Óleo de una amistad maravillosa

Óleo de una amistad maravillosa

"Dos poetas que cultivaron una amistad entrañable hasta la muerte..."

01 de septiembre 2017 , 12:19 p.m.

Los protagonistas de esta historia fueron dos poetas que cultivaron una amistad entrañable hasta la muerte.

Nacidos en el Caribe colombiano, fueron siempre muy distintos entre sí, a pesar de que compartían pasiones esenciales. Sereno el uno, vehemente el otro, disfrutaban tanto a los clásicos griegos como a los gaiteros de San Jacinto. Ese gusto por el arte más elevado y por la cultura popular los mostraba como humanistas integrales, una especie por entonces exótica en la colonial Cartagena, manejada por una élite segregacionista. Baste recordar que en los años cincuenta del siglo pasado era poco común que los intelectuales de la ciudad abordaran ciertos temas que se consideraban indignos de las mentes doctas, como las fritangas callejeras y los bailes públicos. Los dos protagonistas de esta historia, en cambio, podían mencionar a Esquilo en la misma oración en la que se referían a los bogas del puerto.

El sereno, es decir, Ge, hablaba poco. El vehemente, o sea, Hache, era un torrente oral. Al primero nadie lo vio enojado jamás. Siempre mesurado, evitaba pronunciar frases que no hubiese sopesado antes, y tenía por principio no hacer bromas contra los demás. El otro –espontáneo y de temperamento volátil– solía expresarse sin cálculos previos. Además, era burlón e iconoclasta.

...a los cinco minutos ya lo tenías metido en el alma

Ge era filólogo y abogado. Traducía las tragedias griegas, recitaba de memoria a los poetas del Siglo de Oro español. Durante muchos años fue profesor de literatura en el Colegio San Pedro Claver. Félix Turbay, uno de sus alumnos, lo recordaba como "un hombre de gran estatura espiritual".

─Tú lo conocías –decía Turbay– y a los cinco minutos ya lo tenías metido en el alma.
Hache, además de poeta, era novelista, columnista y pintor. Docente de dibujo en el Colegio San José de Barranquilla, hechizaba a los alumnos con su portentoso lenguaje oral. Leía en voz alta fragmentos de Sófocles, imitaba burlonamente las voces de algunos expresidentes colombianos.

Ge y Hache se volvieron amigos en cuanto se conocieron. Fue en Cartagena, a finales de los años cuarenta del siglo pasado. Caminaban juntos por el malecón de Marbella, frecuentaban los cafés del centro, tertuliaban hasta tarde, leían en voz alta a sus autores favoritos.

Después tomaron rumbos distintos. Ge se estableció en Bogotá, donde se convirtió en un prominente juez de aduanas. Hache estuvo unos años en Europa. Volvieron a encontrarse, esta vez en Bogotá, cuando ambos eran mayores. Ya no tenían ímpetus para caminar kilómetros juntos, pero todavía podían conversar animadamente durante horas. En esas veladas Hache ponía el toque de humor. Decía que cuando se encontraba con un amigo de su edad ya no le daban ganas de invitarlo al bar para beber vino, sino de llevarlo a la farmacia de la esquina para compartir una Mylanta.
A Ge le iba muy bien en la parte económica. A Hache no tanto. Escritor de culto, era más celebrado que célebre. Su temperamento arisco no estaba hecho para los reflectores de la fama, así que prefería vivir encerrado, peleando a trompadas con las palabras. Esto último no es una metáfora: Cuando uno llegaba a su casa sin avisar, oía en el estudio, al fondo, un vozarrón que exclamaba con rabia:

...

─¡Adjetivo hijodeputa!

La fina alhaja de su amistad es un legado para todos nosotros

Ge tenía claro que Hache, artista genuino, llegaría al último segundo de vida confinado en ese estudio, porque era tímido y orgulloso, de los que se hacen ahorcar en vez de pedir un favor.

Por eso cuando Ge decidió comprar un cuadro de Hache todos los meses, supo que necesitaría en cada caso de un intermediario verosímil para que su amigo no fuera a darse cuenta.

Y Hache nunca se dio cuenta, en efecto.

Acaso el último detalle conmovedor del afecto que se prodigaron es que los dos murieron con apenas cuatro meses de diferencia, como si se hubieran puesto de acuerdo. La fina alhaja de su amistad es ahora el regalo de todos nosotros, y seguro nos durará también hasta la muerte

ALBERTO SALCEDO RAMOS
Para CARRUSEL

MÁS CARTAS

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA