Desmovilizados y víctimas bailan juntos en el Carnaval de Barranquilla

Desmovilizados y víctimas bailan juntos en el Carnaval de Barranquilla

Pese a sus duras historias de vida, ahora comparten en la comparsa que 'sí se baila la paz'.

Carnaval de Barranquilla

Carnaval de Barranquilla

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27 de febrero 2017 , 07:16 p.m.

Para nada le sirvieron a Jenifer Ortiz Jiménez los gritos que dio la noche del 19 de diciembre de 1994, cuando Barranquilla preparaba el Carnaval que tuvo como reina a Katia Nule. Con ráfagas de plomo y gritos humillantes decenas de paramilitares anunciaron su presencia en la vereda La Estrella, jurisdicción de Chibolo (Magdalena). Tenía 14 años y fue abusada sexualmente por tres hombres; además, presenció cuando hacían lo mismo con su tía Elsa. Luego fue llevada a la selva, donde continuó la tragedia.

En el presente es una madre cabeza de hogar con mirada cálida, que además hizo parte de una de las 183 comparsas de la Gran Parada de tradición del Carnaval 2017. Su agrupación es especial, pues une a víctimas del conflicto y personas en proceso de reintegración, salidas de todos los bandos. Son 40 parejas que comparten coreografía y maneras de descubrir la felicidad. “Recuerdo que en esa noche horrible nos quemaron la casa, nos mataron los animales que teníamos. Me violaron tres hombres y también violaron a mi tía. A mi tío lo asesinaron diciéndole que era un sapo de la guerrilla y mi prima Zuley desapareció”, recordó Gina sin temblor en la voz.

La Agencia Colombiana para la Reintegración y la Unidad de Víctimas se unieron en el escenario de la fiesta currambera y conformaron la comparsa ‘En el Carnaval de Barranquilla sí se baila la paz’. Es la agrupación a la que pertenencen Jenifer y Nelly. También es de Leonardo, quien recorrió los Montes de María como miembro de las AUC y el de Juliana, quien decidió escaparse de las Farc.


(En fotos: La Comparsa por la Paz hizo vibrar al Carnaval de Barranquilla)

El recorrido

Horas después de que la brutalidad desgarrara su infancia, Gina caminó desnuda por la selva junto a su tía y tropas de las AUC. Tras llegar a un campamento fue violada por otros cuatro desconocidos, quienes también la obligaron a buscar leña y cocinar. Perdió la noción del tiempo y nunca le dieron ropa. “Me separaron de mi tía y alcancé a ver a mi prima Zuley, que al principio se salvó por estar fuera de la casa. Dieron la orden de llevarla a otra parte y más nunca se supo de ella. Había cumplido 17 años”.

Sin mayor anhelo que sobrevivir, anduvo desnuda después de ser abandonada en una trocha. Un labriego al que se aferró la cubrió con su camisa y le hizo entender que llevaba más de una semana de penurias. “Hace ocho días se metieron en La Estrella”, le dijo aquel hombre que la ayudó a llegar al hospital de Plato, donde se reencontró con su tía.

Jenifer, quien siempre se ha considerado amante del folclor y la danza en general, salió del Magdalena y se radicó en el barrio El Bosque, corazón del suroccidente de Barranquilla. Arropada por lo que ya dejó de considerar desgracia tuvo muy poco tiempo para bailar. Tres meses llevaba en la capital del Atlántico cuando en un puesto de salud le confirmaron que sus mareos se debían a un embarazo.

Carlos Contreras, el bebé de Jenifer, nació por cesárea en el Hospital Universitario el 15 de septiembre de 1995. Lleva el apellido y el nombre del que se hizo su compañero cuando estaba embarazada. “Él me acogió y no le importaron las circunstancias tan duras que yo tenía. Y admito que al principio no me sentí feliz con el hecho de estar embarazada. Pero las cosas cambiaron cuando mi hijo nació. Entendí que se trataba de un ser inocente y entre muchas dificultades hasta hoy él ha sido mi razón de ser. Pasamos hambre y trabajamos juntos en ventas ambulantes. Ahora estoy orgullosa al ver que estudia y trabaja para ayudarme”, sostuvo.

Mientras Jenifer subsistía vendiendo bolsas de agua junto a su pequeño Carlos, muchos de los que serían sus compañeros de comparsa se sumergían en la vorágine del conflicto. Uno de tantos fue Heber Ramos, quien en Zambrano (Bolívar), decidió abandonar su oficio de pescador para enlistarse en las AUC. El fuego cruzado entre ‘paras’ y las Farc marcaba alba y ocaso en el pueblo. “Podía ir a cualquier grupo y la verdad me decidí por los paramilitares porque noté que pasaban menos tiempo metidos en el monte. Además un primo lejano ya estaba adentro”, reveló.

