Limonada de coco: Administrar la ignorancia

Limonada de coco: Administrar la ignorancia

"El periodismo solo se aprende a través del ejercicio constante: untándose los zapatos de barro..."

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Alberto Salcedo reflexiona sobre la utilidad de la carrera de comunicación social y/o periodismo.

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MiguelYein

01 de febrero 2017 , 08:09 p.m.

Suelo decir que si me concedieran el don de devolverme en el tiempo para elegir otra vez mi carrera universitaria, por nada del mundo estudiaría periodismo –y menos comunicación social–. Eso sí: volvería a ser periodista.


La carrera de comunicación social es un revoltijo de programas académicos desarticulados y superficiales. Como advierte la frase de cajón, un océano de conocimientos cuya profundidad es de un milímetro. Los estudiantes, atragantados de teorías académicas sobre las comunicaciones, casi nunca tienen la oportunidad de entrenarse como reporteros de calle. Esto es como si los aspirantes a nadadores olímpicos se tomaran fotos frente a las piscinas pero jamás se arrojaran al agua. Además, allí confunden peras con cebolla larga: entreveran al alumno que quiere ser relacionista público de gobernantes con el que pretende convertirse en un sabueso de los poderosos.


Y ni hablar de la duración: cinco años en semejante mar de liviandades son un despropósito. No responden a una vocación altruista sino a una idea de negocio: mientras más larga sea la carrera, más se puede ordeñar a los estudiantes. Así gastan más en matrículas y, de paso, aumentan la rentabilidad de las cafeterías universitarias.


Tampoco estudiaría periodismo a secas, digo, porque creo que este oficio solo se aprende a través del ejercicio constante: untándose los zapatos de barro, manteniéndose al día en la información, compartiendo tiempo con editores y colegas de experiencia, cometiendo errores y obteniendo de ellos las lecciones correspondientes, haciendo el ridículo de vez en cuando. Se aprende después de muchas horas de viaje, y tras haber oído un montón de veces el tecleo de los computadores.


Estudiaría historia o literatura. Me preocuparía, en principio, por adquirir un bagaje humanístico que me permita entender mejor los fenómenos sociales y un dominio del lenguaje que me conceda ciertas ventajas a la hora de escribir.


Después me volvería periodista en una sala de redacción, y una vez allí seguiría estudiando. Lo peor que le puede pasar a un periodista es creerse la fábula de que el mero oficio, sin disciplina intelectual, es suficiente. Quienes piensan así son los que después, cuando van a escribir sus noticias, confunden a Dinamarca con Cundinamarca y crean un maremoto en un país sin mar como Bolivia.


El oficio se obtiene en el hacer, dije, pero sin el saber que da el estudio permanente no se llega muy lejos. Hay que buscar referentes siempre, aprender de los maestros, buscar las voces de quienes entienden lo que no entendemos, dinamitar periódicamente nuestra zona de confort, saltar al vacío, desaprender lo aprendido para volver a aprenderlo, motivarse a través de la energía que dan los nuevos aprendizajes.


De los muchos periodistas empíricos que he conocido, los mejores son aquellos que adquirieron un bagaje humanista a través de las lecturas y el esfuerzo intelectual permanente. He dicho varias veces que el periodista no está obligado a saberlo todo, pero sí a capacitarse para aprender lo que necesita. El periodismo consiste en administrar la ignorancia, y eso es algo que, definitivamente, no se logra con el mero oficio en la sala de redacción.

ALBERTO SALCEDO RAMOS

Para CARRUSEL

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