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Mayo 8 de 2008

Levantarás (con sudor) tu frente

Una argentina que pasó seis meses en Bogotá, regresa a su país y pone a prueba su seducción en tierra natal. La salsa quedó atrás y ahora llega el tango. Crónica de una treintañera que dedicó un día al complejo arte del levante.

11 am: 1:45 pm

Rouge, alargador de pestañas, lencería oscura: ya separé mis herramientas de trabajo para el día dedicado al levante. Mientras me duchaba -un 8 % de mi sueldo invertido en exfoliante corporal, jabón líquido con esencia de verbena, champú, acondicionador y serum de laboratorio francés- intentaba calmar las costras de las axilas por la cera demasiado caliente y reconstruía cómo llegué a esto.

Durante mi estadía en Bogotá, donde los hombres me paraban bolas gracias a ese halo glamoroso que envuelve a las extranjeras, un mail desde Buenos Aires me alertó sobre lo que me esperaría de regreso.

Era mi amiga Vicky despotricando contra los hombres, contra esa apática iniciativa para conquistar, contra la bendita histeria. "Venite: este es el paraíso tropical del levante", le propuse en mi respuesta, "disfrutemos del efecto 'Flautista de Hamelin': alinear los ratones masculinos detrás de nuestro acento". La respuesta de mi amiga fue que no hacía falta exiliarse, que quizás levantar, como tantas otras cosas en la vida, fuera cuestión de un metódico esfuerzo.

Por eso hoy, ya de regreso en mi ciudad, decidí calzarme el overol (o la falda) para transformarme en proletaria del levante. Valga este registro como prueba de mi voluntad.

A partir de los treinta años, bañarse y vestirse lleva cuarenta y cinco minutos, y no veinte, como antes. Las cremas para el rostro y cuerpo son más densas, tardan en penetrar. Entonces aprovecho para repasar mi plan de hoy y poner en claro las metas.

Mi objetivo máximo: alzarme con mi Fenotipo Ideal (FI). Es decir, un treintañero económicamente independiente, afectivamente destrabado, socialmente presentable, civilmente no comprometido, sin antecedentes penales. ¿Será mucho?

Objetivo intermedio: pasar una grata velada en compañía de un ejemplar XY, masculino y fogoso, a fin de iniciar amistad con posibilidad efectiva de promoción a romance.

Objetivo mínimo: no despertarme al mediodía por el timbrazo de mi madre recordando que prometí acompañarla al vivero, sola y enguayabada, entre bolas de pelo del gato, abatida por los patéticos recuerdos de la noche.

15:30 pm

Vestida cool, pero femenina -falda amplia y sexy, blusa retro- fui a ver una película independiente.

Provechosa ocasión de levante: la fila, la oscuridad de la sala, la excitación del ambiente indie.

Un viernes al mediodía, además, recorta un target ideal, solo asisten profesionales independientes o estudiantes de posgrado que aprovechan creativamente el horario de almuerzo. Ni peladitos universitarios, ni hombres casados (a los treinta ya no puedo seguirle la rumba a ninguno).

Compré una boleta de más para revenderla con la excusa de una supuesta amiga que no podrá llegar.

Miro con aire casual el perímetro de la sala, me acerco a un mono con una laptop en su morral, pero ya tiene boleta.

Le ofrezco la boleta a un musculoso con sudadera de "Sex Pistols", pero a poco de hablar caigo en la cuenta de que es demasiado moderno, asexuado.

Tengo que regalarle la boleta a una adolescente. Mientras aparecen los primeros títulos me pregunto si existirá el amor o será sólo un mito creado por Hollywood para robarnos el dinero.

19:30 pm

Entro a Facebook. Juan actualizó su foto. Le envío un mensaje discreto "¿foto nueva, vida nueva?" Entro al msn. Nacho está conectado. Le cuento sobre mi viaje a Bogotá, me hace preguntas generales primero y personales, después.

Espero diez minutos antes de responder que ya no estoy con novio y luego le propongo "seguir la cerveza mediante".

Dice que hoy tiene un cumpleaños. Escribo "Ah...", luego repito los puntos suspensivos, pero él no reacciona. Al rato vuelve al chat para preguntarme por un veterinario de confianza para su gato que defecó con sangre.

Maldita banda ancha. Mando mensaje de texto a Pedro, un bombonazo de escritor que me tiró los perros en el Hay Festival de Cartagena. Me invita a su departamento. Acepto. Antes de cortar le cambia la voz, y como al pasar me advierte que tiene novia. "¿Te molesta?" pregunta.

