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¿Qué tan gay te sientes hoy? / Opinión

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Columna de sexo

Roberto Palacio habla sobre las criticadas terapias que preteden supuestamente 'sanar' a los gais.

El debate sobre una terapia que convierta a los gais en heterosexuales no ha muerto. Y no ha muerto a pesar de los persistentes fracasos que ha tenido en la historia: en el siglo XIX a los caballeros homosexuales se les mandaba a la cárcel, en donde se convertían en las "esposas" -a falta de un mejor término- de otros caballeros que no se creían gais, porque eran el vagón del tren y no la locomotora. La historia de Oscar Wilde en la cárcel de Reading es un testimonio desgarrador de lo que le pasa a un homosexual en un centro penitenciario. A comienzos del siglo XX, a esos mismos caballeros, con el fin de convertirlos en machos, se les administraba un coctel de hormonas que paradójicamente les hacían crecer los senos.

No solo fracasaron las terapias, en cierta forma los ponían en el papel de ser más gais. ¿Qué clase de babieca, dirá el lector, habla de ser 'más gay' o 'menos gay'? Irreparablemente suena tan absurdo como decir "estoy un poquito embarazada". Por increíble que parezca, la terapia que hasta hace poco fue dominante para "curar" a los gais (y pareciera que estamos llegando al terreno en donde todo ha de escribirse entre comillas) se basó en gran medida en una encuesta telefónica adelantada entre 200 hombres a quienes se les preguntaba, luego de una serie de sesiones psiquiátricas: "¿Qué tan gay te sientes hoy?". No miento cuando digo que ese fue un móvil importante en el renacimiento de la idea de curar gais. Eso y el hecho de que nacía de las investigaciones de Robert Spitzer, una autoridad psiquiátrica que en el 2001 publicó un ensayo sobre esa "cura".

Como con tantas otras cosas, el asunto pareciera uno de voluntad y molestia: ¿Qué tiene que sean gais? ¡Déjenlos en paz, que vivan como quieran! Pero como tantos otros, no se resolvió a punta de gritos indignados, porque la mayoría de quienes primero acudieron a la terapia, como los mutantes en X-Men 3, fueron los mismos gais. Y, de nuevo, por motivos más complejos de los que puede imaginar la indignación: muchos eran ministros cristianos que no querían vivir en pecado. La homosexualidad en ciertas concepciones del cristianismo, incluyendo la católica de Roma, ha sido un pecado tan grave como el incesto con los padres: pervierte el orden natural.

En la teología se le conoció como el crimen contra natura: Dios quiso que se unieran el gallo y la gallina, el caballo y la yegua y el hombre y la mujer; no el gallo con el gallo y los dos caballeros de la cárcel de Reading. Se sometieron entonces a la terapia esos ministros y los resultados fueron pasmosos. Según una fuente, el 99,9 por ciento de las "conversiones" fue un fracaso. Muchos de estos "exgais", a pesar de que ya estaban en matrimonios heterosexuales, veían crecer su atracción por otros hombres y decrecer su atracción por sus esposas. Como si fuera poco, Spitzer, el que se había ingeniado la terapia, salió en la prensa a comienzos de este año a pedir perdón por haber propuesto una cura. "Estaba equivocado", dijo con gran honestidad intelectual y agregó: "el homosexualismo no es un asunto de elección".

¿Qué pasó entonces con los ministros? Que quienes no habían abandonado la terapia la abandonaron, y no les quedó más remedio que optar por vivir en lo que sus iglesias llamaban "pecado". Y ese sí lo vuelvo a escribir entre comillas. 

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