El rezago de un instinto amoroso

El rezago de un instinto amoroso

 Reflexiones de una filosofa sobre las herramientas de conservación de los padres hacia los hijos.

maltrato infantil

Hoy en día, no es mucha la diferencia con el maltrato de los infantes, si se compara con métodos registrados de otras épocas de la humanidad.

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Archivo EL TIEMPO

17 de diciembre 2017 , 12:57 p.m.

La capacidad de pensar alcanzada a través de la evolución darwiniana le concedió al ser humano un estatus de privilegio sobre todas las demás criaturas de la Tierra llevándolo a mirar con desdén al resto de las especies, hasta el extremo, que muchas de ellas se encuentran en peligro de extinción por obra suya.

Sin embargo, hay una característica salvaje de los animales irracionales que el homo sapiens, orgulloso, cree compartir con ellos porque, en este caso, le habla bien de sí mismo: el instinto de protección hacia las crías. Pero, eso, en los humanos no es cierto.

Estamos convencidos que además de la capacidad de razonar la evolución también nos honró haciéndonos circular por las venas el impulso amoroso hacia nuestros hijos para criarlos y defenderlos como tigres, ser abnegados como los pingüinos o comprometidos socialmente como los elefantes.

La mayoría de los animales irracionales han protegido a sus hijos de manera inalterable desde su surgimiento en el planeta hasta el presente con un instinto genéticamente perfecto; así, no somos los seres humanos.

Desprendidos y perdidos de la naturaleza hemos dado tumbos a diestra y siniestra como ciegos para cuidar a nuestra descendencia sin saber cómo organizarnos para convivir en la pradera.

La historia de las relaciones humanas entre padres e hijos es la narración del horror sufrido por criaturas indefensas que en la Antigüedad eran sacrificados por sus progenitores como ofrenda a los dioses; lanzados a los despeñaderos, abandonados en los bosques por indeseados; dormidos con opiáceos o licor para acallar el llanto; vendidos para ser esclavos; entregados a nodrizas que asesinaban a sus propios hijos para amamantar a los ajenos a cambio de un estipendio.

En Grecia y Roma, los mancebos eran objetos de complacencia sexual de los hombres en los burdeles, muchos eran castrados para utilizar sus testículos con fines mágicos o porque así producían mayor placer.

En la Edad Media, eran asesinados por ser ilegítimos, inmovilizados con fajas desde los hombros hasta los pies, amarrados a sillas para evitar que gatearan, deformados sus cuerpos, vueltos cojos, mancos, tuertos para utilizarlos como mendigos; los maestros empleaban látigos, palas, varas para controlar a los alumnos haciéndolos sangrar para que siempre recordaran la falta.

Sólo hasta el Renacimiento empezó a declinar el castigo corporal, pero en su lugar emergió la tortura sicológica.

Los niños eran encerrados en cuartos oscuros, aislados y olvidados por horas y días sin alimentación; amenazados con ser vendidos; asustados con historias terroríficas de diablos y brujas, lo que producía en los niños enormes pesadillas, alucinaciones, hasta ataques convulsivos.

Discusiones eternas

La Revolución Industrial, los sometió a largas horas de trabajo por ser mano de obra barata cercenándoseles el estudio, el juego, el esparcimiento a cambio de enfermar y morir bajo la explotación de las factorías.

Hoy en día, no es mucha la diferencia con el maltrato de los infantes.

La controversia mediática alrededor de la exhibición de los senos de una mujer para dar paso a la alimentación natural de su criatura; la politización de la adopción por parejas del mismo sexo; las cifras de menores víctimas de abuso sexual y laboral; los muertos por física hambre debido a la corrupción; los secuestrados para adoctrinamiento político y militar demuestran que las relaciones paterno filiales y su concomitante social, la relación adulto-niño, no son instintivas, no poseemos el ADN amoroso perfecto de casi todos los animales irracionales.

La naturaleza, como aliciente, nos dotó de la empatía, que es la participación de corazón a corazón por lo que vive un individuo ajeno a nosotros, la que permite que evolucionen las relaciones entre padres e hijos y entre los congéneres; es la conexión silenciosa, la sintonía natural, la afinidad sin explicaciones que motiva una acción en beneficio de ese otro ser.

Es por ella que la memoria emocional de primitivas ansiedades y angustias de la propia infancia puede facilitarles a los padres comprender las que ahora viven los hijos, evitando repetir con la descendencia los padecimientos secretos del pasado, elevando la calidad de la crianza.

Es aquí donde la evolución darwiniana le encomienda a la razón una de sus mayores funciones: acompañar a la empatía en los procesos de comprensión de la debilidad humana.

Porque juntos, razón y sentimiento, convocarán a los protagonistas de nuestra íntima novela para rememorar los hechos, los diálogos, las imágenes, la risa, el llanto develando la verdad o la mentira de quienes nos amaron o nos hicieron sufrir para, luego, realizar un inventario de todas las experiencias y en conjunto otorgarles un significado que pasará por esa maravillosa cualidad que es la reflexión, adentrarse con el pensamiento una y otra vez en lo vivido; con ello, es posible rectificar nuestro proceder ante criaturas indefensas como en el ayer lo fuimos nosotros.

Sin la conexión compasiva, algunos adultos, pueden obstruir el avance de la calidad del amor al desconocerles a los hijos los límites de su inmadurez física y emocional, su independencia como individuos, al utilizarlos como medios para conseguir fines personales, al volverlos protagonistas de historias ajenas, espejos de vanidades, recipientes de frustraciones, sustitutos de otras personas, vehículos de expansión ideológica anulándoles la formación de sentimientos e ideas de las cosas según sus propias experiencias.

Podrán ser, por lo tanto, personas invadidas de malas experiencias tempranas, afectivamente atrofiados, carentes de generosidad, desconocedores del altruismo, con una visión del mundo en parte enajenada, menoscabados en la capacidad de análisis o sumidos en una profunda anarquía manteniendo un círculo vicioso de infelicidad.

Y siguen sufriendo

El haber supuesto que por genética protegeríamos a los hijos como lo hacen la mayoría de los animales irracionales y el desconocer la influencia emocional que tiene una generación sobre otra en la conformación de una sociedad ha ocasionado un sufrimiento milenario en la población infantil -que con el tiempo formará nuevas familias y ocupará puestos de poder político- y un rezago en las relaciones paterno filiales pues, mientras avanza la alucinante neuro-robótica, el cultivo de células madre o la exploración del espacio exterior, aún persisten en diversas regiones del mundo un trato inhumano hacia el niño con un enorme parecido a los infringidos en la Antigüedad.

Providencialmente, siempre han existido personas defensoras de la niñez, de la educación de los afectos, para que la inteligencia motivada por la empatía antes de acabar con las otras especies, de buscar el dinero de forma obsesionada o, de crear maneras de aniquilarnos, se encargue de suplir de la mejor forma y por encima de cualquier otro aspecto cultural, la carencia de un instinto amoroso.

La actitud racional bienhechora de los adultos sobre los niños, como un gen social, es la que trasmite el comportamiento amoroso sobre la estirpe humana, la que hace afectuosa a la humanidad, no lo biológico porque, no poseemos la perfección genética de los elefantes.

Lucero Martínez Kasab
Especial para EL TIEMPO
luceromartinezkasab@hotmail.com
Barranquilla

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