Conquistando la felicidad, según la realidad interpretada

Conquistando la felicidad, según la realidad interpretada

Análisis de cómo los barranquilleros construyen ese estado emocional, sobretodo en carnaval.

Congo

Colombia, según el ranquin WinGallup Internacional de la felicidad por países, es el segundo con mayor incremento de ese estado en el mundo.

Foto:

Oscar Berrocal / EL TIEMPO

05 de febrero 2018 , 01:06 p.m.

Así nos la pasamos los barranquilleros detrás de un hecho ridículo para burlarnos, de una frase mal pronunciada para reírnos o del logro de un gran esfuerzo para soltar la carcajada y en general los colombianos, según el ranking WinGallup Internacional de la felicidad por países, donde somos los segundos en el mundo después de las hermosas Islas Fiyi del Pacífico Sur; comprensible primer lugar porque no tienen vecinos continentales, poseen exuberante vegetación, frutos del mar y de la tierra, la calma de los asiáticos, menos de un millón de habitantes, aun cuando no escapan tampoco de la rapacidad política que atenta contra la economía de ese paraíso.

La felicidad es un concepto histórico que cada Estado la delinea a su acomodo. Para el cubano, la libertad, no hace parte de la felicidad porque hay educación y salud gratis; para el gobierno venezolano, como están las cosas, pareciera que la comida no hiciera parte de la alegría porque tienen en proceso una gran revolución; para los norteamericanos, la felicidad no está en ayudar a los demás porque para eso el capitalismo, supuestamente, permite que cada uno se baste a sí mismo; así, Barranquilla, como cultura, tiene su propia idea de la felicidad, aunque a algunos nos parezca descabellada.

La Arenosa, poética, no busca la felicidad en imaginarse y construir una sociedad –como lo hizo la Francia de la Revolución de 1789- donde haya menos vendedores ambulantes de tinto que al esparcir el aroma del café en las madrugadas llevan por las calles solitarias una historia triste de rebusque, igual que los ayudantes prestos de los parqueaderos, los limpiadores de vidrios de los carros, los “telecom” de cada esquina o los matutinos preparadores de jugos de naranja de los parques; un submundo de oficios mimetizados entre supermercados y lujosas casas con garajes dobles, adornadas con exóticas orquídeas y señoras recientemente rubias dentro de sus camionetas mal estacionadas con la infaltable trifulca por celular.

Ellos, los que sostienen la bonhomía de la ciudad no conquistan la felicidad día tras día para las nuevas generaciones recurriendo a la conciencia política de no vender el voto, ni los que pagan por el voto la buscan en la paz de la conciencia tras las elecciones que los perpetúan como sembradores de miseria dentro de la gente. Ambas partes se complementan como si fuera un mandato divino donde el pueblo niega la tristeza de verse sometido, porque la presiente eterna, optando por creerse la alegría que el oportunista político le fabrica mientras éste se convence a sí mismo de su falsa generosidad.

La política en Barranquilla sabe bien que la gente que los elige finge desconocer que esa tristeza oculta viene de la mano de los candidatos que le compran el voto y, que la tragedia de llegar a la casa con solo unos pesos después de horas al sol vendiendo dulces, es una condición que se puede subvertir. Fatídicamente, el hambre acosando a los hijos impide una decisión más allá de unos cuantos días.

En el engranaje de la polis, de la ciudad, hace tiempo que la felicidad o la tristeza de los habitantes se salió del ámbito individual para pasar a manos de los dirigentes que van concretando las condiciones de vida, los salarios, las oportunidades que deberían estar al servicio de la expansión del pueblo y, así, que las fiestas sean per se y no un telón de engaño. Aquí, aún creemos que la felicidad es cosa de cada persona. Falta mucho por aprenderles a los líderes de ciertas tribus nativas que, obedeciendo los deseos de sus gentes, administran para entregar alegría cotidiana a la comunidad.

Barranquilla, persigue la felicidad en todo aquello que se desprende del Carnaval: la exaltación emocional previa a la Batalla de Flores, el deseo satisfecho de ser visto enharinado bailando por la vía 40, la desaparición de un propósito personal, los cuerpos enlazados uno con otro, la obscenidad superlativa, la ganancia ocasional por el alquiler de las sillas, la succión del dinero de quien lo pide prestado al interés para parrandeárselo en tres efímeras noches.

Hemos olvidado que existe la felicidad de no tener acreedores, de no ser envidia de nadie, de no ser desleales. Tal vez, necesitamos el aturdimiento para no percatarnos de la concepción pesimista de que existimos para morir, por eso, no pensamos en el mañana, agotamos el presente, vendemos el voto -la luz de una promesa- y cuando nos preguntan que, si somos felices, decimos que sí, mecánicamente, respondiendo desde el deseo de un optimismo porque en lo profundo de nuestra alma sabemos que la sociedad que habitamos nos mantiene en una conquista de la felicidad que nunca llega, condenándonos a ser en cada carnaval prisioneros de la esperanza.

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