Últimas Noticias de Colombia y el Mundo - ELTIEMPO.COM

Últimas Noticias

Ver más últimas noticias

Patrocinado por:

Publicidad

Paute aquí

Carlos Donoso: El ventrílocuo quiere hablar

Por: |

Carlos Donoso

El ventrílocuo venezolano cumple 45 años de vida artística.

Ha hecho reír a toda América Latina, pero ¿sabe usted quién es realmente el hombre detrás de Kini?

La tela del pantalón forra, sin pudor, la turgente forma cilíndrica que va de la ingle casi hasta la rodilla. Kini, el mico de marras, ahora se presenta como un garañón de dimensiones inusuales y en traje de ejecutivo: corbata, blazer, pantalón oscuro y una dotación que compite con la de un actor porno. Mira su entrepierna y luego al frente. Espera. Se mueve levemente, vibra. Los ojos azules y rígidos enfocan algún lugar al fondo y luego suelta retador y burlón: "¡Epa! ¿es que te gusta?". El muñeco, con aire provocador, parece confiado: las últimas refacciones y aditamentos le dieron piernas articuladas, una estatura de 1,20 metros y una virilidad de 25 centímetros.

"Es el poder del pene", interrumpe el hombre detrás de él: una silueta formada por el contraluz y cuyos rasgos se van delineando. El hombre repliega sus labios, sonríe y aparecen sus dientes separados; luego se dibujan las cejas pobladas, los párpados cansados, los ojos de color humo. Es Carlos Donoso. Es Carlos Donoso a los 64 años.

* * *

Y allí está.

Un hombre en una silla. Una silla en una casa sin señas particulares: una construcción de ladrillo, dos pisos, rejas blancas, en el barrio El Batán -vive entre Bogotá, Caracas y Miami-. Adentro un blackout oscurece el lugar que en su primer nivel consta de una sala, un comedor y al fondo la cocina que se insinúa en la penumbra. Arriba, el estudio, que es una versión doméstica del caos: una mesa abarrotada, dos computadores portátiles, una impresora, pocillos, bolsas plásticas, CDs, un cenicero lleno, papeles, un armario con cámaras y luces arrumadas, una biblioteca poblada en partes iguales por libros de humor, literatura, crecimiento personal y esoterismo.

Carlos a un lado, con un cigarrillo atrapado entre el dedo índice y el corazón: un Lucky Strike convertible -de bolita-, que en poco se sumará al cementerio de colillas de Lucky Strike convertibles. Su voz arenosa hablando por celular o contando orgullosa los logros de sus hijos -tiene cuatro, todos músicos- o soltando sus opiniones políticas o contando chistes. O, a veces -muchas veces-, todo al tiempo.

Entonces abre los ojos o, mejor, contrae lo que puede los párpados carnosos, como si los alzara con sus cejas, y pregunta, como pidiendo autorización, "¿te cuento un chiste?". Retórica. No espera y lo va despachando:

- En una patrulla va un negro y un latino, ¿quién va manejando?

- El latino (o el negro, da igual la respuesta).

- No, la policía. 

Suelta una risa discreta. El hombre que ha hecho reír durante más de 45 años no es un tipo de carcajadas; prefiere ponerse analítico con sus apuntes: "El humor, en una fracción de segundo, te describe una situación social", dispara con tono revelador, con la cabeza baja, dos dedos arriba -cigarro a bordo- y con la frente marcada por cuatro líneas profundas. Aspira el mentol del cigarro, lo suelta despacio y la columna de humo lo distrae lo suficiente para que comience a hablar de otra cosa. Cuando sus muñecos no están cerca, el ventrílocuo se pone conversador.

* * *

Ahora se levanta de la silla, camina a su habitación, cierra la puerta y 10 segundos después la vuelve a abrir. ¡Clap!, un portazo. ¡Clap!, el siguiente. Entre una apertura y la otra -lo hará varias veces y en todas tendrá el mismo cuidado de mantener a raya al fisgón- apenas se alcanza a distinguir una habitación oscura como una caverna, una cama king size y un baúl grande. El hombre vuelve acompañado del mono que, por cierto, camina. 

- Todo ese esqueleto lo inventé yo. El sistema que le acomodé es para que se pudiera mover sin hilos, sin mecanismos y con una mano -explica.

