Foto: Guillermo Herrera-ELTIEMPO
Este 20 de julio, la familia del ex gobernador del Meta clamará por su libertad
Para sobrevivir al cautiverio y alegrar a los demás secuestrados se inventa juegos y bromas; escucha los partidos de Millonarios y crea sudokus.
"Levántense, a jugar bridge (cartas) en la selva", les dice con frecuencia a los compañeros de cautiverio, mientras pasa por sus cambuches moviéndolos, para no dejarlos deprimir cuando todo está en contra.
Es su estrategia, según las personas liberadas que han estado con él, para mantener la mente ocupada y no dejar que el tiempo se lo trague, lo amilane.
Se despierta a las 5 a.m. a escuchar los mensajes que les envían por radio, desayuna y camina encadenado al cuello, con un diccionario a la mano de inglés, idioma que se está aprendiendo por completo.
Luego se transforma en el profesor y les enseña inglés y ruso a militares y policías en su escuela improvisada.
"Cuando escuchábamos por radio que acá (en la libertad) terminaba la época estudiantil, le pedíamos vacaciones", cuenta Consuelo González, que lo peluqueaba y le cosía si la sudadera le quedaba muy larga o si necesitaba una chaqueta para evitar los zancudos, que tanto odia.
El arma del humor
Desde que las Farc lo bajaron de un carro de las Naciones Unidas, en julio del 2001, Alan Jara ha usado el humor como respuesta a la crueldad del cautiverio.
"Un día, en un río, cogió una de esas canecas de gasolina y se montó a navegar con las manos, todo pequeñito y montado ahí, para que nos riéramos", cuenta el teniente Vaney Rodríguez, que hoy es muy amigo de su hijo.
Ni siquiera toma en serio las hostilidades de los guerrilleros cuando lo desafían por si intenta huir. "Si me vuelo, es para ir a la rancha (almacén de las Farc), pero a traerme toda la comida", dice.
Escuchando a Millonarios
El día que Jara llegó a la primera 'cárcel', recibió un golpe pesado: a media noche el capitán William Donato le cayó encima con todo y hamaca.
Hoy, es de sus mejores amigos. Con él es con quien comparte las tardes de domingo pegado a un radio oyendo jugar a Millonarios. Cuando su equipo pierde en todo el campamento hay silencios. Y cuando Millos gana, no cabe en la ropa de la alegría. Lo que puede hacer un gol entre tanta barbaridad.
Con Consuelo, en lugar del fútbol, compartió un descubrimiento: el sudoku.
Un día les llegó una revista y se enfrentaron por primera vez a ese pasatiempo, que no sabían que existía. "Miró y a la media hora supo cómo hacerlo. Ahí empezó a inventarse sudokus propios".
A los más de 16 juegos de cartas que se sabe, el diablito, 51 o corazones, entre otros, el ex gobernador añadió uno para noches largas y sin sueño. Cuando se cansaban de analizar el acuerdo humanitario o de hablar de Napoleón y otros personajes, jugaban a los adjetivos. "De La Habana viene un barco cargado de: amables, bonitos..." hasta que el agotamiento le ganaba a la memoria.
Una vez hizo un mapa de Europa para estudiar y ahora, dicen algunos liberados, anda embarcado en hacer un listado de países y capitales del mundo.
Tristezas y enfermedades
Para los liberados, de no ser por Alan Jara, su cautiverio habría sido más vil de lo que fue. A él, que los motivaba a pesar de su tristeza, lo hacía decaer la angustia de no poder acompañar el crecimiento de su hijo o de que su esposa se quedara sin trabajo o se sintiera muy sola.
"Hola, compañero. No te imaginas cuánto te extraño y adoro. Lo más duro de este larguísimo secuestro no son las cadenas ni las dificultades, sino no estar contigo y con tu mamá", le escribió a su hijo.
También, muchos vieron llorar al hombre que siempre los consoló el día que por radio escuchó que se oficiaba una misa por doña Georgina, su madre, quien había fallecido. Y una de las dos veces sufrió paludismo cerebral y, según Jorge Eduardo Géchem, estuvo inconsciente.
Jara padece hoy, según sus ex compañeros, de una masa en la garganta por lo que se le dificulta comer. Por eso la huelga de alverjas que intentó hacer cuando se cansó de comerlas tuvo repercusión en su familia. Claudia investigó con médicos cubanos que le recomendaron que hiciera por todos los medios que las comiera.
"Por radio ella le explicó las bondades de las alverjas y la tiene que querer mucho porque ahí mismo le hizo caso", dice Orlando Beltrán, quien le dejó las gafas cuando lo liberaron porque Jara también está perdiendo la visión.
Partidas pendientes
Al ex gobernador le gusta apostar. Y las apuestas que ha hecho en la selva son una forma de pensar en su libertad: quiere pagarlas o que se las paguen afuera.
