Limonada de coco: Mi baguette y yo

Limonada de coco: Mi baguette y yo

Yo insisto en que el francés y la baguette mantienen una relación indisoluble.

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El francés siempre lleva con él la baguette, descubierta o dentro de una bolsa, bajo el brazo o en un bolsillo del gabán.

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MiguelYein

12 de diciembre 2016 , 03:22 p.m.

En principio déjeme decirle que el francés y la baguette conforman una pareja inseparable como la de Laurel y Hardy, la de Abbott y Costello, o la de Sancho y El Quijote. Imposible imaginar al uno sin el otro.

Pero además le cuento que no se trata del simple encuentro entre una persona y un alimento, sino de la unión de dos amigos.

En este punto usted quizá responderá con ironía, apelando al refranero popular: “Amigo el ratón del queso, y se lo come”.

Bueno, sí: el francés se come la baguette como el ratón al queso, pero aun así el vínculo entre ambos es entrañable. El francés siempre lleva con él la baguette, descubierta o dentro de una bolsa, bajo el brazo o en un bolsillo del gabán, así que en plena calle se atreve a mordisquearla o a arrancarle una esquirla con un pellizco.

Mientras caminábamos por una calle céntrica de París, el traductor y editor Cyril Gay me advirtió que a él le resulta fácil saber cuál transeúnte es francés y cuál, extranjero: el truco consiste en inspeccionarles la baguette.

—Quienes la llevan entera no son de aquí. Nosotros le damos la primera mordida en la panadería, incluso antes de pagar. Por eso jamás llegamos a casa con ella intacta.

Luego me explicó que la parte más apetecida de la baguette es la punta, conocida con el nombre de quignon. Hasta en las familias más unidas hay disputas serias por ese tramo del pan.

El francés y la baguette ─vuelvo al punto de partida─ son inseparables. Al comenzar la cena el francés toma el pan de la canasta en que viene servido, corta el mendrugo que se llevará a la boca, y pone el resto sobre la mesa desnuda.
Nada de echarlo al plato o envolverlo con una servilleta. Eso sería como sobreprotegerlo innecesariamente, como dudar de él. Allí, sobre la madera rústica, el dorado trozo de corteza crocante parece salido del mismo vientre vegetal del que surgió la mesa.

Viendo cómo un francés recogió del suelo una barra de pan que se le había escabullido entre las manos, reafirmé la idea de amistad que me hice desde el principio. El verdadero amigo jamás te abandona, y menos cuando caes.
Cyril Gay volvió a la carga:

—Muchos franceses mayores se niegan a cortar la baguette con un cuchillo, porque dicen que eso es como causarle heridas.

En este punto usted quizá moverá la cabeza en sentido negativo, como incrédulo. Yo insistiré ─es decir, insisto─ en que el francés y la baguette mantienen una relación indisoluble. Permítame ilustrar tal afirmación con una última historia.

Roberto Fontanarrosa escribió un cuento bellísimo sobre un niño que está sentado en la banca de un parque, al lado de un balón. De pronto el niño se levanta y se marcha. Los testigos quedan sorprendidos. ¿Qué clase de argentino es ese, capaz de olvidarse de su pelota? Pero al llegar a la esquina el chico chasquea los dedos y emite un silbido, y la pelota parte a su encuentro dando brinquitos retozones. Me atrevería a jurar que, en circunstancias semejantes, cualquier baguette acataría el llamado de su amigo francés.

ALBERTO SALCEDO RAMOS
@SalcedoRamos
Para CARRUSEL

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