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Enseñe a su hijo a ser generoso

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Enséñele a su hijo a ser generoso

La generosidad está relacionada con la capacidad de reconocer la existencia de los demás.

La capacidad humana de ser generoso se desarrolla a partir de los cuatro o cinco años de edad.

¿Su hijo pequeño no quiere prestar sus juguetes a los demás niños? ¿A su hija de pocos años no le hace ninguna gracia compartir sus dulces con sus compañeras de colegio? "Es algo normal, porque la generosidad infantil comienza a desarrollarse a partir de los 4 años. En el quinto año de vida, los padres pueden inculcarle a sus hijos la capacidad de dar y compartir predicando con el ejemplo", señala Carmen Retuerce, psicoterapeuta del Centro Hara en Madrid (España).

En la primera infancia (que va desde los 0 hasta los 5 años) tienden a ser egoístas y a no compartir con otros, pero en vez de ser una actitud reprochable, es un comportamiento normal y necesario, si se entiende que "dentro del proceso de desarrollo del pequeño el egoísmo es el medio que tiene para encontrarse consigo mismo y reconocerse como diferente a su madre y a su padre", como señala Alix Caballero, especializada en psicología infantil y familiar de la Universidad de París (Francia).

En esta medida, la generosidad en los niños debe cultivarse de forma progresiva. Ellos deben entender que servir a los demás hace que la convivencia sea más amable, que pueden hacer cosas por otros así les cause alguna incomodidad, pues, como indica la psicóloga María Elena López, "la generosidad está relacionada con la capacidad de pensar en los demás, reconocer su existencia y ponerme en su lugar: es lo que se llama empatía".

Y, por supuesto, en este proceso educativo nada mejor que el ejemplo. Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que escuchan, y si están en un ambiente armónico en el que padre y madre son generosos uno con otro, hacen obras benéficas, actúan de manera favorable para otras personas sin esperar una retribución, lo más seguro es que lo repliquen en su vida diaria.

Ahora, si su hijo se resiste a compartir, es muy importante que no lo presione, ni lo castigue o avergüence frente a los demás. Esto no provocará una corrección en su comportamiento y, en cambio, puede hacerlo sentir confundido y triste. "Más bien muéstrele los beneficios que trae la generosidad para él mismo y para los demás", recomienda la psicóloga López y añade: "Ayúdelo a ponerse en los zapatos del otro. Pregúntele cómo se sentiría él en caso de experimentar el dolor o sufrimiento que otras personas viven, o qué podría hacer para ayudar o calmar totalmente o en parte esta situación".

Aunque la psicóloga española Retuerce asegura que "dar y darse sin esperar nada a cambio es una virtud que parece casi utópica en un mundo donde impera la idea que todo aquello que hacemos debe producir beneficios o aumentar nuestra riqueza, aunque sea indirectamente", también indica que "dado que el egoísmo y la avaricia están en la raíz de la crisis, hay que cultivar la solidaridad y la generosidad e inculcarlas a los hijos para que no se repitan".

Siendo generoso, el niño experimentará que hay más alegría en dar que en recibir, y también entenderá que con sus actos puede favorecer el bien común. El pequeño verá las consecuencias de inculcar este valor cuando sea adulto, pues como explica la psicóloga Caballero, "aprenderá a brindar y a expresar afecto adecuadamente, lo que le ayudará a mantener relaciones estables y a construir su propia familia. Así mismo, le dará mayor sentido a su vida ayudando a otros y aumentará sus posibilidades de autorrealización, estabilidad y felicidad".

Una causa genética

El deseo de hacer cosas buenas por los demás podría tener una causa genética, sugiere un estudio de la Universidad de Bonn (Alemania), que constató que un cambio minúsculo en un gen se relaciona con una voluntad significativamente mayor de dar.

Al analizar un gen llamado COMT, los científicos comprobaron que aquellas personas con un pequeño cambio en dicho gen son el doble de generosas que quienes no tienen dicha variante.

Según los investigadores, es la primera vez que se comprueba una relación directa entre genes y altruismo, aunque por estudios anteriores se sabía que ciertos comportamientos prosociales están en parte vinculados con nuestro código genético o ADN. Aún así, lo más importante es tener en cuenta que "los niños deben aprender a actuar a favor de otros de forma desinteresada y no para conseguir algo a cambio. Para lograrlo, sus padres deben educarlos en este valor y aprobar sus pequeños actos de generosidad para motivarles a seguir por ese camino", aconseja la psicoterapeuta Retuerce.

¿Cómo fomentar la generosidad en los más pequeños?

Las psicólogas Alix Caballero y María Elena López ofrecen estas recomendaciones para desarrollar la generosidad en los pequeños.

1. Motive al niño a participar en campañas, jornadas o programas dedicados a ayudar y dar bienestar a otras personas que lo necesitan.

2. Enséñele a ser agradecido y a reconocer, respetar y valorar la labor de los demás.

3. Oriente a sus hijos para que aprendan, poco a poco, a compartir con otros niños sus juguetes, su tiempo y sus sentimientos. Muéstrele la importancia de respetar los turnos, compartir los juguetes, consentir a alguien cuando se cae o ayudarlo cuando lo necesita.

4. Muéstrele que cada uno de sus actos puede tener consecuencias para otros, aún para los extraños. Por ejemplo, cuéntele por qué no cuidar la naturaleza puede afectar a todo el mundo.

5. Comparta con él películas, cuentos e historias que promuevan y exalten la solidaridad. Explíquele las diferencias y las consecuencias de ser egoísta o generoso a través de estas actividades.

6. En familia revisen qué puede dar cada uno por el bien de los demás en actos que impliquen compartir aquello que les gusta y les sirve. Incentive los talentos que cada uno tiene para ponerlos al servicio de sí mismos y de los demás. Recuerde que en el ejemplo está el mayor aprendizaje.

REDACCIÓN CARRUSEL

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