Camilo Mora, el hombre que descifró el número de especies del planeta
Por: JULIÁN ISAZA | 8:46 p.m. | 13 de Octubre del 2011
El investigador vallecaucano en su laboratorio principal, la naturaleza.
Foto: Archivo ParticularEsta la historia de un colombiano que es considerado como uno de los científicos del momento.
La historia empieza con un joven soldado en medio de la manigua, en patrullaje nocturno. Sentado, manoteando insectos, con la luz de una luna débil reflejada en el cañón de un fusil, Camilo Mora pensaba en pollos, vacas y cerdos. Como en la fábula de la lechera, calculaba negocios, futuros, plata. Pero esa noche hubo algo distinto, se le ocurrió una idea -y como pasa con muchas ideas renovadoras, fue de un momento a otro, sin aviso-, un fogonazo en medio del tedio y el jején que le indicaba que el dinero no era tan importante, que lo relevante es dejar un legado -"me di cuenta de que la vida es muy berraca y me dije: ¿cómo la voy a gastar en billetes, que son solo papel, cuando a mí lo que me gusta es otra cosa?"-. Poco menos de dos décadas más tarde, el que fue un joven soñando en camuflado estaría en las primeras planas del mundo y se convertiría en uno de los científicos más importantes del momento.
Ahora Camilo Mora tiene 35 años y ha trabajado todo el día con el azadón y la pala. Hoy transpira en una finca en Palmira (Valle), mañana hablará ante la comunidad científica en Washington (E.E.U.U.), en tres días estará en Hawaii dictando clases. Camilo, biólogo de profesión, tuvo éxito en la empresa en la que muchos fracasaron: descifró el número total de especies que habitan el planeta. 8,7 millones. Logró hacer el cálculo de la biodiversidad que no se había logrado en 250 años de estudios e investigaciones.
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"Uno es lo que lo rodea", dice Mora con ese acento caleño que convierte las graves en agudas. Y lo que lo rodeó a él desde que nació fue la naturaleza, pues creció en una finca, con seis hermanos, con padre y madre agrónomos, en un escenario bucólico que moldeó su interés por lo vivo, primero como posible negocio y luego -epifanía, madurez, filantropía, quizá- como objeto de estudio y manera de ayudar al planeta.
Estudió biología en la Universidad del Valle. Y si hay que decir algo de ese periodo, es que fue la base de lanzamiento de todo lo que vendría. Un estudiante moreno, flaco y de gafas, se daría cuenta que límite es, si se quiere, solo una palabra. Por eso, más allá de las notas -que siempre dieron cuenta de su dedicación- Camilo comenzó a trabajar en proyectos que para su edad resultaban, a falta de otra palabra, ambiciosos.
Camilo se frena. Hace memoria. Con doctorado y posdoctorado encima y tantas publicaciones y conferencias, aquellos días resultan lejanos pero entrañables, son el sepia de sus memorias. Ahora recuerda su primer paso con cara de zancada en días universitarios, cuando creó un acuario para medir el efecto del cambio climático en los peces. Con 300 mil pesos, muchos favores y más ganas, aprendió lo necesario para fabricar el artefacto con todo y sistema de refrigeración. El experimento fue exitoso, el tanque enfriaba, los peces reaccionaban y, en pequeño, se podía analizar las consecuencias de los cambios en la temperatura del agua, como los que suceden por efecto de fenómenos como La niña.
A partir de ese momento Mora escribió y publicó cinco artículos en revistas científicas internacionales, toda una proeza para un estudiante. La tenacidad y ambición comenzaron a dar sus frutos. "La ambición no es mala en sí misma, vos la podés enfocar en cualquier dirección", le diría luego a este periodista.
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Mora dispara anécdotas en ráfaga. Suelta un recuerdo tras otro, se ríe de lo que evoca. "Es que uno es lo que le rodea", insiste. Esa es su frase de batalla, el mantra que dispara cada tanto antes de mencionar a las personas que lo inspiraran como el profesor Fernando Zapata, de la Universidad del Valle, o sus padres o las personas de su equipo de trabajo o los nombres que surgen. Camilo los recita en la conversación y se detiene en uno. Dice: "David Bellwood". Y luego explica que es un científico de la universidad James Cook de Australia, que lo había atrapado con sus estudios y artículos sobre los peces de arrecife.
Lo dice vehemente: "Yo me enamoré de ese man, de cómo escribía, de lo que hacía". El combustible de la ambición también es la inspiración. Camilo suelta una carcajada y sigue: "Yo le escribí miles de correos al man, pero casi no respondía, entonces, ¿sabés qué hice? Cuando terminé la universidad, sin nada, sin beca, sin plata me fui para Australia y le caí a donde vivía", la carcajada continúa.
