Crónica de un desayuno con yuca

Crónica de un desayuno con yuca

Antojarse de yuca en Bogotá a principios de los años 70 era como esperar peras del olmo.

Desayuno con yuca

"En el Caribe la yuca es parte esencial del paisaje. Todo el mundo empieza a familiarizarse con ella desde antes de tener uso de razón" asegura el columnista Alberto Salcedo Ramos.

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Miguel Yein

01 de julio 2018 , 08:00 a.m.

A principios de los años 70, el periodista y escritor Juan Gossaín vivía en su pueblo natal, San Bernardo del Viento, y desde allí enviaba con cierta frecuencia unas cartas escritas a mano a la redacción de El Espectador. Don Guillermo Cano, director de ese diario, se declaró impresionado por la gracia estilística del desconocido remitente. Intuía que con ese talento podría dejar una huella profunda en la prensa colombiana, así que le ofreció trabajo.

Gossaín aceptó y, al poco tiempo de estar en Bogotá, notó que se sentía perdido. Cuando se ha vivido durante años en un pueblo ardiente ubicado frente al mar, cuesta mucho adaptarse a una ciudad plomiza situada a dos mil seiscientos metros de altura. La congoja de Gossaín tenía que ver con el clima pero iba mucho más allá. Él no lograba explicársela.

Vivía pensionado en una casa familiar con su amigo Javier Ayala, otro periodista nacido en tierra caliente. La dueña de la casa empezó a preocuparse cuando cayó en la cuenta de que su inquilino costeño se iba todas las mañanas sin desayunar.

—¿Qué será lo que le pasa a ese pobre muchacho? −le preguntó la señora a Javier Ayala.
—¿Se refiere a que no come? −inquirió Ayala.
—Es que ya ni siquiera mira el plato.
—Lo que pasa es que él extraña la yuca de su tierra. Si usted no le da yuca no habrá ninguna posibilidad de que lo atraiga a la mesa.

La señora decidió conseguir yuca para complacer a su huésped, una tarea sumamente difícil en aquel tiempo. Entonces las regiones de Colombia estaban desconectadas entre sí. Solo en contadas ocasiones los productores agrícolas de las costas lograban que sus mercaderías llegaran a los páramos. Antojarse de yuca en Bogotá a principios de los años 70 era como esperar peras del olmo.

En el Caribe la yuca es parte esencial del paisaje. Todo el mundo empieza a familiarizarse con ella desde antes de tener uso de razón. Si naces en una zona rural la ves sembrada en su hábitat, si creces en una zona urbana la encuentras apilada en los mercados. La yuca es el eslabón perdido entre el viaje y el asentamiento, el secreto que los abuelos campesinos llevaron de los pueblos a las ciudades para unirnos, para conectar nuestros oídos a la voz de la tierra.

La yuca es porfiada porque es generosa. Sobrevive a los soles más bravos y se adapta a los terrenos más marginales solo para matar el hambre de los pobres. Además es tan exquisita como para engalanar cualquier cena de celebración. Si a los habitantes del Caribe se les pidiera imaginar una situación hipotética que mereciera ser calificada como “desdicha”, escogerían esta: una vida sin yuca.

Así, desdichado, se sentía Juan Gossaín durante sus primeros días en Bogotá. Una mañana en que iba saliendo acelerado, como de costumbre, la señora de la casa lo detuvo con una súplica:

—Por el amor de Dios, cómase el desayuno.
—Es que tengo una entrevista y voy tarde.
—Vamos, anímese. O destape el plato, por lo menos.

Conmovido por el gesto, Juan decidió complacerla. Cuando descubrió el plato y vio aquella yuca blanquita, humeante, comprendió de golpe que la falta de ese alimento era lo que le tenía el corazón roto. Entonces, como un enamorado que reencuentra a su amada tras una larga espera, soltó aquella exclamación que le salió del alma:
—¡Al fin te veo, yuca maldita!

ALBERTO SALCEDO RAMOS
@SalcedoRamos

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