El argentino que dejó su trabajo para vivir viajando

El argentino que dejó su trabajo para vivir viajando

Juan Olano narra cómo ha visitado 50 países desde hace seis años. 

Juan Olano

"Sea humilde", "deje que su niño interior lo guíe" y "no tenga miedo" son los mantras de Juan Olano. En la foto: escalando el monte Huá Shan, en China (2014).

Foto:

Archivo particular

01 de junio 2017 , 10:53 a.m.

Mi primer gran viaje lo hice en el vientre de mi madre en alguna playa del sur de Brasil, allá por diciembre de 1980. Sin saber que estaba embarazada recorrió conmigo los casi 3.000 kilómetros de vuelta a 9 de Julio, una pequeña ciudad rural ubicada a tres horas al oeste de la ciudad de Buenos Aires.

Nueve meses más tarde hice el segundo. Nací en la Capital Federal un 3 de agosto bajo el signo Leo. Pasé mis primeras 72 horas en el barrio de Recoleta y tras el alta médica, retornamos al pueblo.

El tercer gran viaje lo inicié hace unos seis años ya, cuando decidí hacer un cambio rotundo de vida: renunciar a mi trabajo y tomarme un año sabático. Desde entonces vivo viajando. ¿O viajo para vivir?

Usted se preguntará que cómo lo hago. Pues déjeme contarle…

Ahora que lo pienso, me he pasado la vida viajando. Por la ocupación de mi padre (ingeniero agrónomo) y una extensa familia desperdigada por todo el país era frecuente para mí que viajáramos a provincias bastante alejadas de la capital porteña. Visitábamos tíos en la Patagonia argentina, recorríamos el sur de Chile o llegábamos hasta Salta, en el norte, en la frontera con Bolivia. Todas las excursiones eran por tierra, con mis padres al volante.

Recién cumplidos los 18 años, una vez terminada la secundaria y tras un paseo de egresados a Cancún y unas minivacaciones familiares en Cuba, volé directamente a Brasil para encontrarme con mis amigos para nuestro primer viaje juntos fuera de Argentina. Aquello tuvo algo de mágico y al regresar me sentí confundido. Había conocido realidades diferentes y la idea de empezar una carrera universitaria no me convencía del todo. Lo que yo quería era viajar.

Juan Olano.

Adelaida, Australia (2012).

Foto:

Juan Olano y archivo particular

Juan Olano.

Tulum, México (2016).

Foto:

Juan Olano y archivo particular

Juan Olano.

Great Ocean Road, Australia (2016).

Foto:

Juan Olano y archivo particular

En aquella ocasión no me hice caso y en contra de mi voluntad me inscribí en Administración de Empresas. No duré ni un semestre. Comencé a trabajar con mi padre para juntar un poco de dinero y me inscribí en algo más afín conmigo: Periodismo Deportivo. Cursé la carrera sin problemas. Y para celebrar el título obtenido, agarré la mochila y junto con mi amigo Julián emprendí el primer gran viaje de mochileros recorriendo el norte argentino, Bolivia, Perú y Brasil.

Ningún viaje había sido parecido a aquel. Sin mucho presupuesto, nos lanzamos a la ruta. No teníamos un plan determinado. La magia del camino y las personas con las que nos cruzamos nos dejaron lecciones muy profundas que nos marcarían para siempre: no todo lo podemos programar. Hay que aprender a vivir con y del error. Uno debe moverse por el camino con humildad y respeto por el prójimo y su cultura. No tenemos la verdad absoluta. El buen karma existe y es necesario predicarlo. Las buenas acciones que uno hace ciertamente vuelven.

Una parte de mí nunca regresó de aquella correría. Se quedó perdida por allí, pegada a los mágicos atardeceres en el Salar de Uyuni; otro poco de mí permaneció en las alturas del Machu Picchu; otro tanto navegando las extensas aguas del Amazonas o, ¿quién sabe?, tal vez bailoteando en los Carnavales del nordeste brasileño.

Mi otra parte retornó conmigo y se puso a buscar –no muy convencido– un trabajo estable, un ingreso fijo y un ‘reencarrilamiento’. Lo encontré como ejecutivo de cuentas en una empresa de logística internacional. Los primeros tiempos fueron los más emocionantes. Me metí de lleno en el mundo del transporte internacional vendiendo servicios de importación y exportación de mercaderías. Mientras, viajaba imaginariamente a diario junto con aquellas cargas hasta su destino final.

Y esto es lo interesante (de viajar). Cambiar. Aprender nuevas labores y tareas. Trabajar, pero también jugar a ser otro. Perdiendo la vergüenza todo es más divertido y se puede llegar lejos.

Por entonces, la única que volaba libre era mi mente. Yo me trasladaba cada mañana ‘ensardinado’ durante poco más de una hora al epicentro del caos porteño en transporte público. Me había sumergido en un ritmo de vida que me demandaba más de doce horas diarias. Ahora tenía dinero, pero me faltaba tiempo para disfrutarlo. Los escasos diez días de vacaciones laborales al año no alcanzaban para mucho.
Cinco años fue lo que se demoró mi bomba de tiempo interna en explotar. Demasiado. Una mañana ya no pude tolerar más la monotonía ni aquel ritmo de vida. No podía seguir viviendo para y por el trabajo. A finales de diciembre me iría de allí.

