Nostalgia por un fantasma de colores

Nostalgia por un fantasma de colores

¡Por aquí se le extraña, señor Monocuco!: Es la sombra de una interesante historia.

monocuco

Con la aparición de las comparsas de monocucos que bailan, el disfraz ahora es colectivo y usa coreografías vistosas. Es la apariencia moderna de todo un personaje.

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Archivo / EL TIEMPO

24 de febrero 2017 , 03:07 p.m.

Señor Monocuco, auténtico Monocuco, por aquí se le extraña. El desliz grupal en que anda hoy es muy vistoso, es verdad. Y la música de sabana que crispa sus huesos es pegajosa, y hasta nos empuja a la ronda; pero no es así como lo recordamos. Eso que vemos a veces por las calles es la sombra de una nostalgia en colores.

Era usted un fantasma variopinto en contrasentido, que no espantaba con lamentos de ultratumba, sino con chillidos de injuria. La capucha, el antifaz, el velo, todo eso estaba hecho para desnudar verdades. Y esa varita que hoy es un adorno, si bien no tenía el criterio de la espada, le servía para defenderse; y al mismo tiempo, era su batuta, porque lo suyo siempre fue dirigir la gran orquesta de la burla.

Pero ha perdido sus bemoles, algo lo espantó. De pronto fueron las maniobras esquivas de las víctimas en ciernes; o el provecho que encontraron en usted las fechorías, el amor furtivo, y el alma agazapada de incertidumbres sexuales. O quizás, se fue usted convirtiendo en objeto de envidia y blanco de la hiel, y así lo fueron sacando a patadas de los escenarios carnavaleros.

Poca importancia tiene si lo vieron por primera vez hace siglo y medio allá en San Bernardo del Viento (Córdoba) como indumentaria de un nativo grosero en fiesta patronal. Tampoco importa si trepó el río Magdalena en canoa desde El Banco, viejo puerto; o si usó el antiguo ferry para atravesar desde Ciénaga; o si se evadió de los clubes de Valledupar a comienzos del siglo pasado, pero lo cierto es que llegó a tierras curramberas, cultivó una esencia particular, y terminó imponiéndose como disfraz propio: la única amenaza a su majestad fue, siempre, la repelencia de la marimonda.

Su vestimenta evoca la comedia del arte italiana, pero no salió de allí: es solo una imitación acomodada, una amalgama alcahuete y ruidosa, colores chillones y cascabeles. ¿A cuál de esos nueve personajes del siglo XVI le es usted más fiel, dígame? Imagino su respuesta: el asunto no es el antifaz porque está presente en todos, pero yo me parezco más a Arlequín, uno de los criados, de quien tomé el colorido de los retazos, la habilidad para los enredos, su vitalidad y destreza. Pero el adorno de cascabeles sobre los hombros evoca al jubón de Pantaleone, el comerciante avaro.

Agregará: entre los antifaces, me quedé con el de Magnífico, el líder de la ciudad, pero en vez de la nariz de águila, le dejé colgar un velo. Y en ese sentido, me agarré del Carnaval de Venecia, lleno de máscaras desde el siglo XIII. Y sabré, entonces, cuando escuche esta respuesta, que quizás por eso llegó usted más lejos que la marimonda en los clubes sociales. Claro: allí habían caído, sin dolor, la música y otras expresiones europeas, porque en la Venecia de entonces, se disfrazaba la nobleza para mezclarse con el pueblo. Vea usted: artificio del más pudiente, así es la vida.

No faltará quien diga que usted no es más que una adaptación del disfraz de dominó, también evocador de la Edad Media, capa con capucha grande, máscara cubre-ojos para las mascaradas. Pero es solo eso, dirá usted: una coincidencia, una identidad forzada por las ganas de hilar delgadito. Además, el dominó tiene, de ordinario, un solo color: no es un disfraz de Carnaval. Más bien, intenta serlo: toca reírse.