Sienta a Kini, lo mira. Mejor: se miran. El hombre le acomoda la corbata al muñeco, le ajusta la camisa. "Deja la maricada, Donoso, yo me arreglo solo", dispara el muñeco molesto. Carlos lo suelta, retira su mano, como si el monigote en efecto fuera capaz de molestarse. Kini, la estrella, toma el control y el ventrílocuo se desvanece, su personaje lo convierte en utilería.

"Kini se ha separado un poco de mí y ha cogido vida", contará Carlos, pero ahora es el mono el que conversa, el que interrumpe, el que habla de mujeres con ese humor incorrecto y, sí, misógino, que le arrancó carcajadas a toda América Latina. Todo es parte del show, así no haya show. Y el chiste es inevitable.

- Tú sabes que se han hecho estudios científicos y se ha comprobado que no existe la eyaculación precoz...

- ¿Sí?

- Sí, descubrieron que lo que pasa es que las mujeres llegan tarde a todas partes.

Hay dos risas cortas -la mía y la del fotógrafo-, pero Donoso, a un lado, parece distraído. Como naufragando en sus propias bromas.

* * *

Datos a saber de Carlos Donoso: nació en 1948 en Caracas, hijo de chilenos -un contador y un ama de casa- que migraron a Venezuela, hermano de seis -tres hombres y tres mujeres- y sobrino de un destacado científico que se dedicó al estudio de reptiles y anfibios -se llamó Roberto Donoso Barros y sus logros se describen en la Wikipedia-. Al primer ventrílocuo lo vio a los siete años por la televisión, se llamaba Paco Miller y tuvo el efecto simultáneo de cautivarlo y aterrarlo: "Yo me quedaba hipnotizado viendo al muñeco, pero odiaba al señor que lo castigaba y lo metía a la maleta, no lo soportaba". A los 17 decidió emularlo, pero sería hasta los 19 que lo lograría, cuando un amigo le regaló un muñeco maltrecho que él reparó y le puso un par de ojos azules -no los tenía- arrancados a una vieja muñeca propiedad de una de sus hermanas.

Era Kini. Era 1967. Y fue mexicano. Entonces la credibilidad para el humorista nacional era escasa y Donoso supuso que haciéndose pasar por extranjero tendría entrada. Y tuvo razón: lo contrataron. Luego lo contrataron más -al punto que ganó lo suficiente para pagar su carrera de Derecho-. "Y ya después me aburrí de esa vaina y empecé a cambiar el acento otra vez. Lo único que a ellos les importaba -a los dueños de los locales- es que se presentara Carlos Donoso y se les llenaba", recuerda. Un par de años después, un cliente de un establecimiento le regalaría a Lalo, que se convertiría en el yang de su primer personaje. "Necesitaba a alguien que le hiciera contrapeso a Kini y lo vi y me dije, '¿qué tal si fuera marica?'". Donoso tenía la segunda figura de su show.

* * *

Hay versiones sobre la relación ventrílocuo-muñeco: Héctor Zamora, el fotógrafo que me acompaña y quien también le tomó fotos hace un año, me dirá que escuchó a Donoso hablando con sus marionetas a solas, mientras él estaba en el baño. Fredy Chillón, amigo del humorista desde hace ocho años, también contará que "él los trata como personas, porque están como vivos", y que por eso, cuando recién se conocieron, Kini lo intimidaba "porque, como dicen ellos, es un coño de madre, y si le da papaya se la va a montar fuerte". Luego añadirá que "con el tiempo entendí que Kini realmente es Carlos al 300 por ciento, es la representación de esa personalidad mamagallista y loca". Su hijo mayor, Carlos Donoso Jr., explicará que la relación entre el personaje estrella -Kini- y su papá es fuerte por la historia que los une: "Ese mono es mayor que yo, ha viajado con él por todas partes del mundo".

"La gente tiene una experiencia cuando Kini está al frente: siente su mirada", dice Donoso. Y tiene razón. Esos dos ojos azules, rígidos y secos, de alguna manera miran, escrutan, transmiten estados de ánimo, porque sencillamente Donoso logra convencer, pero más aún, logra convencerse a sí mismo de su vida. Ese es el truco. Y quizá por eso los grandes de este arte han terminado dotando de humanidad a sus invenciones, desde el galés Arthur Prince, quien pidió ser enterrado junto a su esposa y con su muñeco Jim, hasta el estadounidense Edgar Bergen -para la mitad del siglo pasado el ventrílocuo más famoso del mundo-, quien desarrolló tal relación con su muñeco, Charlie McCarthy, que su hija, la hoy veterana actriz Candice Bergen, admitiría que en su niñez rivalizaba con él por la atención de su padre: "Hay fotos de Charlie y yo en pijama y listos para meternos en la cama (...). Son fotos realmente siniestras", diría en el 2000 a la revista US Weekly. Lo extraño es moneda corriente en la ventriloquia.

