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El otro yo de la cantante Andrea Echeverri

Por: FLOR NADYNE MILLÁN | 9:33 p.m. | 28 de Abril del 2011

La vocalista y compositora se confiesa pudorosa, admiradora de la Virgen y feliz de ser mamá tardía.

A Andrea Echeverri le gusta jugar con el lenguaje y más con ese tono provocador de las conjugaciones en español. Hace nueve años fue tocada por la fuerza poderosa del 'nosotros', cuando a las puertas de la madurez la sorprendió la maternidad y la sintonizó, aún más, con su conciencia de mujer. Ya no hablaba de 'Manolo', su gran amor, sino del parche que armaron con sus dos hijos, Milagros y Jacinto.

El estado de la dulce espera le cambió su centro de gravedad y quizá, sin proponérselo, gestó a una nueva artista: de ser la Florecita rockera que les cantaba a los sortilegios y la fe perdida, mutó a la mamá que deletrea en sus discos la palabra A Eme O y que al acto de amamantar le dedicó una sentida lactochampeta.

Hoy a Echeverri, a quien no le cuesta reinventarse, la mueve otro pronombre personal: yo. ¿Retroceder? No. Quiere enseñarles a sus seguidores lo valioso de defender su yo, no en un acto de egolatría o vanagloria, por algo su mandamiento es "no ser la diva del momento".

La vocalista y compositora sostiene una trenzada lucha pacifista por la identidad. Con su cadenciosa voz, en la canción Yo, para la que ella misma hizo un sencillo video casero, deja claro por qué la envidia no es su amiga y por qué no quiere ser Juanes, ni Shakira y por qué le importa cinco no estar de moda.

Quitándoles horas a sus días de ama de casa, esta roquera que detesta los artilugios del maquillaje, se presenta como mujer-música-mamá autocompuesta, autoproducida, autograbada y autogestionada. Todo el paquete en Andrea Echeverri dos, una apuesta por la independencia para hacer "música en familia".

Apasionada de la cerámica y lectora juiciosa de Simone de Beauvoir y Virginia Woolf, en su nueva apuesta como solista le canta agradecida a la vida y en una especie de "mantras neohippies" se reconecta con su infancia y con Amparo, su mamá, en una relación más armónica, distinta a la tirante que caracterizó sus días de adolescente, cuando fácilmente se le salía su dragón interior.

Activista ecológica, pacifista por convicción y amante de la estética kitsch, Echeverri tiene una relación tan simbiótica y solidaria con la madre naturaleza como con Amparo, la autora de sus días. Por eso su mamá  participa en los coros de su álbum, lo propio hace 'Manolo', esposo de Andrea, el historiador que goza haciendo música con la aterciopelada, y 'Mili', su primogénita y autora del arte que ilustra este trabajo musical.

¿Por qué incluyó a su familia?

Porque la idea era hacerlo en mis días de mamá, de ir a hacer el mercado, de llevar a mi hija a la clase de ballet. Muy distinto a cuando me iba dos meses a Nueva York a hacer un disco. Empezamos hace cinco años cuando grabar era el plan de fin de semana. Por eso se escucha a mi gorda, Milagros, cuando tenía 3 años, cantando a media lengua Mis 32 dientes.

Usted que le canta a la libertad de ser ¿ha llegado a sentirse presa de resultados en ventas de discos o Grammys ganados?

No, porque empecé en la música grandecita, tenía 25 años, había estudiado arte y luego de haber leído muchos libros feministas, tenía claro que yo no me iba a subir a un escenario a explotar mi cuerpo y el billete tampoco era lo que quería, sino expresarme y crecer. Entonces a la hora de que me preguntaran por Grammys ganados, ya la tenía clara, por ahí no era. 

 ¿Por qué le crea malestar el tema sexual en las canciones? ¿Será efecto de la madurez?

Porque el sexo es sagrado, hermoso, poderoso, pero íntimo y privado.

¿Cómo es la relación con su mamá?

Chévere. Nos vemos siempre una vez a la semana, el miércoles es nuestro día. Ella va a mi casa, almorzamos y se queda hasta la tardecita, para ver a los chicos (Milagros, de 9 años, y Jacinto, de 2). Hacemos eso porque yo viajo mucho, y nos queremos harto.

¿Por qué dice que la entendió solo cuando usted fue madre?

 Cuando uno tiene hijos la relación con la mamá se estrecha. Uno entiende muchas cosas y hay una cantidad de vínculos que crecen orgánicamente. Ellas ayudan no por interés sino por la naturalidad con que se tejen nuevas maneras de intercambio.

El mejor regalo de sus hijos...

Mis gordos son fuente inagotable de amor, inocencia, energía, sorpresas, sentido del humor y frescura. Son divinos, pero también fuente inagotable de jodencia. Uno aprende a volverse paciente, no es que sean puras hermosuras (risas).

Lo más difícil de ser mamá...

Tengo que madurar, amar sin nada a cambio esperar, dice una canción. En resumen, es que a sumercé mal le pagan. Uno ama y le devuelven ¡tun! un puñetazo en la nariz o, en el caso de los hijos que van creciendo, la misma energía que uno le dio a la mamá cuando era adolescentica. ¡Uuuy, eso es bravísimo! Requiere de madurez aprender a querer. Uno no quiere a los hijos para que lo quieran a uno.

Cada vez se pospone más la maternidad, al punto de que cuando es tarde, se recurre a la ciencia. ¿Qué opina de esto?

Soy madre tardía, tenía como 37 años y mi gordo cuarenta y pucho, cuando nació 'Mili'. Y voy a ser bien viejita cuando los hijos sean grandes. Por eso uno ve a esas mamás de 20 y dice '¡Qué camello!', pero chévere ser de generaciones cercanas.

¿Y lo hubiera preferido?

Joven o tardía, ambas tienen su lado bueno y malo. Yo hice antes todo lo que quería, pues con hijos el ritmo de trabajo baja a la mitad. Pero la maternidad es algo tan personal y, como sea, hay que agradecerla.

En su taller de cerámica tiene muchas imágenes de vírgenes, ¿qué significan?

La imagen de la Virgen es superbonita, compasiva, maternal. Me gusta su apariencia casi asexuada y que contrasta con la de las mujeres, sobre todo artistas, que cada vez están más cerca del tubo ese del baile (pool dancing). Esa onda me molesta mucho. No es que diga que hay que ser vírgenes, pero sí recuperar un poco el pudor, el manejo de la ropa, ir más cubierta como ella, pues digo yo (risas).

¿Le costó dar el paso de la independencia, hoy, a los 45 años?

Es complicado, por eso duré 20 años en decidirme.

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