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El rollo de hoy / Gracias...

Por: MARTA ORRANTIA | 9:35 p.m. | 28 de Abril del 2011

Mi mamá era maravillosa. Cuando le contaba mis problemas, me oía con atención y me aconsejaba.

Cuando le hablaba de mis peleas, invariablemente tomaba partido y se enfurecía con quien fuera que yo estuviera discutiendo: mi esposo, mi papá, mi jefe, mis amigas.

Una mujer de una generosidad única. Le gustaba dormir, y nunca le oí una queja de todas las noches en que la mantuve en vela: desde cuando era un bebé que se levantaba dando alaridos hasta cuando era una adolescente parrandera y llegaba tarde sin avisar. Si me gustaba una blusa suya, enseguida me la regalaba. Si me parecía lindo un collar, era mío.

Pero su generosidad iba aún más allá. A cualquier hora del día o de la noche, estaba ahí si la necesitaba. Si me dolía la cabeza, si había terminado con el novio de turno, si tenía que entregar un trabajo en la universidad o si necesitaba un consejo.

Mi mamá siempre fue una barrera que me protegía contra el mundo. Sin importar qué tan lejos estuviera, una palabra suya bastaba para que me sintiera más segura. Ella creía -y tenía razón- que todo se solucionaba con una buena comida, con una cobija caliente puesta por sus manos mágicas, y esa sola fe sobrenatural hacía que las cosas estuvieran siempre mejor.

Nunca he tenido una amiga como ella. No solo porque nos reíamos juntas, porque íbamos de compras, porque compartíamos una complicidad única, sino porque nadie jamás me va a querer con ese amor incondicional. Nadie jamás me va a aceptar tal cual soy y a adorarme por mis defectos igual que por mis cualidades. Nadie nunca, ningún amigo, ningún familiar, ningún ser humano, va a sentir por mí un amor tan despojado de prejuicios, tan puro, tan desinteresado, como el suyo.

Mi mamá era una mujer maravillosa, pero estoy segura de que no es la única así de especial. Estoy segura de que muchos, leyendo esto, creen que les describo a su propia mamá.

Sería bonito que este día de la madre, en medio del caos de las celebraciones y de los regalos, quienes aún pueden, les den las gracias a sus mamás por todo lo que hacen a diario. Por la sonrisa de siempre, por la caricia, por el regaño ocasional, por el almuerzo, o por cualquier razón, porque siempre hay una que amerite un agradecimiento.

Este es el primer día de la madre que paso sin ella. Este es también el primer día de la madre que no tengo que salir en el tráfico infame de la ciudad a comprar un regalo, o no tengo que suplicar en todos los restaurantes por una mesa, o no tengo que asistir a un almuerzo familiar multitudinario y tedioso. Y, sin embargo, quisiera todo eso. Quisiera ponerme furiosa y despotricar y aburrirme, todo, con tal de estar con ella, con tal de poderle decir lo que acabo de escribir y, por supuesto, darle las gracias.

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