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"Intercambiar ideas nos beneficia tanto como el sexo": Roberto Palacio

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El sexo de las ideas

Roberto Palacio afirma que "El intercambio de ideas nos beneficia tanto como el sexo".

La naturaleza fue sabia en que no se requieran tres para reproducirse.

El sexo es una buena idea; desde todo punto de vista. Es una buena idea no solo por el placer y el sentido de unión que nos da con otro ser humano, capaz de hacernos olvidar la enorme soledad de nuestra existencia; es buena idea especialmente desde el punto de vista biológico: dos individuos se combinan, literalmente barajan toda su información y crean un tercero que tiene rasgos de ambos y algunos propios. La naturaleza fue sabia en que no se requirieran tres para reproducirse, si ya poner de acuerdo a dos es una proeza.

La historia de los padres fue básicamente la misma y a su vez la de sus padres, de tal manera que los rasgos que tenemos pueden haber venido de miles de personas y de lugares. Como miembros de la misma especie, muy probablemente tengamos más en común de lo que creemos con los esquimales, los africanos y los chinos (y no solo con los europeos, como quisiéramos creer). Con el sexo los individuos tenemos acceso a rasgos que son de toda la humanidad. Al reproducirnos pescamos en un lago que guarda todo lo bueno y lo malo que nos conforma y con esa información arrojamos los dados una vez más para producir un ser único, a veces con estupendos resultados: Mozart, Einstein, García Márquez. Cada uno ve la maravilla de esa recombinación en las proezas de sus hijos.

En las dos últimas semanas el genetista y escritor británico Matt Ridley ha creado una tormenta hablando del sexo de las ideas. Las ideas, sostiene, nos hacen ganar de la misma manera que el sexo. Ridley comenzó estudiando una asombrosa similitud entre un hacha de mano prehistórica de un millón y medio de años y un mouse de computador contemporáneo. Eran tan similares que no pudo establecer la diferencia de tamaño entre los objetos. ¿En qué diferían entonces? Según Ridley, mientras que una sola persona sabía hacer el hacha, no hay una sola persona en la Tierra, ni siquiera los ingenieros electrónicos, que sepan hacer un mouse; el ingeniero no sabe los secretos de extracción del petróleo del cual sale la materia prima para hacer el plástico de la carcasa, ni los pormenores de la escogencia de la arena que es apta para convertirse en silicio y hacer buenos chips que conocen los vidrieros.

En el intercambio de ideas logramos tener acceso y fabricar cosas que ni siquiera entendemos a cabalidad; accedemos a un cerebro colectivo del cual cada uno de nosotros es una neurona y que permite a través de un computador, o simplemente del televisor e incluso de esta revista, que el conocimiento de la humanidad esté a mi favor por un tiempo.

Se dice que 498 personas preparaban el desayuno de Luis XIV; con el intercambio de ideas mucha más gente está involucrada en el desayuno de cada uno de nosotros. Intentar hacer todo por nuestra cuenta es simple locura: los economistas plantean un experimento mental consistente en preguntar cuánto tiempo tendría que trabajar una persona para hacer un objeto tan común y corriente como una puntilla. Ahora pregúntese cuánto vale la puntilla.

El intercambio de ideas nos beneficia tanto como el sexo. Por eso a una sociedad le conviene más que tener genios o avispados que dicen saber hacer todo por su cuenta, individuos que promiscuamente sepan promover la más descarada cópula, proliferación e intercambio de sus propias ideas. Ya sea con fines sexuales o cualquier otro que se nos pueda ocurrir. 

Roberto Palacio

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