* * *

El Mac Book Pro está anclado en el dulzón saxo de Kenny G. Anochece. La luz azulada se filtra entre las persianas. De una sola calada el ventrílocuo consume varios milímetros de su cigarrillo, sacude la ceniza que cae pesada en el cenicero, viaja al pasado. Carlos es sus recuerdos: "Una vez en el Centro de Convenciones de Cartagena para terminar el show había una parte en que Lalo le dice a Kini que es el eslabón perdido de Darwin, y el chiste se trataba de que él -Kini- no sabía qué significaba, pero sabía que lo estaban insultado y que le debía mentar la madre. En Venezuela Kini le respondía 'coño de madre', pero aquí en Colombia el madrazo es distinto, aquí se dice 'hijueputa'. A mí me parecía muy duro, me golpeaba. Pero llegó el momento y no estaba seguro de soltarlo, entonces veo a Kini a los ojos y le pregunto mentalmente '¿la digo?', y él me mira y me dice: 'Dila'. '¡Hijueputa!'. Y se viene esa risa y me vuelvo a encontrar con la mirada de Kini y me dice: 'Esa era'. En el escenario él está vivo. Tú no puedes vender algo muerto, porque no vas a convencer a nadie".

Luego ríe y después ríe más: "¿Sabes qué me pasó una vez? Salí de una presentación y una tipa me invitó a su apartamento y me dijo 'quiero que saques a Kini'. Lo saqué de la maleta y empezó a besarlo con lengua y yo me quedé ahí, mirándolos". La carcajada lo dobla por primera vez. "Es que todos somos niños por eso aceptamos la vida en un muñeco, y esa es parte de la magia".

Hace un rato, por ejemplo, mientras caminábamos hacia el parque -Donoso, Kini, fotógrafo y yo- a tomar un par de retratos, una señora macilenta, en sudadera, con un french poodle y cara enjuta se quedó mirando al mono. Y le dijo con un rictus amargo: "¡Muñeco grosero!". Y siguió su camino indignada. Entonces Kini se volteó y le contestó: "¡Epa! ¿Por qué no le recoges más bien la caca a tu perro?". Y por un instante -excéntrico, absurdo, divertido-, muñeco y humana tuvieron una discusión.

* * *

Rarezas, todos las tienen. El cantante Caetano Veloso tiene una frase certera: "Visto de cerca, nadie es normal". Carlos hoy se levantó tarde, se puso una camisa negra, una chaqueta café oscura y un pantalón de lino. Se peinó separando su pelo por la mitad y lo dejó húmedo. Estuvo solo hasta que el timbre sonó cuatro veces y bajó calmado por las escaleras. Abrió la puerta y asomó su cara. Sonrió con esa sonrisa serena, indestructible. Saludó con aire paternal -"¿Cómo estás, carajito?"-, invitó a seguir, sirvió dos tazas de té -de té negro-, se movió pesado por la cocina. Habló de varias cosas: de su dieta para adelgazar, de sus hijos en Miami, de sus tres exesposas a las que llama con cínico humor "demonios". Miró a los ojos, hizo una pausa con intención dramática, chupó la cuchara y la elevó: "Yo creo en la causalidad, no en la casualidad", dijo como quien repite el primero de sus mandamientos. Bostezó, enroscó la mano con esos dedos gruesos, más de trabajador que de artista, y expiró un sonido leonino y desgastado.

Luego sacó del bolsillo de su chaqueta un smart phone de pantalla táctil, peleó con el aparato hasta que finalmente encontró una foto. En la imagen están él, Kini, Lalo y Marcel Marceau. El legendario mimo francés ríe y juega con Kini, mientras que Donoso, vestido de traje blanco inmaculado, con 20 años menos y un número ídem de kilos más delgado, apunta sus ojos hacia especialmente nada. "¿Por qué digo causalidad?", preguntó e inmediatamente se respondió: "Porque esta foto que ves yo la anticipé. Te cuento: estando en un restaurante en Venezuela, hace mucho tiempo, con uno de los demonios con la que yo estaba casado, estaba Marcel Marceau y le pedí un autógrafo, y después me inventé una historia y le dije a un amigo que fue Marcel Marceau el que se acercó a mí. Pero un año después él estaba terminando una gira en Cali y allí es donde lo conozco realmente. Entonces es el tipo el que se me acerca y me pregunta: '¿Usted no es el de los monitos?' -dice imitando el acento francés-. Mi mentira se volvió verdad -se emocionó, sus manos y dedos se dispararon al aire-, porque la mente lo proyectó. Eso no es casualidad, es causalidad", remató con una sonrisa satisfecha.

