Limonada de coco: La mujer que nos habita

Limonada de coco: La mujer que nos habita

Ella nos puede salvar de nuestra pobre condición de machos.

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'Al enseñarme a asumir mi parte femenina me hizo un mejor hombre'.

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MiguelYein

30 de noviembre 2016 , 02:37 p.m.

Siempre me ha encantado esta frase atribuida a Gorgo, la esposa de Leónidas, el rey de Esparta: “Solo ellas saben hacer hombres”.

La menciono ahora porque mi interlocutor, el formidable cantautor argentino Kevin Johansen, acaba de decir que la mujer es el puerto de partida y llegada de nuestro viaje por la tierra. Nos encontramos en el bar de un hotel en Bogotá.

En cada disco suyo la mujer cambia de rostro, o de nombre, pero es siempre la misma, es decir, la fuente principal de nuestras emociones: ansiedad y llamamiento, fascinación y disturbio, palpitación y gozo. Le digo a Johansen que no me canso de celebrar los versos que él, a nombre de todos nosotros, le ha cantado a la mujer:

Si pudiera olvidarme por siempre de mí mismo
Habría de encontrarme en tu dulce abismo
Él sonríe, bebe un poco de whisky.

—Me gusta eso que citaste: ellas son las que nos hacen –dice.

—También hay una sentencia preciosa de Antonio Machado: “El hombre no es hombre mientras no oye su nombre de labios de una mujer”.

La primera mujer que mencionó el nombre de Kevin, a propósito, fue su madre, Marta Calvet, y quizá por eso él se ha pasado la noche citándola. Primero contó que su madre, filósofa, le inculcó disciplina intelectual desde temprano. Ella le dio a conocer a varios músicos importantes, como Violeta Parra, Cat Stevens, Joan Báez, Frank Zappa y Les Luthiers.

Además, cuando él era púber su madre lo matriculó en un taller literario. Allí aprendió a ver el mundo con otros ojos. De modo que ella, aparte de haberle dado la vida, le ensanchó el horizonte porque le regaló sus dos pasiones esenciales, la música y las palabras.

Le hago ver a Johansen que esta noche ha mencionado a su madre, por lo menos, media docena de veces. Él apura un nuevo sorbo de whisky, vuelve a sonreír.

—Ya lo sé –dice–: tengo un Edipo bárbaro.

Entonces le suelto un gracejo del poeta Juan Manuel Roca:

—El tuyo es un Edipo tan grande que viene a ser un Edipopótamo.

Johansen se carcajea.

Lo curioso, agrega, es que la relación con su madre no fue tan plácida como luce ahora bajo el filtro de la nostalgia. También tuvo muchos momentos que él no vacila en calificar con el adjetivo “ríspidos”. Pero ella siempre será un leitmotiv porque le dio muchas lecciones definitivas que él no tendría cómo pagar. Le enseñó, sobre todo, a descubrirse habitado por una mujer y a no tenerle miedo a eso.

—Al enseñarme a asumir mi parte femenina me hizo un mejor hombre.

Estuvimos en el edén, digo, cuando habitamos en el vientre de nuestras madres. Allí no éramos nadie ni sabíamos nada, pero lo teníamos todo: alimento seguro, vínculo con un corazón que latía por nosotros. Nacer fue un destierro. Ahora nos la pasamos invocando a la mujer –la hacemos vivir en nuestros labios– para recuperar ese paraíso perdido. Kevin responde que se trata de una “misión imposible”.

—El paraíso ya no existe más, querido.

Nos queda, eso sí, la posibilidad de aferrarnos a la mujer que nos habita. Ella nos puede salvar de nuestra pobre condición de machos.

Sigamos brindando por ella, Kevin.

ALBERTO SALCEDO RAMOS
@SalcedoRamos
Para CARRUSEL

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