Más de 12 años sin el 'sentipensante' de Alfredo Correa de Andréis

Más de 12 años sin el 'sentipensante' de Alfredo Correa de Andréis

Este texto sobre el profesor fue el ganador del concurso de crónica del Fondo de Cultura Económica.

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Alfredo Correa de Andréis (1952 - 2004).

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Archivo / EL TIEMPO

09 de enero 2017 , 12:09 a.m.

Alfredo Correa de Andréis no nació en la Atenas de Sócrates, sino que fue parido en el mismo Caribe colombiano de García Márquez. Sin embargo, tanto Alfredo como el ateniense fueron ejecutados por lo que dijeron, por lo que no dijeron y por lo que otros dijeron de ellos. El maestro de Platón bebió la cicuta de su propia mano hace 25 siglos, mientras que el profesor y sociólogo fue acribillado a tiros en un andén de Barranquilla, el 17 de septiembre del 2004.

Correa vino al mundo el 16 de octubre de 1951, en Ciénaga, Magdalena. Fue el mayor de los cuatro hijos de Alfredo Correa Galindo, tres veces alcalde del municipio y seis concejal. Desde niño se declaró hincha furibundo del Unión Magdalena. No le importaba pagar el peaje de ir a misa los domingos con tal de que su madre, Eloísa, le concediera el salvoconducto para ir al estadio Eduardo Santos a ver al Ciclón.

A finales de los años 60 tuvo una gran alegría y un gran sinsabor. En 1968, el Ciclón Bananero se coronó campeón del fútbol colombiano. Pero por otro lado, no pudo estudiar ingeniería industrial en Bucaramanga, puesto que ‘el palo no estaba para cucharas’. Como el payaso de la canción que no es lo que quiere sino lo que puede ser, encontró una salida estudiando otra ingeniería, la agronómica, en la Universidad del Magdalena, de la que se graduó en 1974. Un par de años más tarde inició estudios de sociología en la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla.

Alfredo era un hombre enorme, medía casi dos metros, tenía la melena rala, barba arrubiada, era un caribeño bullero, de risa feliz y estentórea, y ojos espepitados, por lo que algunos lo apodaban el ‘Vikingo’ y otros el ‘Cipote’.

Padre, marido e hijo

Bien decía el nobel colombiano que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre. Alfredo no fue la excepción. Su máxima adoración fue su hija, Melissa, nacida a principios de los 90.

Un año antes de nacer su hija, se había casado con Alba Glenn. El matrimonio le vino con la ñapa de dos hijos de una relación anterior de su esposa, Iván y Julián Delgado. Al cumplirse 10 años de su asesinato, en septiembre del 2014, Iván expresó su agradecimiento hacia el cienaguero de esta manera: “¡Un gran hombre! Sembró en mí grandes semillas (…). Nos veremos en la Gloria del Padre, Alfre. ¡Nos haces mucha falta!”.

En los trajines rutinarios de la vida, Alfredo se apoyaba en su papá, quien le servía de mano derecha y, muchas veces, de mensajero y pagador. Diariamente llamaba a sus viejos para comentar cualquier tontería: el resultado de un partido, la fecha de un recibo o averiguar por el almuerzo.

Para escoger una casa, muchas personas se fijan en el estado de los baños, la amplitud de la cocina o la luz de las habitaciones. El docente, por el contrario, al escoger vivienda solamente tenía dos cosas en la cabeza, que quedara cerca de la universidad y que hubiese suficiente espacio para los estantes de los libros.

Sabía que a la salida de clases se le podía atravesar una acalorada discusión de pasillo o, mejor aún, un par de frías. Por las noches, disfrutaba caminar por las calles del barrio Viejo Prado, mientras la luna de Barranquilla le servía de faro para llegar a su hogar.

En su juventud, Alfredo confió con ceguera en su racionalidad. Con la llegada de los años, empezó a interiorizar el concepto de ‘sentipensante’, que fue llevado a la academia por el barranquillero Orlando Fals Borda, su maestro. El término proviene realmente de un pescador del municipio de San Antonio Abad, Sucre, que le dijo a Fals Borda: “Nosotros actuamos con el corazón, pero también empleamos la cabeza, y cuando combinamos las dos cosas, somos sentipensantes”.