A las 6 p.m., Donoso tuvo ganas de almorzar. Fue al Carbón de Palo de la 19 con 106, saludó al portero como se saluda a un amigo. El hombre le devolvió un animado "¿Cómo está, don Carlos?". Don Carlos le dio un par de palmaditas en el hombro, luego escogió una mesa y pidió un filete bien asado, "como suela de zapato"; la mesera tomó la orden, él se puso coqueto, ella roja. El ventrílocuo más tarde trinchó la carne, engulló, bebió agua y, mientras hizo todo eso, siguió hablando del poder de la mente y puso de ejemplo a los alquimistas. Entonces se despachó, como quien ha esperado mucho por contar algo, y empezó a decir cosas como: "Esta gente -los alquimistas- está viva desde hace siglos y no ha muerto" o "resulta que Cristo se perdió mucho tiempo, porque estaba aprendiendo alquimia" o "el oro que se gastó Hitler era oro alquímico". Luego se inclinó sobre una hoja con la misma concentración a prueba de sismos de un niño que dibuja, garabateó números, hizo sumas y restas, habló de numerología, de futuros, de destinos. Al final se limpió los labios con la servilleta de tela, tragó otro bocado de carne ya fría y dijo -párpados estirados, pupilas brillantes-: "Voy a hacer una película en inglés. Ya tengo la idea. El personaje será un alquimista".

* * *

En nuestra última conversación, Carlos, con aire entre melancólico y orgulloso, muestra fotos de sus hijos y habla de cada uno. Resopla. La casa es un lugar grande. Saca un par de cajas en las que guarda las llaves que le otorgaron las alcaldías de Cartagena y Santa Marta, luego habla con cariño de Lucho Navarro, su gran amigo y comediante chileno que murió en 1994, de otros colegas también fallecidos como la Nena Jiménez y el Flaco Agudelo. Más tarde recuerda a sus exesposas. Una cosa lo lleva a la otra y comienza a hablar de mujeres, a dar consejos de un hombre que ha pasado por tres matrimonios. "Si las mujeres son tan buenas, ¿por qué Dios no tiene una? Porque sabe por qué al diablo le salieron cachos", dice apenas arqueando los labios hacia arriba.

- ¿Ha pensado en volver a casarse?

- Sí, claro. Mira, es que el hombre no puede vivir solo. Cuando estás solo eres mil veces más productivo -hace una pausa, lo piensa un par de segundos y la voz le sale baja, en una expiración-: pero estás solo.

El escudo del humor se fisura, el ventrílocuo se sume en un silencio breve y, por un instante, queda solo un hombre. Quizá un hombre solo. Pero enseguida se recupera, lanza una broma, se sacude. Kini, arriba, reposa en una maleta, pero todo vuelve a él. "¿Quieres saber por qué le puse pene?", pregunta como quien se dispone a revelar un secreto: "Porque lo necesitaba". Los dientes separados aparecen debajo de los labios contraídos, la cara se ablanda. No es difícil imaginarlo como un Gepetto dotando -dotando- de vida a su marioneta, encontrando en ella a su compañero. Mi expresión debe ser grave porque enseguida suelta: "¿Sabes qué dice Kini? 'Ríete, coño, que el cementerio está lleno de gente seria e indispensable'".

Julian Isaza

Herramientas

Publicidad

Paute aquí

Patrocinado por:

ZONA COMERCIAL

Paute aquí

Reportar Error

¿Encontró un error?

Para eltiempo.com las observaciones sobre su contenido son importantes, permítanos conocerlas para, si es el caso, tomar los correctivos necesarios, o darle trámite ante las instancias pertinentes dentro de la Casa Editorial El Tiempo (CEET). Por favor, incluya su nombre y correo electrónico para informarle del seguimiento que le hemos dado a su observación.

Los campos marcados con * son obligatorios.

*
*
*

Respuesta

Recordar clave

Recordar clave

Por favor, escriba la dirección de correo electrónico con la cual se registró.