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Postre de notas / Adivinen lo que iba a pasar

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Caricartura de Matador

Ilustración de Matador para el Postre de Notas.

Solo para confirmar la fragilidad de las predicciones de los profetas contemporáneos me he puesto a revisar algunos de los anuncios formulados hace menos de cien años acerca de lo que iba a ser el siglo XXI. Un interesante libro titulado (en inglés) Ni en un millón de años recoge muchos de los pronósticos de supuestos expertos sobre la vida en el año 2000. En mi próxima columna me detendré en el anticipo más preocupante. Por ahora hago un repaso general.

No se imaginan el sartal de estupideces. Que al despuntar el tercer milenio el cáncer sería más fácilmente curable que la diarrea; que el ser humano viviría 150 años; que los dientes desaparecían en el 2000 porque la comida sería puras pepitas; que solo trabajaríamos dos o tres horas al día gracias a la tecnología; que habitaríamos en edificios de 200 pisos; que cada quien viajaría en su helicóptero personal; que los escolares aprenderían las materias gracias a conexiones electrónicas dirigidas al cerebro...

No hubo territorio que no fuera materia de presagios: la salud, el transporte, el espacio, la vida doméstica, la educación, la ropa... Casi todo resultó falso, mentira, equivocado, pura paja. Lo malo es que no se trataba de las adivinanzas del doctor Goyeneche ni de visiones monstruosas de consumidores de droga, sino de informes preparados por especialistas y publicados en revistas y diarios tan serios como Time, Mecánica Popular y The New York Times.

Este último, por ejemplo, publicó en 1931 las prognosis de pensadores sobresalientes acerca de los siguientes 80 años. El físico Michael Pupin previó la llegada de "una democracia industrial que garantizará al trabajador una porción justa de la riqueza que produzca". ¡Ja! Otro sabio, el economista Ray Zablocki, advirtió en 1972 que "las pérdidas en las tarjetas de crédito serán tan colosales en los años ochenta, que desaparecerá este sistema". Doctor Zablocki: lamento informarle que las tarjetas sacaron corriendo al dinero.

Flotaron toda clase de delirios, pero nada como los espaciales, tanto los pesimistas como los optimistas. Un sabio gringo, T. A. M. Craven, aseguró en 1961 que era imposible pensar que pudieran utilizarse satélites espaciales de comunicaciones para mejorar la señal de televisión y telefonía. Un famoso inventor, Lee de Forest, descartó por completo en 1926 la posibilidad de trasladarse al espacio: "Puedo asegurar que el tal viaje con seres humanos nunca ocurrirá, no importa cuanto avance la ciencia".

Otros, en cambio, no vacilaron en anunciar que al comenzar el nuevo milenio el espacio extraterrestre sería un lugar muy concurrido, con extrañas criaturas verdes que aterrizarían en nuestro planeta y terrícolas que saldrían de viaje a la galaxia como quien va a Melgar. El experto Gerald Snyder quiso ser preciso y dijo que en el año 2002 vivirían "dos mil personas en la Luna y diez en Marte". ¿Efectos del alcohol?

Eso sí: nadie anticipó la aparición de internet, los computadores portátiles, el teléfono que toma fotos, la cirugía a través de huequitos ni la caja de bolsillo capaz de albergar 25.000 canciones.

No recuento, para que no avergüencen de la mísera sabiduría humana, las predicciones sobre el fin del mundo. Ya hemos superado quince o veinte fechas del Armagedón, pero prepárense, porque el 21 de diciembre de este año sí va a ser la debacle. El cálculo se basa en la astrología maya y no sé qué otros datos astronómicos. Lo cierto es que ese día -viernes, por más veras- todo volará en mil pedazos, desapareceremos los seres humanos, grandes incendios consumirán la Tierra y morirá el planeta.

Nos vemos el 22 para comentar qué falló en esta ocasión.

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