El sociólogo, el profesor

En 1981, con el diploma de sociólogo bajo el brazo, inició su carrera docente en la ‘Simonboloncho’, como coloquialmente se le llama a su ‘alma mater’ en Barranquilla. Con sus amigos de promoción, y otros colegas, fundó un año después el Capítulo Costa Atlántica de Sociología, adscrito a la Asociación Colombiana. También fue profesor de la Universidad del Norte y rector de la Universidad del Magdalena.

Para Jaime Romero Sampayo, uno de sus pupilos, era, tal vez, el tipo más elegante con el que uno se podía topar en Barranquilla. Y no por la manera de vestir (Alfredo Correa nunca sería invitado a una Semana de la Moda en París o Milán), sino por su maestría en el uso de la palabra.

En forma paralela a la docencia, comenzó su actividad como investigador. Su trabajo fue rápidamente reconocido y se convirtió en un invitado obligado en cuanto panel, encuentro, congreso, seminario o foro se daba en la región norte de Colombia.

En los distintos escenarios donde intervenía, siempre abusaba del tiempo, se tomaba 5, 10 o 15 minutos de más. Luego de la fechoría, buscaba indulto con una sonrisa infantil y nadie le decía nada. Sus temas centrales eran la cultura, la participación ciudadana, el desarrollo social, el medioambiente, los conflictos sociales y los derechos humanos.

Alfredo y su magnicidio

Correa de Andréis había estudiado, en el 2000, el problema de montar un puerto carbonífero en Nueva Venecia (Magdalena) por los riesgos para el medioambiente y para la población. Según ‘El Heraldo’, los interesados en el proyecto del puerto eran el gobernador Trino Luna, el paramilitar Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40 y el exdirector del DAS, Jorge Noguera.

En la madrugada del 22 de noviembre del 2000, 70 miembros de las fuerzas paramilitares de ‘Jorge 40’ llegaron en lanchas al pueblo. Una comunidad que, hasta ese día, solo conocía la muerte natural despidió de esta vida, al menos, a 37 de sus hijos (según cifras oficiales).

En el 2004, poco antes de su muerte, Correa acababa de finalizar su investigación sobre el patrimonio y los derechos de los desplazados del área rural de Barranquilla; ya era palpable la presencia de fuerzas que querían bajarle el perfil al trabajo investigativo del sociólogo.

El detective del DAS Javier Valle Anaya fue quien conformó el expediente a través del cual se orquestó el silenciamiento de Correa. Valle Anaya, abogado egresado de la Simón Bolívar, suministró las supuestas pruebas por las que Correa fue detenido el 17 de junio de 2004, cuando fue sacado de su casa y trasladado a medianoche al DAS en Cartagena.

Fue acusado del delito de rebelión, de ser alias Eulogio, un ideólogo de las Farc. Las pruebas eran los testimonios de tres exguerrilleros reinsertados, quienes afirmaban haberlo visto en compañía de ‘Iván Márquez’ en las serranías del nororiente colombiano. A los pocos días fue trasladado a la cárcel de El Bosque, en Barranquilla. Cuentan quienes lo visitaron que era un continuo mar de lágrimas.

Su abogado, Antonio Nieto Guette, demostró que las pruebas eran falsas y que en las fechas de la acusación el profesor no estaba delinquiendo, estaba de parranda, celebrando el aniversario de sus padres. De igual manera, el jurista probó que los testimonios habían sido clonados. Pegaron la misma versión a cada una de las tres declaraciones y, a pesar del cambio de tipo de letra y tamaño, los textos eran exactamente iguales en la sintaxis, en los errores ortográficos y en la puntuación. El montaje era tan burdo que no alcanzó a estar un mes en la cárcel.

Alfredo sabía de la espada de Damocles sobre su cabeza, por lo que al salir del centro penitenciario alcanzó a realizar las diligencias relacionadas con su pensión. Según Marcela Correa, su sobrina, era como si no se pudiera ir sin dejar las cosas organizadas. Muchos de sus amigos le recomendaron irse del país, pero el profesor se negó. Decía que ni tenía la plata ni tampoco era culpable de nada para escapar como un criminal. Le escribió dos cartas al presidente Álvaro Uribe, implorándole por su vida, pero fue en vano.