Con su hijo Alan Felipe tiene una, aunque ya le mandó a decir que se está quitando porque va a perder. Consiste en un juego de tenis de mesa para probar lo que aprendió el muchacho y demostrarle que el papá sabe más. "Si yo gano, le puedo decir viejo", dice Alan Felipe.
Las otras son etílicas. Con Vianey Rodríguez apostó una caja de whisky a quién salía primero. Y con Géchem, el último civil que lo acompañó, tiene una partida de ajedrez pendiente para una botella de Buchanan's.
Otra de las cosas que están congeladas hasta que Jara pueda salir es arreglar el reloj o comprar otro y poder empezar un tiempo nuevo con su familia.
'No podemos cansarnos, ni desfallecer'
Hay días en que no quieren salir, no ver a nadie en el colegio o el trabajo, y simplemente estar en silencio. Han pasado muchos días así durante siete años para Claudia Rujeles y Alan Felipe Jara. Pero no se han dejado tumbar porque "si Alan en la selva tiene energía, nosotros no podemos cansarnos ni desfallecer'.
Confiesan estar desgastados. A Alan se le nota en sus respuestas cortas. Ha contado la historia de su papá tantas veces y aún no lo tiene cerca. Para ninguno ha sido fácil.
"Todavía recuerdo cuando le contamos que su papá estaba secuestrado. No usamos la palabra pero él entendió. Me parece verlo aquí helado y sudando", cuenta ella, que ahora sabe que Jara tiene una foto suya recortada que encontraron en un periódico que llegó una vez a la selva.
Para él ha sido de altibajos. Una vez fue a practicar tenis de mesa y vio una foto grande de su papá. No volvió a jugar en 4 años, pero ya lo ha retomado porque quiere que su papá vea lo que ha aprendido.
El colegio nunca lo ha dejado y ya está en bachillerato. "Han sido comprensivos", dice Alan Felipe, que tiene una manilla hecha por su papá, traída por uno de los liberados.
"En cierta forma, el secuestro congela la vida de las familias pero lo que uno hace de manera responsable es tratar de que la vida de los hijos siga", dice.
Desde el cautiverio Alan Jara le ha recomendado a su hijo libros y autores que considera claves para su vida. Le ha pedido que lea El viejo y el mar; La peste, de Albert Camus, y Ética para Amador, de Fernando Savater, entre muchos. El muchacho ya ha leído cuatro.
Claudia se ha apoyado en las esposas de otros secuestrados con quienes tienen una red de trabajo y reparte su tiempo entre la Consejería de Paz del Meta, su hijo y los esfuerzos por la liberación de su esposo.
Le está haciendo un diario. En él ha detenido momentos familiares, nacionales y hasta impresiones personales para compartirlas cuando vuelva y pueda actualizarse. "Le voy a preguntar si quiere leerlo, pero si no quiere, lo quemo".
También quiere saber si aprendió a bailar porque supo que en una oportunidad el sargento Carlos José Duarte (aún secuestrado) le dio clases de joropo y cuenta que le duele mucho saber que a Alan lo encadenan a un árbol. Para ella, todo lo que han ganado los secuestrados en la selva con la presencia de Alan, sus juegos, sus historias, su conocimiento, se lo está perdiendo su hijo.
"Ellos han tenido la dicha de tenerlo y en cada uno veo enseñanzas que le quiere dar a nuestro hijo. Cuando vuelva pasaremos la hoja, pero es tiempo irrecuperable".
Historia de su cautiverio
Secuestrado el 15 de julio del 2001 en Lejanías (Meta).
Fue llevado a un campamento de militares y policías (donde son enjaulados). Allí llegan Orlando Beltrán y Consuelo González.
En febrero del 2002 llegaron cartas de Jara y su reloj.
Marzo de 2002. Llegaron Gloria Polanco y Jorge Eduardo Géchem al campamento. Y luego Clara Rojas e Íngrid Betancourt.
El 15 de julio del 2002. Muere Georgina Urzola, madre de Jara. Él supo la noticia por la radio.
Sin trasladarlos, separan a civiles de militares. Se hablan por un hueco en el baño. Jara se queda con militares y les da clases.
Los llevan a un campamento que Jara bautiza 'Tabla y media' porque ese era el espacio que tenía cada secuestrado para dormir.
En el 2003 llega otra prueba. En el 2004 comienza la marcha 'de la muerte', dirigida por 'Martín Sombra', en la que se enferman y los dividen en grupos de 10.
Queda con Polanco, Géchem, Beltrán, Mendieta, Delgado, Murillo, Donato, Clara Rojas y C. González. Ellas salen en enero del 2008, con pruebas de vida de él.
En febrero salen Géchem, Polanco, Beltrán y Luis Eladio. Alan Jara queda junto con los uniformados.
CATALINA OQUENDO B.
ENVIADA ESPECIAL DE EL TIEMPO
VILLAVICENCIO
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