Tras desmovilizarse en 2005, Heber tuvo curiosidad por el Carnaval de Barranquilla. “Me vine a vivir a esta tierra y un día cualquiera pensé en que me gustaría ser parte de la fiesta. Después entré al programa de reintegración y desde que conformaron la comparsa estoy. Soy el miembro más antiguo y me gozo cada ensayo. He conocido el valor de la amistad y de lo importante que es no buscar imponerse con violencia. Aquí en el grupo mi gran amiga es Juliana, una muchacha que vivió cosas difíciles como guerrillera”, añadió Heber.

Ramos, de 48 años, recuerda que en los primeros tiempos del proceso para reintegrar era complejo unir a exguerrilleros y exparas. “En esta nueva etapa ya los que hemos seguido entendemos que nada justifica matarse. Mi vida ha cambiado. Me siento feliz de no ser violento y de tener dos hijos (de 10 y 8 años) a los que nunca he maltratado”, sentenció.

Los frecuentes ensayos nocturnos en el parque José Martí, situado en el norte de Barranquilla, han contribuido a la formación de lo que varios miembros de la comparsa definen como una “nueva familia”. Chistes y aprender pasos de baile son una constante entre quienes no señalan a otros por lo hecho o lo padecido.

Para ellos, lo más importante del pasado es recordarlo para no repetirlo. El presente tiene el valor de ser un nuevo destino, lleno de un brillo que trasciende más allá del satín de sus disfraces.

“He llorado cuando en plena Vía 40 la gente nos aplaude. La emoción me hace derramar muchas lágrimas porque es fuerte saber que uno antes causaba terror en la gente. Al ver el letrero que anuncia quienes somos aparecen personas que nos felicitan y se toman fotos con nosotros”, aseguró Heber, quien por medio del Sena se formó como panadero.

“Estoy agradecida con la vida sin importar las dificultades que he enfrentado. Salí de mi pueblo cuando los paramilitares mataron a uno de mis primos. Llegué a Cartagena y allá también nos amenazaron, por lo que terminé refugiándome por estos lados. Hoy me siento feliz al ver que mis hijos han estudiado y que he tenido tiempo para perdonar a estas personas”, aseguró Nelly Cortecero, mujer de 48 años que abandonó el pueblo bolivarense de Marialabaja.

En estado carnavalero, Jenifer Ortiz parece no buscar mayores explicaciones para comprender por qué su mamá la dejó bajo la custodia de sus tíos en Chibolo y partió hacia Venezuela. Heber entiende el privilegio de vivir entre tambores al recordar que alias ‘El Guacabo’, aquel primo que lo invitó a tomar un fusil, desapareció entre balas y explosiones. En el mismo grupo figura Leonardo Martínez, quien se fue al monte a cobrar venganza por un tío que murió a manos de las Farc. Ahora dice que solo le interesa impulsar su panadería en Soledad, mientras baila con Nelly, la carismática mulata que se convirtió en estilista y líder comunitaria.

Poco después de ser nombrada como Reina del Carnaval 2017, Stephanie Mendoza Vargas, dijo que sus cuatro días de fiesta le harían “honor a la paz”, siendo así fiel a la génesis de la Batalla de Flores, aquella idea con la que el general Heriberto Vengoechea buscó deshacer las penas dejadas por la Guerra de los Mil Días (1899 - 1902).

Un baile extenso alimentado por vigores de mar y río que conducen hacia un idilio con la vida, no es una ocurrencia surgida de la oralidad. Los miembros de ‘Baila la paz’ demuestran que su realidad pasó a ser en varios aspectos más mágica que cruel. Un ejemplo claro es Jenifer, la misma que al moverse con un ímpetu alimentado por la flauta de millo, olvida que el culatazo de un rifle le dejó un dolor que no se va de su hombro derecho.

Aunque entre festejos la violencia de fondo no se extingue, hoy las realidades del desarme y pocos enfrentamientos marcan un punto inobjetable. La fiesta hace resurgir sin agotamientos lo que parece hiperbólico, ridiculizando así los límites que establece la falta de colorido. No muere el Carnaval, como tampoco el sueño de la paz.

WILHELM GARAVITO MALDONADO
Redactor ADN
BARRANQUILLA

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