Mientras la acusación penal hacía aguas, quienes veían al profesor como una amenaza no pensaron un instante en detenerse. Juan Carlos Rodríguez de León, alias el Gato, fue el encargado de dar el golpe definitivo que segó la vida de Correa el viernes 17 de septiembre. Esa tarde, Rodríguez de León aguardó en la esquina de la carrera 53 con 60 y una vez apareció el profesor con su escolta, Edelberto Ochoa, descargó su revólver en él, para luego asesinar a Alfredo. Cuentan los testigos que el sociólogo solo alcanzó a decir: “¡Hey, loco, no dispares!”.

***

En Colombia, el 90 por ciento de los asesinatos quedan en la impunidad. Sin embargo, por el homicidio del profesor Correa hay varios criminales condenados: Jorge Noguera, ‘Jorge 40’, Édgar Fierro Flores, alias don Antonio, quien era subalterno de ‘40’ y jefe de los paramilitares en el Atlántico, y Juan Carlos Rodríguez de León, ‘el Gato’, autor material. Noguera Cotes, quien fue defendido como “un buen muchacho” por Uribe, purga una pena de 25 años de prisión. El exdetective del DAS, Valle Anaya, quien luego del crimen fue promovido a subdirector en el Atlántico, se encuentra prófugo de la justicia en Estados Unidos.

Su padre considera que aún faltan personas por enjuiciar y ha hecho responsable, por acción u omisión, al expresidente Uribe. El señor Correa Galindo afirma que desde que mataron a su hijo mayor espera con desgano la muerte.

Melissa, la hija, se exilió en Estados Unidos desde el año 2009. Hoy, con 25 años, vive en Boston. Se enamoró y casó con un gringo, que también parece un vikingo.

Después de muerto

En el 2013, el Estado colombiano fue declarado responsable por el homicidio, obligado a dar disculpas públicas, a resarcir económicamente a la familia por la muerte del profesor y a instalar placas en las sedes del DAS de Bogotá, Barranquilla y Cartagena, las cuales rezan: “En memoria de Alfredo Correa (…). Hechos como los que originaron su muerte jamás deberán repetirse”.

Su hija y su mujer, Alba Glenn, recibieron una indemnización de 1.200 millones de pesos. Sus padres y hermanos dicen que no perdonan y que tampoco quieren recibir un centavo. Argumentan que esa plata es maldita y que ni todo el oro del mundo traerá de vuelta a su hijo.

Su hijastro, Iván Delgado, es ministro de la iglesia cristiana Ammi en Barranquilla. El 13 de abril del 2014, Álvaro Uribe visitó el templo con el beneplácito del pastor. ‘El Heraldo’ registró la visita, en la que se ven juntos, mientras el expresidente pedía ayuda a los feligreses para la elección de Óscar Iván Zuluaga. Ese día, Delgado manifestó que sentía “preocupación por lo que pueda pasar en los próximos cuatro años” y la pastora, Gloria Hincapié, resaltó que Uribe “fue un hombre que Dios utilizó por ocho años y le devolvió la seguridad al país”. La familia Correa de Andréis recibió el gesto con desazón.

El nombre del docente aparece en un colegio de Ciénaga y una estación de Transmetro, el sistema de transporte masivo de Barranquilla. El nombre de la estación fue escogido por elección popular en el año 2014. Un vitral con el rostro del profesor decora el lugar y está compuesto por más de 700 piezas de cristal cortadas a mano.

En abril del 2016, Melissa salió de su voluntario exilio para venir al lanzamiento del libro ‘Sociología desde el Caribe colombiano. Mirada de un sentipensante’, que reúne textos de su padre. El evento fue realizado en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo).

Los días del profesor Correa de Andréis terminaron; sin embargo, sigue siendo uno de los ciudadanos más admirados del Caribe colombiano. Queda el recuerdo de su bondad y de su alegría. La memoria de genio brillante y bondadoso que tanto le dio a la Costa y que con su obra y su ejemplo seguirá ahí por un buen tiempo.

JAIME F. GARCÍA GÓMEZ
Para EL TIEMPO

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