Joven viuda barranquillera cuenta su papel de madre

Joven viuda barranquillera cuenta su papel de madre

María Elvira Cuello, de 32 años cuenta como ha sido criar a sus 4 hijos menores.

María Elvira Cuello

María Elvira Cuello y sus cuatro hijos, el motor de su vida que le ha permitido salir adelante tras perder a su esposo.

Foto:

Archivo particular

15 de mayo 2017 , 12:13 p.m.

A veces la vida nos da giros que nos dejan en un punto donde todo puede ser para bien, empezando de nuevo con ganas y con una versión mejorada de nosotros mismos. No siempre ese giro es de 180 grados, en el que el punto inicial está del otro lado, dándonos grandes oportunidades. Nunca estamos preparados para lo que nos viene, y mucho menos si ese giro inesperado es de 358 grados…

Miras a tu alrededor y todo se ve en su puesto, pero no se siente así. Tiembla el piso y se cae el eslabón que te ha dado estabilidad, seguridad, tranquilidad y amor; pero todo está alli.

No hay forma de hacer un cambio, ya que cualquier movimiento puede hacer que todo lo que estaba encima de ese eslabón caiga. Se siente una gran responsabilidad y carga en los hombros. Esos dos grados que hacen falta para llegar al punto inicial significan más de lo que uno se puede imaginar. Estás casi donde empezaste, pero algo falta para estar completo.

De un momento a otro, mi vida dio ese giro. En una semana perdí a mi esposo, que entró a la clínica por un cálculo renal y terminó teniendo dos derrames en el tallo del cerebro. Dejándome viuda a los 31 años y con cuatro hijos.

Sentí que mi vida se me pasaba ante mis ojos en un instante. El mundo giraba mas rápido que nunca, pero yo me movía en cámara lenta. Me costó digerirlo, pero acepté que esta era mi realidad y mi nueva vida.

Tenía dos opciones

La primera, sentarme a esperar que la vida se resolviera sola.
O la segunda, afrontar la realidad y demostrarle a mis hijos que la vida, por muy dolorosa que sea, continúa, y está en nosotros salir adelante; disfrutando cada momento y aprendiendo algo de las situaciones por las que pasamos día a día.
Sin pensarlo, tomé la segunda opción.

Me di una semana en la que solo pensar en volver a mi casa me daba escalofríos, pero cada vez que veía a mis hijos sabía que tenía que sacar todas mis fuerzas y continuar por ellos. En mis manos estaba un gran regalo que Dios nos dio y muchas veces lo dejamos pasar desapercibido; ese regalo se llama vida.

Solo en mí estaba demostrarle a mis hijos que la vida continúa y que algo que no perdona es el tiempo. Les hablaba con la verdad, manejando un lenguaje apto para ellos, tratando de ser lo más honesta posible sin causarles más angustias ni ansiedad.

A medida que pasaban los días les fui demostrando que aunque su papá nos acompañaba de una manera diferente, siempre estaba con nosotros. Hasta en los momentos más inesperados y de la forma que menos nos imaginábamos.

Suena todo muy lindo y fácil, pero honestamente no lo ha sido. Por tratar de no mostrarles que era débil, fui creando en ellos un sentimiento que les impedía aceptar lo que estaba pasando. Sentían que no podían ni llorar, pensaban que estaban haciendo algo mal. Se cargaron de rabia y, sobre todo, mi hijo empezó a explotar ante cualquier situación.

Ahí me di cuenta que aunque les queramos demostrar que hay que afrontar cada situación y ser fuertes, a veces hay que desahogarse y mostrar nuestro lado más débil. No estaba mal que me vieran llorar. Aunque a veces pensemos que somos invencibles, no somos un superhéroe que con solo un movimiento es capaz de arreglar el mundo. Tenemos que permitirnos tener unos momentos de debilidad para lograr ser más fuertes.

A cada pregunta que mis hijos me hacían, siempre les tenía una respuesta. Que honestamente no sé de dónde me salían, y luego de dárselas me cuestionaba por un largo rato de dónde había sacado las palabras perfectas para darles la respuesta que ellos necesitaban. Para mí solo podían venir del cielo.

Ser mamá siempre fue parte de mi futuro, pero nunca un plan organizado. Cada llegada de mis hijos fue inesperada. Aunque en algunas ocasiones había hablado con mi esposo del tema, se adelantaban a nuestros planes. Yo quería dos hijos, pero mi deseo se terminó multiplicando.

Soy mamá de tres hermosas princesas y un príncipe azul. Ellos son los que en este momento le han dado la combinación perfecta de colores que necesito en mi vida. Esta nueva tarea que tengo no es fácil, y más de una vez quiero salir corriendo sin mirar atrás. La vida nos cambió de la noche a la mañana, y aunque nuestra cualidad más grande como humanos es la costumbre, aceptarlo y aprender a vivir así puede tomar tiempo.

Nos hace falta el pilar más grande de nuestra base

Me puse como meta sacarlos adelante y mostrarles que aunque la vida dé giros inesperados y tenga bajones, solo está en nosotros y en nuestra capacidad de superar las circunstancias traumáticas seguirla viviendo.

En otras palabras, gracias a la resiliencia que tenemos dentro de nosotros, que es como un músculo que vamos fortaleciendo. Hoy, 10 meses después de que Abel tuviera que irse, puedo decir que estamos bien. Nos hace falta el pilar más grande de nuestra base como familia, pero si no fuera por el regalo de ser mamá no estaría así de fuerte y agradecida con la vida.

(*)Diseñadora industrial, de 32 años. Correo electrónico: maricuello@hotmail.com

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