad reemplazaba la oscuridad.

La primera vez que amanecí en la calle fue el 7 de diciembre de 1970, tres días después de terminar el Campeonato Mundial de Béisbol que se disputó en Barranquilla y Cartagena, con el título para Cuba. Estaba con la pierna derecha enyesada y durante todo el tiempo permanecí en la puerta de la casa. Tenía 10 años y estaba acompañado de amigos de confianza, todos mayores, que esperaban que la media ciudad que dormía se despertara para gozar del 7, aunque lo que realmente se festejara es el 8.

Un poco más grande, como a los 14 años y hasta antes de llegar a la mayoría de edad, los preparativos del 7 de diciembre incluyó la fabricación de la bola de candela, con aquellas bolas de trapo que no servían y que se recogían desde comienzo de noviembre: se reforzaban, se amarraban con alambre dulce y se metían en gas. Entre 3:30 y 5:30, con Claudio Meléndez y David Mesa, además de cuatro amigos más, uno hacía pases en cortos y de primera –para evitar peligro– recorriendo la carrera 23 C, entre calles 64 y 65 B, del barrio San Felipe, hasta que se desarmara. Y luego prendía otra, luego otra y luego otra...

Esos amaneceres, escuchando el tema del maestro Adolfo Echeverría, Las cuatro fiestas, en la voz inconfundible de Nury Borrás (“Qué linda la fiesta es en un 7 de diciembre…”), servían para ver por única vez al año otro espectáculo natural: la Sierra Nevada de Santa Marta, atractivo que el barranquillero, al menos ese que no tenía posibilidad de amanecer, apreciaba ese día especial que ninguna otra ciudad colombiana y, con seguridad del mundo, vivía.

Hasta el comienzo de la década del 90 permanecía la tradición. Un amigo caleño, el doctor Miguel Ramírez, me calificó de ‘padre desalmado’, cuando en el amanecer del 8 de diciembre de 1992 desperté a mi hijo, entonces de 3 años, tras regresarnos de la inauguración de un torneo nacional de boxeo en Cartagena. Quería mostrarle lo que era el 7 de diciembre en Barranquilla. “Yo me voy a dormir y no voy a iluminar el paso de la virgen, porque no soy barranquillero”, agregó. Lo convencí que permaneciera despierto por lo menos hasta las cuatro de la mañana.

Después, arropado por ese ambiente, solo decidió irse a cama a las 11 de la mañana. Con el paso del tiempo, todo cambió. De un momento a otro, un buen porcentaje del barranquillero no durmió: permaneció en la puerta de su casa toda la noche, con el picó o los equipos de sonido a todo timbal, encendió las velitas a las tres de la mañana y se fue a dormir, incluso sin despertar a los menores.

Recuerdo que una emisora pregonó por algún tiempo de mantener, en masa, la tradición. Pero resulta difícil, cuando la persona está ingiriendo licor desde temprano y no aguanta hasta el amanecer. O cuando hay quienes prefieren acostarse como un día cualquiera y no ponen las velitas en sus farolitos.

Si cada vecino hace el ejercicio de contar en cuántas casas de su cuadra están despiertos a las cuatro de la mañana, año tras año, verá cómo aumenta de manera considerable el número de personas que prefieren alejarse de la tradición. Yo llevo la cuenta. Y el porcentaje está en un 33 por ciento. Y pensar que de niño solo una casa de 40, la de al lado en el sector sur, no se iluminaba porque los vecinos se iban a encender las velitas a casa de la abuela en otro barrio.

Creo que el barranquillero debe defender este amanecer que es un patrimonio único de una ciudad de tal dimensión.

Les aseguro que esos que recuerdo de niño son inolvidables... 

ESTEWIL QUESADA FERNÁNDEZ
Redactor de EL TIEMPO
Barranquilla

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