Su madre le regaló un viejo Suzuki, que él reparó y vendió por dos millones de pesos. Azúcar Manuelita -que había visto su trabajo- también decidió apoyarlo y le aportó una suma ídem. Así, con dos mil dólares y algo de ropa en la mochila, el valluno emprendió el viaje. Y 16 mil kilómetros más adelante, un David Bellwood sorprendido abriría la puerta de su casa y tendría ante sí a un estudiante colombiano que apenas balbuceaba algo de inglés, al que le invitaría un café y con amabilidad le diría hasta luego. Fin del encuentro. No fue el resultado esperado, pero la travesía hasta ahora comenzaba.
Una vez en Australia recibió una invitación para exponer sus estudios en una conferencia científica en Indonesia. Y como estaba a media hora en avión, se embarcó. El problema es que no hablaba inglés, que asistirían los más destacados investigadores mundiales y que iría Peter Sale, un biólogo que referenciado como el 'Darwin' de los peces y del que se dice que el 30 por ciento de la producción científica mundial, en cuanto a peces de arrecife, está relacionada directa o indirectamente con él. Un rockstar de la ciencia, que escogería tres estudiantes para darles una beca en Canadá y permitirles que trabajaran con él. La presión, no hay que decirlo, era enorme.
Camilo desempolva el episodio. "Ssshhhh ¡No te imaginás!". Todavía pasa saliva y dice: "Ponele cuidado cómo me gané la beca del doctorado: tuve que escribir la ponencia y Fernando Zapata -su profesor- me ayudó a traducirla y yo volví a escribir las palabras en español como me sonaban". Sin entender una palabra expuso, pero perdió la última parte del discurso. "¿Sabés qué hice? Improvisar, nada de quedarse callado, me solté así no me entendieran". El resultado: Un Peter Sale impresionado -por el contenido de la ponencia y el coraje del expositor- y una beca para doctorado en la universidad de Windsor (Canadá), con la condición de que aprendiera inglés en dos meses.
"Cogí un diccionario, me aprendí 3 mil palabras en un mes. Calculé que tenía que memorizar cien por día; es decir, diez por hora. En el otro mes aprendí a ponerlas juntas". ¡Ja!
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Para ser un hombre cuyas investigaciones han revolucionado la taxonomía y cuyo trabajo ha estado expuesto no solo en revistas científicas, sino en medios como BBC, CNN, New York Times, entre muchísimos otros, Camilo tiene una modestia que casi resulta extravagante.
Habla sin pretensiones, con la informalidad del que no tiene que demostrar nada -probablemente porque ya lo demostró todo-. Sus investigaciones han sido titánicas y en su currículo reposan estudios que han hecho aportes inmensos a la ciencia y el entendimiento del mundo. Pues ha participado en investigaciones para hallar los patrones mundiales de diversidad de peces, el manejo de la pesca en el mundo (donde analizó datos de 250 países) y el efecto humano en los corales (con apuntes de 50 naciones). "Uno cree que las tareas son demasiado grandes, pero cuando vos te enfocás podés lograr lo que te propongás", suelta.
Camilo es un tipo de números y a través de su trabajo ha medido el planeta en cifras. Hace 10 años y con un presupuesto de 210 millones de dólares comenzó la investigación para medir la biodiversidad de los océanos, pero con el tiempo se amplió a medirla en el planeta. Hace tres años se vinculó al proyecto y su papel fue fundamental para llevarlo a término y por eso se convirtió en protagonista, pues él se encargó de analizar los datos disponibles y responder la pregunta que durante 250 años no se ha resuelto: ¿Cuántas especies existen en el mundo?
En octubre del año pasado acabó el censo con un resultado incierto, lo que era comprensible, pues sin los datos suficientes la tarea se hacía casi imposible. Sin embargo, días después de dar por terminada la tarea, la casualidad tocó a la puerta de Camilo en forma de un viejo artículo científico, en el que se mostraba un estudio que había medido las especies de una localidad. Claro, una cosa era saber cuántas especies hay en determinado espacio y otra muy distinta era saber cuántas hay en el mundo. Pero ese fue un punto de partida y él modificó esa fórmula matemática para hacerla global. "Vi el estudio a las 10 a.m. y le dediqué esa mañana - cuenta-. Varié la fórmula y el número me daba en mamíferos y aves, que se sabe cuántos hay. En hora y media tenía la respuesta que había buscado todos esos años".
Luego, comenzó la fase de verificación que tomó varios meses y, finalmente, el que parecía un callejón sin salida, tenía solución. El número de especies que antes de su hallazgo se estimaba entre 3 y 100 millones, él lo precisó en 8,7 millones, lo que se traduce en un paso monumental en la ciencia. "Uno toma el crédito por este descubrimiento, pero en realidad fueron miles de personas investigando. Una vez un reportero me preguntó que cuánto me había tomado hacer este hallazgo y yo le respondí que fueron 250 años y la razón es que los datos que utilicé llevan todo ese tiempo recopilándose", dice con modestia.
Ahora quiere empezar a investigar cuáles son los factores definitivos en la pérdida de la biodiversidad y cuáles son los elementos que debemos cambiar los humanos para reducir la depredación. Además quiere construir el primer mapa de la biodiversidad del mundo.
Ya no es un joven soñando, es un hombre trabajando. Y cambiando el mundo.
JULIÁN ISAZA
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