21:45 pm

Por suerte llega mi amiga con novedades que me hacen desistir del plan escritor promiscuo- egocéntrico-seguro-qué-malpolvo.

Fede, un antiguo compañero de universidad, nos invita a una fiesta con sus amigos de fotografía. Todavía falta, así que aprovechamos para maquillarnos, para charlar.

Me pongo un black dress, un sobrio caballito de batalla, que combina genial con las uñas carmín y las gafas de carey. Antes del rouge abrimos la primera cerveza. La charla decae y volvemos a Internet. Mi nick esta semana en los portales de levante fue "Buscadora de F.I." (varios creyeron que estudiaba en la Facultad de Ingeniería), y Vicky, que juega de naif o le gusta la pose ingenua, eligió "Con ánimo de amar", supuesto homenaje cinéfilo.

Todos parecen freaks, así que mejor salir ya a un bar bonito de la zona y pedirle a Fede que nos recoja por ahí.

22:50 pm

En la mesa sobre la acera, pido vino blanco y por las dudas también gaseosa (quiero estar atenta: no soy de las que codean a su amiga cuando pasa un tipo que les gusta. Más bien, aun a riesgo de hernia ocular, los incluyo en mi campo de visión).

Detecto un moreno con chaqueta de cuero que toma algo cerca de otro de gafas. Me sonríe. Voy al baño y, al pasar cerca de él, le devuelvo una sonrisa de "fresco, voy a dejarme".

Al salir me acerco para decirle que si ve al camarero, por favor, le pida que nos lleve los tragos (los camareros no escapan a la ley del macho latino y suelen evadirse de sus funciones). "OK", responde, y al rato agrega: "y, si no, vamos a otro sitio". Mi esperanza de levante renace.

23:30 pm

Antes de que Fede pasara a buscarnos para la fiesta, tuve tiempo de intercambiar celulares con Nico "chaqueta negra" F.I. También le dejé la dirección de la rumba por si más tarde él y su amigo querían caer.

En el carro del padre de Fede, Vicky va de copiloto y yo, entre las frenadas en kioscos que hacen las chicos para comprar petacas, quedo entre los dos, ambos divinos. Los dos me miran. Algo borracha, hago chistes que ellos, también algo borrachos, festejan. El cielo es el asiento trasero de un Peugeot, con dos bombones que te miran como si tuvieran ganas de besarte, pienso.

00:40 am

Llego a la fiesta que es lo más cercano al Arca de Noé que vi en mi vida: parece que todos están en pareja. Estoy arrepentida de no haberme quedado en el bar, y para colmo pasan "La camisa negra", de Juanes, que me hace acordar a Nico "chaqueta negra" que no llama, que quizás nunca llame y eso me pone de mal humor.

Busco a mi amiga. No está por ningún lado. Pido un blue margarita, y al rato otro. Un rubio se acerca a la barra y me saca a bailar. Bailamos un rock y dos reggaes, pero tiene el ritmo dominado por algún alucinógeno o problema motriz y prefiero seguir bailando sola.

1:59 am

Vicky baila con Fede de manera bastante morbosa y no sé si me da rechazo o envidia.

2:38 am

Con dos copas más, el exilio como horizonte posible y la autoestima pesándome como lastre de buzo, prefiero aceptar la derrota.

Salgo para tomar un taxi y veo que Vicky y Fede se besan recostados sobre la pared de un graffiti que dice "Legalice marihuana".

Por suerte, antes de que el chofer arranque me doy cuenta de que dejé la campera y vuelvo corriendo a la fiesta, y justo cuando buscaba sencillo en la cartera para pagar el guardarropas, siento esa reconfortante vibración de mi celular un viernes posalcóholico.

Nico. Que me había buscado en una dirección equivocada, que ya llegaba, que no me fuera.

Cuando lo saludo, por el frío de su cara noto cómo bajó la temperatura. Bailamos un poco y, aunque también baila mal, esta vez no me molesta. Pero me burlo. Si no fue en la academia de danzas que nos conocimos, le pregunto. Dice que no, pero que mi cara le suena de un casting para dobles del payaso Crusty.

Busco mi reflejo en sus lentes y me río porque tengo todo el rouge corrido. Quiero ir a buscar una servilleta para arreglarme, pero Nico dice que no, que no haga nada porque le gusta así, justo antes de pedirme un beso.

POR CAROLINA SBOROVSKY, DESDE BUENOS AIRES.

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