Y la explicación suya será aún más contundente: miren mis botones grandes al frente, en línea vertical: son como de payaso. Y estos cascabeles que me llueven en el pecho y la espalda se parecen a los de un gorro atribuido a Arlequín, pero no son más que es un adorno universal en una pieza ocasional ¿Y estos guantes? No son para resaltar gestos porque no soy mimo, sino para dificultar la identificación de las manos. A veces uso medias en situación de pobreza.

Insistirán ¿Y ese velo del antifaz? Aclárelo de una vez: no tiene implicaciones de burka: solo pretende, en el caso suyo, ocultar la boca que produce el chillido. ¡Qué disfraz tan vistoso y genial, señor Monocuco! Por eso terminó usted siendo tan popular, y, como tal, asumió actitudes de ese vulgo que le dio abrigo.

Eran los tiempos de los botones metálicos numerados en la Alcaldía, distintivos a lo alto del pecho, registro de la identidad del comprador en la tienda de disfraces. Luego, el pago de un pequeño impuesto dentro del precio, y ahí tiene el capuchón, con su permiso.

De capuchón a ‘cuco’

Pero dejaron de llamarle solo capuchón, que era su nombre de postín, y lo apellidaron “de mono”. Es que nunca faltan los imprudentes, los pillos, los lisos. Bajo la complicidad del disfraz, algunos empezaron a colarse en fiestas, a meterse en las tiendas de los cachacos, y a usar habilidades de mago para apoderarse de cosas pequeñas, de galletas, de leche, y ¡péguele a correr!

De esa forma, su condición de fantasma colorido derivó en la expresión “cuco”. Y sus habilidades nuevas de fechoría fueron asumidas como de mono, de mico, de simio trepador. El capuchón pasó a ser un mono más, que también huía con el pedazo de carne en la mano, que también tiraba restos de guayaba como lo hacía el mico desde el árbol. Y tiraba usted lo suyo: sus bromas a la víctima de turno, y sus pistas falsas de la carne bajo el disfraz. Como por un embudo, todo esto llegó a un mismo envase donde lo esperaba la voz impostada. Luego vinieron el bautizo y el estribillo: “monocuco guayabero, saca presa del caldero, toma leche y es embustero…”.

¿Embustero? Esa era su gracia principal, su artillería pesada. Su voz parecía la de un mimo, pero con algo más de claridad bajo el velo, con apuntes sarcásticos, datos sobre adulterios, delitos o hasta identidades sexuales. Todo quedaba al descubierto en sus palabras chirriadas. Era usted implacable y odioso. Quizás por eso, desapareció, pero se le extraña, repito. En efecto: ya no es usted el disfraz de la mujer embarazada que simulaba ser un hombre bajito y barrigón. Ya no es el del primo ese que una tarde de 1965 obligó a una mujer recién casada a correr en busca de algo de respeto…No…Ya no es usted ese que lanzaba el dato, la revelación, y luego se evadía dejando, como mínimo, un asunto de qué preocuparse.

Aunque tampoco debió ocurrir que lo usaran en los años 50 para enojar a un gobernador visitante en el salón Carioca.

Pobre hombre: creyó que bailó toda la noche con una chica de capuchón, pero la nuez de Adán se dejó ver tras el velo.

Fue la primera advertencia, sin muertos ni heridos. Pero no ocurrió así en ese otro incidente posterior, ese del marido que sorprendió a su mujer encapuchada de rojo bailando con un frenético tigre de bengala. Hubo tiros y muerta en plena inauguración de un salón.

Por cosas así dirán que hoy, ante la imposibilidad de que usted regrese por sus fueros, es preferible verlo bailar en los desfiles. Que muchas gracias, Roberto Guzmán, por retornarlo en los años 90 en forma de ballet colectivo de fandango. Que muchas gracias, Octavio Carvajal, por sumarse, por ponerle variaciones y modernizarlo con sonrisas de nuevas estéticas. Que muchas gracias al otro y al otro...

Por supuesto, el agradecimiento es sincero ante el sombrero que dejó el ahogado, pero se le extraña, señor Monocuco, se le extraña…

JAVIER FRANCO ALTAMAR
EL TIEMPO
BARRANQUILLA

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