Dicho y hecho. El 31 de diciembre del 2010, aunque lo trabajé de principio a fin, fue uno de los días más felices de mi vida hasta entonces. Recuerdo caminar sonriente por las calles del microcentro porteño, que, para variar, eran un caos vehicular. Me desplacé lentamente, casi flotando, a dejar mi telegrama de renuncia en las oficinas de correo postal.

A partir de entonces vivo viajando. ¿Le cuento más?

Con todo lo ahorrado me tomé un año sabático recorriendo durante nueve meses América Latina desde Buenos Aires hasta Ciudad de México. Deambulé además por Europa durante otros tres meses. Tras regresar de tal periplo entendí que no había vuelta atrás. Viviría viajando.

Sorprendentemente para muchos (no para mí, que he aprendido a administrar mi dinero sin dejar de darme gustos) y tras un año sin trabajar, me las había ingeniado para no volver en bancarrota. Con lo que me quedaba, y siguiendo el consejo de un amigo, apliqué a una visa de viaje y estudios en Australia.

Entre América y Europa había conocido a cientos y cientos de personas. Viajeros eternos o principiantes de múltiples nacionalidades que también se habían lanzado a la ruta. De ellos aprendí que existen infinitas posibilidades de trabajar y vivir de viaje, dentro o fuera de una oficina. Es cierto que uno tiene que cambiar el chip y disponerse a trabajar en sitios nunca antes imaginados. Y esto es lo interesante del asunto. Cambiar. Aprender nuevas labores y tareas. Trabajar, pero también jugar a ser otro. Perdiendo la vergüenza todo es más divertido y se puede llegar lejos.

Juan Olano

Isla Holbox, México (2017).

Foto:

Juan Olano y archivo particular

Juan Olano

Ulán-Udé, Rusia (2014).

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Juan Olano y archivo particular

Juan Olano

Gran Cañón, EE. UU. (2016).

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Juan Olano y archivo particular

Juan Olano

Isla Camiguín, Filipinas (2016).

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Juan Olano y archivo particular

Mi primer empleo apenas un día después de aterrizar en Melbourne fue en un parque de diversiones. Al principio me preguntaba quién demonios me había mandado allí, pero después, viendo a los chicos saltar en la cama elástica me di cuenta de que estaba enseñando algo, ellos se divertían y yo mismo me había vuelto un poco niño también. Allí hubo un clic. Y al enterarme de lo que iba a facturar a la semana, que correspondía a lo que ganaba en un mes en Argentina, hubo otro.

Los contratos no eran de más de dos o tres semanas, así que podía trabajar fuerte y después disponía de mi tiempo. Lo que en principio sería una aventura de tres meses se convirtió en un año y medio recorriendo el lejano país de los canguros. Hice de todo. Trabajé en la construcción, en mudanzas de casas, como paisajista de jardines, de camarero, barman y hasta para una compañía petrolera explorando los áridos suelos del desierto ‘aussie’.

Regresé a Argentina para asistir a varios matrimonios de mis amigos y al nacimiento de mi sobrino. Luego me perdí por el sudeste asiático durante 6 meses y hasta realicé el famoso y misterioso viaje en el tren Transmongoliano desde China hasta Rusia. ¿Próximo destino? España.

Allí trabajé durante la temporada de verano en un restaurante en Palma de Mallorca. Aprendí el oficio y disfruté la vida en el Mediterráneo. Viajes por Europa, Marruecos y más países paradisíacos del sudeste asiático siguieron al verano trabajado.

El año pasado hubo un cambio en mi escenario laboral. Regresé al campo. Trabajé para una compañía agrícola en el Reino Unido y recolectando uvas en Francia y más tarde en Estados Unidos. Se me pasó volando la segunda mitad del 2016. Celebré Año Nuevo en México y tras dos meses recorriendo la Riviera Maya, volé hacia los Carnavales de Barranquilla para visitar durante un mes más la querida y amable Colombia, a la que llegaba por tercera vez.

De los últimos seis años he trabajado la mitad. He conocido más de 50 países, infinidad de lugares, personajes y amistades que aún perduran en mi memoria y son un excelente motivo para seguir viajando y visitando. Aprendí a vivir de diferentes maneras, a adaptarme rápidamente a los cambios y a pensar en positivo. Aprendí que hay demasiadas buenas personas por allí que merecen mucho más de lo que les ha tocado.

El mundo es bastante similar de un lado y del otro. Créame, no importan tanto las fronteras o las (en apariencia) diferencias culturales. Cuando uno se entrega al viaje, se deja llevar, se deja sorprender y se maneja con humildad y respeto, le aseguro que el mundo se abre de una forma muy bonita.

Lo invito a animarse, a perder los miedos. A sorprenderse de lo que usted es capaz. A dejar que el niño interno lo guíe, a confiar en el prójimo y a viajar todo lo que pueda.

¿Qué tiene que perder?

¡Salud! ¡Buena vida y viaje!

JUAN OLANO
Para CARRUSEL

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