Febrero 15 de 2007
Aprenda a vivir y a gozar el Carnaval de Barranquilla desde los ojos de un cachaco
Música, baile, tradición y folclor se toman todas las calles de La Arenosa.
El cachaco sale del aeropuerto y entra directamente a un mundo distinto, que por unos días se rige con reglas diferentes a las del resto del planeta. El cachaco pasa del páramo al Caribe, de la montaña al mar. Pero mucho más lejos que eso, llega a un terreno tan material como inmaterial, a un universo que está de fiesta y que confabula para que él, hombre de tierra fría y trato distante, se una, si así lo quiere, si no, que mire. La celebración seguirá.
Es época de preparar el carnaval y el cachaco lo sabe. Intuye desde lo que vio en la pantalla un desorden, una apoteosis trasgresora, en la que las palabras manidas y remanidas son mágia, color y alegría. Conceptos al aire que repite la presentadora de noticiero vía microondas desde un palco, en donde la imagen es gente y gente bailando, sacudida por un remezón que parece casi impensable en el mundo de la inmediatez.
La gota salada en la sien
Hace calor, mucho calor. La gota salada emerge de la sien y se une con otras. El cachaco lleva su procedencia inscrita en la frente, pero esta tierra también se abre para foráneos. El hombre del taxi sabe que su pasajero no es de por aquí y con esa amabilidad propia de la gente de la costa, lo invita a vivir estos días, le hace un pequeño recuento verbal de sitios y acontecimientos, que terminan por emocionarlo y lo obligan a ponerle banda sonora a la charla con el Joe Arroyo.
Los sonidos se lanzan a la atmósfera desde poderosos sistemas de audio en los carros. Las esquinas se invaden de personas alrededor de un automotor que reproduce la estridencia espasmódica pero agradable de una fiesta, que comienza a contaminar con verdadera gracia. Es el impulso eléctrico que parece vital a primera vista, la carga de alta tensión con la que los barranquilleros empiezan a llenar sus baterías para los cuatro días de clímax. Estamos a una semana de la cúspide y ya la rumba se comienza a sentir.
En los barrios, desde el pobre hasta el rico, se habla de lo que se viene. El Joe grita que la tortuga estaba debajo del agua. El Joe, según dicen, está enfermo. Qué vaina. También están el ubicuo vallenato, la cumbia y toda la variedad de ritmos que estas tierras paren sin esfuerzo, por la simple costumbre de ponerle sonido a la vida.
Las agrupaciones ensayan en las casas y hasta en la calle, donde musicalizan bailes. Tambores grandes y pequeños (que seguramente tendrán sus nombres técnicos) retumban como la aceleración cardiaca de una ciudad agitada y excitada, que se acompaña de miles de gaitas que se riegan como virus por su geografía. Los músicos están en lo suyo desde mucho antes, preparan sus acordes llenos de folclor y tradición para un festejo de proporciones épicas. El cachaco oye más de lo que mira. Primera conclusión: el Carnaval de Barranquilla es música.
La revolución de febrero
En Barranquilla la vida es tan dura y blanda, como en cualquier otra ciudad. Pero por estos días todo parece mirarse a través del cristal del gozo. Quizás por eso las personas hacen una inversión importante en tiempo, energía y, a veces, en dinero, para conformar su gran revolución en febrero. No importa si se es médico, gerente, vendedor, mensajero o comerciante de esponjillas, pues de todas las procedencias muchos acuden al llamado que borra fronteras y se disponen a disfrutar y dar el show.
Las comparsas se vuelcan a las calles dos días a la semana. Llegan las personas de todos los lugares, porque esta es una reunión de compadres y el baile se convierte en el disolvente universal de la amargura, del aburrimiento, de lo de todos los días. Es la aparente última oferta del embrujo, de la esperanza y de la felicidad, por más que todo esto esté condenado a cuatro días de vida.
Así es, desde septiembre no hay cansancio que valga para dejar de ensayar pasos y coreografías, para competir con otros que hacen lo mismo a lo largo y ancho de la ciudad. Son decenas de grupos que, con disciplina marcial, se unen en las calles y parques.
El cachaco no entiende esa disposición, ese capricho de arrebatarle horas a la noche para que el desorden sea ordenado, de eso poco se ve en su tierra.
Carlos Sojo, uno de los tantos al frente de una comparsa, grita y ordena y se rasca la cabeza intentando que su grupo (de todo un poco), finalmente logre la pretendida coordinación. Mientras que la casi centena de integrantes dejan que sus cuerpos permitan que el ritmo los abrace y sacuda, porque aquí están para bailar, para bailar entre todos, para encarnar monocucos, marimondas y garabatos. Ese parece uno de los sentidos, la intención de que el músculo se afloje y se deje penetrar por la alegría y la sensación de estar armando todos juntos la más grande fiesta. Segunda conclusión: el carnaval es baile.
