Estación de San José, 134 días después de una ‘visita’ inesperada

Estación de San José, 134 días después de una ‘visita’ inesperada

El ejercicio de un joven estudiante de Comunicación Social de Uninorte recuerda momentos.

Estación de policía de San José

Luego del ataque con explosivos a la estación de policía de San José, vecinos del sector les rindieron un homenaje a los cinco policías muertos.

Foto:

Vanexa Romero / EL TIEMPO

09 de junio 2018 , 03:10 p.m.

La bomba estalló a las 6:40 de la mañana. Minutos antes de la explosión, ninguno sabía nada. Ni la Policía, ni los vecinos del barrio San José, suroriente de Barranquilla. Hasta que un fuerte impacto sucumbió sus sentidos, y azarosos corrieron a ver qué había pasado.

Minutos antes del estallido, más o menos a las seis y media, Reynaldo Goenaga y su esposa, Zuleima del Valle, bajaban del segundo piso de su vivienda, en el barrio, a prepararse para trabajar, ya que en el primer piso está la tienda, llamada ‘El Oasis’, justo al frente de la Estación de Policía de San José.

Las rejas que están en la terraza estaban con candado y las esteras de la tienda cerradas. Adentro, Zuleima barría, y Reynaldo conectaba los enfriadores.
En otras casas, al lado de la estación, sus ocupantes también vivían su propio drama. En una ellas, Alejandro Beltrán y Jimera Guerrero, de 66 y 65 años respectivamente, solos porque sus hijos se han ido a vivir a otras partes.

Minutos antes de la catástrofe, Beltrán degustaba un tinto caliente recién hecho, junto a su esposa, escuchando el noticiero de la mañana de Emisora Atlántico, como es su costumbre todos los sábados.

Agentes que estaban afuera de la estación agarraron al que sería la primera captura por el atentado, la de Cristian Camilo Bellón Galindo, que caminaba por la cuadra como si nada hubiese pasado


Ellos estaban en el patio de su casa. La noche anterior se habían acostado temprano y todo parecía cotidiano.

En el momento del estallido, Goenaga, el tendero, sintió el fuerte bombazo, y de una se asomó a la terraza a ver qué había pasado. Vio policías corriendo para todos lados; él no supo qué hacer y sus brazos comenzaron a temblarle sin control. No pudo salir, ya que años antes, cuando caminaba por el barrio con su esposa, unos tipos le propinaron varios disparos en la espalda; después, los sujetos se dieron cuenta que habían atentado contra la persona equivocada y huyeron. Él ha logrado recuperar movilidad, aunque con dificultad, gracias a las terapias.

Mujer valerosa

Zuleima, esposa de Reynaldo, si se animó a salir. Cuenta que lo primero que sintió fue arena caer del cielo, caminó hacia la estación, entró, y vio la más espantosa escena de su vida: en el suelo yacían 5 policías muertos, muchos heridos y algunos amputados.
La tienda El Oasis no estaba, precisamente, cubierta de manantiales y vegetación, sino de fuego, cenizas y sangre.

Tranquilidad entorpecida

En el momento del estruendo, Alejandro y Jimera interrumpieron el tinto que tomaban.

Al llegar a la sala de la casa, vieron humo adentro. Él le dijo a su esposa que se devolviera al patio, y no se moviera por nada del mundo. Pensaron que el explosivo había sido puesto en la puerta de su vivienda.

Aun con temor el hombre decidió asomarse. Cuenta que vio como unos agentes que estaban afuera de la estación procedieron a agarrar al que sería la primera captura por el atentado, la de Cristian Camilo Bellón Galindo, que caminaba por la cuadra como si nada hubiese pasado, después, él sería el señalado por la Policía de activar el artefacto.

Aseguró que lo había visto desde hace quince días durmiendo en el parque al lado de la estación, pero que todos los vecinos pensaban que era un indigente.

Instantes después de la detonación, Reynaldo y Zuleima se resguardaron en su vivienda. Ella no pudo contener el llanto, pese a las expresiones de consuelo de su esposo, mientras en las afueras de la tienda, perros antiexplosivos buscaban y descartaban algún peligro para los residentes de la zona.

Mientras, Alejandro y su esposa Jimera solo pensaban en comunicarse con sus dos hijos y hacerles saber que estaban bien, ya que la Policía cerró la calle de lado y lado para no permitir el ingreso de nadie. Ese día no los pudieron ver.

Jimera temblaba. El helicóptero de la Policía ‘estacionado’ en el aires, fijamente, arriba de la estación policial y de su vivienda tan cercana le generaba pánico. Para ella era muestra de peligro; decía que temía que el helicóptero de repente cayera al suelo.

Días posteriores

Los días después del atentado fueron los más difíciles. Los residentes cercanos a la estación del barrio San José cuentan que las calles se veían desoladas, que se sentían mucha nostalgia, que por las noches no se veía ni un alma, ni siquiera los gritos de los jóvenes que jugaban todas las noches en la cancha de fútbol vecina.

Ahora, 134 días después, en la memoria de los vecinos solo permanecen aquellos gritos, ruidos de sirenas, los rostros de los caídos y el estruendo del helicóptero que cada vez que pasa les pone los pelos de punta.

Y es que para ellos, vecinos de toda la vida de tener a la Policía cerca era un sinónimo de seguridad, ahora algunos hasta vacilan en salir por la noche, por miedo de que algo pueda pasarles…

Javier Franco Cabrera
Especial para EL TIEMPO
Barranquilla

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