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Malabaristas por necesidad se toman los semáforos de Barranquilla

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Un grupo de menores, con poca pericia, trata de ganarse la vida con pobres actos circenses.

Con actitud de experimentado malabarista de circo, Fabio*, de 14 años, aparece cuando la luz cambia a amarillo en el semáforo de una de las vías más concurridas del norte de Barranquilla.

Lo acompaña su inseparable primo Joaquín*, que no lo supera ni en dos primaveras y quien ya sabe que tiene menos de 40 segundos para agacharse y recibirlo sobre sus hombros.

Allí es cuando sus cuerpos tambalean, como pidiendo redoble de tambores, mientras los atónitos conductores proyectan que los menores se estrellarán contra el pavimento, que a las 10:45 de la mañana parece una parrilla para asar carne por cuenta del inclemente sol que azota a La Arenosa.

El acto, que se repite todos los días durante unas cuatro horas seguidas, llega a su punto máximo tres segundos antes de que la luz vuelva a verde, mientras Fabio, todavía en las alturas, consigue tirar al aire tres bolas de colores, con arena en su interior y forradas con gutapercha. Un aplauso se escapa cuando, con el antebrazo, impulsa uno de los balones antes de bajarse para hacer la venía que confunde a uno que otro transeúnte con la idea de que pertenecen a un circo extranjero o provienen de una familia de malabaristas profesionales.

"Más bien seremos pobres profesionales a los que no nos quedó de otra que aprender uno que otro truco para justificar que los conductores nos den la moneda para ganarnos la vida", dice Joaquín, residente del barrio La Paz, en el suroccidente de la ciudad.

La misma escena se repite en por lo menos siete puntos más en el norte barranquillero, junto a modernos edificios, lujosas casas, y concurridas zonas comerciales.

Rapado a los lados de la cabeza con un mechón de cabello que baja por la parte posterior, como emulando a una iguana o corte tipo Neymar (reconocido futbolista brasilero), Kevin*, de 12 años y camisilla roja, bermuda de playa y chancletas desgastadas, decidió dejar de limpiar vidrios en el semáforo junto al parque Esther Forero porque haciendo malabares asegura que gana un poco más.

Por esto, hace nueve meses, el niño se puso a la tarea de aprender trucos circenses que hacían unos antioqueños de gira por Latinoamérica. El menor es consciente de lo poco que les aprendió a verdaderos expertos. Sin embargo, su decisión de hacer malabarismos se mantiene intacta.

"Ellos me enseñaron a tirar las bolas al aire y hacer los mismo con pinos. Sabemos que no somos los mejores, pero la gente prefiere eso a que los atosiguemos limpiándoles los vidrios de los carros. Somos malabaristas por necesidad", subraya.

No se dejan fotografiar para mantener oculta su identidad y en una jornada diaria, de seis horas de trabajo, se reparten las ganancias entre el que carga y el que hace los malabares. Este 'oficio' lo mezclan con la limpieza de los vidrios, pero les toca cambiar de sitio con regularidad para evitar las redadas de la Policía. "Somos los mismos que veníamos al norte a pedir comida y plata a los restaurantes, pero eso se puso muy difícil, por lo que nos tocó darle al 'arte'", comentó Jhonatan*, de 16 años, quien por su estatura de 1,50 metros es el cargador del 'espectáculo'.

Los malabaristas por necesidad coinciden en algo: hay que aprenderles a quienes vienen del interior del país, pues la mayoría sí le ha dedicado su vida al arte y los trucos circenses callejeros.

"Lo que importa es que parezca que hacemos algo y que no somos vagos", concluyen.
*Nombres cambiados

'Los padres son quienes incentivan a que trabajen'

Los malabaristas por necesidad, que son menores de edad, procuran no responder las preguntan que les hacen los conductores y mucho menos que les tomen una fotografía. Ellos saben que varias veces al día tienen que cambiarse de sector para evitar ser detenidos por la Policía de Menores. También con conscientes de que pueden denunciar sus actividades a través de aplicaciones de teléfonos inteligentes como la denominada 'Aquí estoy' que permite que el usuario reporte la zona en la que se encuentra el menor con solo tomar una fotografía y subirla al sistema.

La subteniente Jeymi Vargas, directora (e) del Departamento de Policía de Infancia y Adolescencia, explicó que el principal inconveniente que tienen las autoridades para sacar de las calles a los niños, es la falta de conciencia de los padres que, en la mayoría de los casos, son quienes incentivan que salgan a trabajar. "También es una piedra para nosotros que la gente les dé plata en los semáforos", concluyó.

Andrés Artuz Fernández
Redactor de EL TIEMPO
Barranquilla

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