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Postre de notas / Nada extraordinario

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Nada Extraordinario

Juanes narró a la prensa cierta experiencia extraña que sufrió hace unas semanas, cuando divisó unas naves interplanetarias que trazaban en el cielo nocturno figuras geométricas multicolores. Convencido de que hay vida en otras galaxias, intentó precisar el aspecto de los extraterrestres que las conducían, pero no lo consiguió. El fenómeno ocurrió en Ginebra, pero sin ginebra.

Al terminar de leer la noticia miré a mi alrededor y me percaté de la vida tan monótona que llevo. Mi mujer, en la calle haciendo mercado. En la mesa, café y retazos de prensa. En el radio, música clásica. A mis pies, 'Ceniza', la perra que me acompaña con su mirada inteligente y sus orejas paradas. Todo igual todos los días. Todo previsible.

Entonces exclamé en voz alta para mí mismo: "¿Por qué a mí nunca me pasa nada extraordinario?"

Seguí hurgando los recortes de prensa y me topé con otro caso más apasionante que el de Juanes. En Puerto Gaboto (Argentina), un ovni secuestró a una vaca y la llevó al espacio estelar. Asombrados campesinos vieron cómo la nave interplanetaria "se chupaba la vaca y luego desaparecieron ambos".

Platillos voladores de colores... Vacas abducidas por marcianos... ¡Eso es vida! No como mi existencia, aburrida, monocorde, repetitiva.

Otro recorte correspondía a una noticia del 2001 procedente de España. En un bar de pueblo bebían vino y cerveza unos amigos cuando apareció ante ellos "un ángel radiante de grandes alas". El personaje celestial les dijo que se marcharan del bar, y recomendó que contactaran con sus respectivos ángeles de la guarda. Alucinados, los amigos abandonaron para siempre el vicio.

"¿Será que yo no tengo ángel de la guarda?", me pregunté angustiado en voz alta, porque este amigo alado nunca tuvo la cortesía de romper la noria de mi vida con una breve aparición. Los sucesos insólitos parecen reservados a otros. A mí me toca siempre lectura, café y la omnipresente 'Ceniza' que intenta dormitar en la alfombra.

Descubro luego que una abuela de Ohio (Estados Unidos), sorprendió y fotografió a dos fantasmas en trance de hacer el amor. "Nunca había visto nada igual -declaró la dama-: ¡fantasmas que tienen relaciones sexuales en la sala de mi casa! ¡Fue horrible!"

Juro que me produjo envidia la señora de Ohio. Una revolcada fantasmagórica a domicilio aterra al más valiente, pero es mejor que el aburrimiento. A mí no me ocurre nada de esto.

Tampoco me sucede algo tan habitual como es una aparición de la Virgen. Leí que cada año el Vaticano recibe reportes de decenas de visitas de la Virgen. Los argentinos tienen el raro privilegio de atraer especialmente a María Santísima. Una vez la milagrosa señora salió al paso de un bus escolar en la provincia de Buenos Aires y otra vez encabezó el rezo del rosario en Tres Cerritos, provincia de Salta. Todos la vieron. Para variar, el año pasado saludó a sus fieles en Costa de Marfil y en Japón.

Yo ni siquiera he disfrutado de una visita de la Virgen. Para rematar, repaso las noticias colombianas y descubro que el antiguo comisionado de paz se comunica telepáticamente desde su refugio con sus amigos políticos. No sé para qué tanto esfuerzo, habiendo Internet, fax y teléfono móvil. Pero sobra decir que yo nunca pude establecer diálogos mentales con nadie.

"¿Por qué, Dios mío -clamé al cielo-, nunca me ocurre nada anormal?"

En ese momento, desesperada porque no lograba conciliar el sueño, 'Ceniza' se paró frente a mí y dijo en voz audible:

"Por favor, jefe, no más gritos, que estoy tratando de echar una siesta".

Me pareció totalmente justo el reclamo de la perra. Guardé silencio y me resigné a que en mi vida nunca suceda nada extraordinario.

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