Los colores explotan
Las máscaras caen como racimos de los puestos de feria artesanal. Los colores explotan en los ojos, el maquillaje moldea las caras, los vestidos se convierten en fantasías y en todas partes siempre hay alguien dejándose a la metamorfosis carnavalera, que transforma al simple homosapiens en una criatura fantástica y fabulosa, que imita con humor lo que construyó la naturaleza y se burla con descaro de los artificios e imposiciones de su sociedad.
Tigres, toros, congos, marimondas y curas Hoyos.
Representaciones de lo que pasa y de lo que siempre estuvo. Es momento del disfraz, de ser otro con el salvoconducto que solo puede otorgar otra cara, otro rostro menos creíble o, más bien, increíble. Se trata de dejar ser el que se es y cambiar al que se quiere ser.
Es parte de una tradición que, por lo visto, honra a la mutación.
Una tradición que se reproduce en talleres y en las manos de expertos artesanos, que mantienen viva una identidad de mil caras, que luego es asumida por disfrazados de toda Barranquilla que se asumen en su rol: si eres marimonda, eres un 'mamagallista' profesional, si eres congo, eres más serio y elegante.
Todo parte del propósito de dejarse perder, de eso que se inventaron los que se ponían una capucha hace décadas, para que la mezcla social en el carnaval no tuviera una repercusión social, pues hay que decirlo, la exclusión es un elemento que se presenta con o sin carnaval. Por eso se idearon (ricos y pobres) una forma de saltarse las reglas que se institucionalizó, una manera para no ser identificados y, al tiempo, ser igualados. Era el capuchón que, con el tiempo, se convirtió en monocuco.
Que lo diga Mirtha Buelvas, investigadora de la cultura popular: "en el Carnaval de Barranquilla se encuentran hoy expresiones populares culturales donde el significado que traían de su sitio de origen, se fue transformando y fue adquiriendo un uso diferente a partir de reapropiaciones sociales por comunidades diferentes a las de su origen".
Pero más allá de cualquier explicación sobre los orígenes, a este cachaco lo que lo impresiona es la capacidad teatral del barranquillero, que sin problemas deja de ser un trabajador o universitario promedio y enseguida se vuelve un arlequín, una marimonda (en sentido más estricto). Tercera conclusión: el carnaval es transformación.
Que viva la revolución
Que viva la mezcla, la subversión de lo establecido, la fiesta y el arte de la misma. Sí, hay problemas, hay quejas de la separación por estratos, de palcos que dividen, pero también hay una alegría inmensa, unas ganas de festejar como pocas. Este el espacio y el tiempo del carnaval, de la risa, de la cultura que se toma de brillo y color absolutamente todo, del barranquillero que ofrece un roncito por el solo placer de hacer sentir a este cachaco como en casa, de esos hombres y mujeres caribe que por unos días le gritan al mundo que son felices, a pesar de todo. ¡Que viva Barranquilla! Cuarta conclusión: es verdad, quien lo vive es quien lo goza.
De máscaras y tradiciones
¿Qué sería del carnaval sin las máscaras, sin ese instrumento que permite asumir otra identidad por unas horas? Es difícil saberlo, pero seguramente no sería tan divertido. José Llanos es un hombre entrado en años, un poco callado y el dueño de uno de los talleres de elaboración de máscaras para el carnaval con mayor tradición en Barranquilla y sus alrededores: Selva africana.
En Galapa, un pueblo cercano a la capital del Atlántico, donde nació y donde aún vive, él aprendió este oficio arraigado en su cultura al ver a una familia vecina que se dedicaba a este arte. De tanto mirar, un día se fue al río y comenzó a ensayar sus propias máscaras hechas con la arcilla del lugar, que con el tiempo se convertirían en objetos realmente apreciables para los barranquilleros y foráneos.
El taller funciona en su pueblo, donde lo ayudan sus hijos Luis Demetrio, José Francisco y Javier, además de otros muchachos de la región intrigados con el oficio. Aquí, entre todos crean una variedad impresionante de máscaras, en las que se destacan las de animales africanos (de ahí el nombre del taller), que manufacturan con arcilla y papel, para luego pintarlas con colores vivos. "Las máscaras quitan la pena", dice José, riéndose, sobre la capacidad que dan sus creaciones para convertirse en otro.
El producto final sale a la ciudad e incluso al mundo, pues don José (humildemente) ya es conocido en varios lugares del planeta, un hecho que consta en una inmensa pared tapizada de premios y diplomas que hablan del poder creador de un hombre de nuestro caribe, así como de la riqueza que ofrece el folclor que impresiona tanto a los extranjeros.
Julián Isaza
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