Había una vez un hombre sin cabeza

Había una vez un hombre sin cabeza

El escritor barranquillero John Better narra cómo de niño se debatía con las carnestolendas.

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Carnestolendas

Foto:

CEET

15 de febrero 2017 , 09:14 p.m.

El primer recuerdo que tengo del Carnaval es el siguiente: mi madre embarazada yace sentada en la terraza de la casa. La acompañan mis tías y una vecina. Todas lucen maquillaje alborotado y vestuario inverosímil. Por ejemplo, una de las tías tiene un short de jean, debajo una licra verde de tono fosforescente y tenis de colores distintos. La vecina exhibe un par de moñas al estilo de la Chilindrina y un mameluco salmón. Mi madre tiene una camisa de hombre, pantalón en animal print y unos zapatos 'chicharrones' blancos.

Tengo 5 años y todo esto me excita. La conversación gira en torno a los maridos, la situación financiera y cierta mujer con poderes psíquicos que vive muy cerca del barrio.

Las calles son un desfile de personajes que nunca había visto: gorilas de gigantescas cabezas que asaltan las terrazas pidiendo a cambio de sus monerías algo de dinero o un generoso vaso de Ron Blanco. Me oculto tras la ventana de la casa ante el acecho de aquella jauría carnavalera: tigres flameantes, marimondas, hombres vestidos con atuendos femeninos llevando una muñeca en brazos, toros de cuernos encintados...

—Ahí viene el viejo Martin –dice mi madre.

—Sírvele un trago –sugiere la vecina.

Martin era un hombre del color del cuero y como el cuero olía. Tenía por entonces unos ochenta y pico de años. Era un Congo, llevaba años saliendo con su disfraz, según supe tiempo después. El nombre del atuendo se deriva de una danza de guerreros africanos de la región del Congo. Al llegar a nuestras tierras el disfraz fue modificado. El del viejo Martin era una camisa y pantalón ajado; la brillantez del satín había desaparecido, al igual que la de las flores de su tocado, que más bien parecían sacadas de una marchita corona funeraria. Su rostro estaba cubierto por una pintura blanca que resquebrajaba sus arrugas, unas gafas de espejuelos verdes y unas bolas de colorete rojo que le daban a su semblante la apariencia de un hombre que siempre llega tarde a una fiesta.

—¡Baila, Martin! –dijo mamá.

Al fondo, los pickups sonaban cumbias, puyas y bullerengues. Una mezcolanza de ritmos que se fusionaban en una abstracta melodía que ponía a zumbar el cuerpo. Martin arrastró sus pies bailando al compás de su machete de madera, que acercaba por momentos a las gargantas de las mujeres. Tambaleando, se esfumó en una nube de maicena que los vecinos de la cuadra lanzaban al aire mientras danzaban como poseídos.

*

No entendía bien qué sucedía, en esa ocasión ignoraba qué era el Carnaval de Barranquilla y por qué producía tal desdoblamiento en quienes lo celebraban. Era solo un espectador asustadizo de cada cosa que mis ojos iban descubriendo; me debatía entre la fascinación y el terror. De repente en plena calle hizo su aparición uno de los personajes carnavaleros que más miedo me produjeron durante mi niñez: el hombre sin cabeza.

—Cálmate, es solo un disfrazado.

Y aunque una de mis tías trató de tranquilizarme fue inevitable entrar en shock. Yo solo veía una cabeza cortada colgando de la mano de su dueño. La expresión de su rostro era atroz; su cuerpo se tambaleaba amenazando con caernos encima. Todos reían, excepto yo, que gritaba como un paranoico.

—¡Mira, mira! Es un señor con disfraz, me dijo mi madre mientras señalaba una ventanita a la altura del cuello del decapitado, por donde se adivinaban dos ojillos. Aquella cosa se acercó y una voz salió de su interior: “No te asustes, nene”. El consuelo fue peor; tuvieron que llevarme hasta el cuarto y darme un vaso de agua de azúcar para apaciguar mis nervios.

*

Los años pasaron. Formé parte oficial del Carnaval a mis 9 años, cuando me disfrazaron de cumbiamberito. Aunque nunca me ha acompañado el ritmo, hacía lo posible en esas inolvidables fiestas en la calle 12 con carrera 27 del barrio Las Nieves de Barranquilla. A los 15 fui a una verbena, una especie de salón de baile encerrado por paredes de latas o palmeras de coco. Los hombres pagábamos 500 pesos y las mujeres un kiss para poder entrar a bailar las canciones más rompehuesos del Carnaval: Alicia la flaca, Coroncoro, todas las de Dolcey Gutiérrez... Sacudir el esqueleto era la norma. Ser otro por cuatro días era la ley.

Hoy, a mis 38 años, debo confesar que ya no soy tan fan del Carnaval. No sé si la nostalgia de que toda carnestolenda del pasado fue mejor no me permite verle el encanto. Lo cierto es que poco queda de aquellos recuerdos, los disfraces son ahora una marca registrada, marionetas postales para el encanto del turista. Desfiles donde la publicidad es el disfraz que el consumismo exhibe con todas sus tenazas. Una fiesta de cierta exclusividad. Aunque cada quien hace su propio carnaval, y afortunadamente lo que sobra en esta ciudad de amores y odios son bordillos para sentarnos y ponernos la máscara de una fiesta que ojalá nunca tenga fin.

JOHN BETTER

Para CARRUSEL

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