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Febrero 15 de 2007

Postre de notas / El caso de la babilla disecada

Por: Daniel Samper Pizano

Considérenlo un acto de protesta ecológica, porque fue así como empezó. Descubrí en un almacén de artesanías de Cartagena una babilla disecada, y me entró el yeyo. El doble yeyo, mejor dicho: uno, al ver de qué manera aniquilamos la naturaleza los colombianos; y otro, por la deplorable imagen que significa una babilla difunta rellena de aserrín para que pueda permanecer por toda la eternidad erguida, con un sombrerito vueltiao y un parasol en la mano. Así era la babilla que descubrí en el almacén de artesanías y que vendían por 250 mil pesos. Pasé una noche espantosa. Se me aparecía la babilla en sueños, con su sombrerito de juguete y su sombrilla para muñecas, y me gritaba "¡Libérame, libérame! ¡No me dejes aquí abandonada!" Entonces la veía llorar entre carrieles antioqueños, falsos tunjos chibchas, chivas polícromas de variados tamaños, pulseritas tricolores y guacharacas con una muralla pintada y el consabido letrero de "Souvenir of Cartagena". Eran lágrimas auténticas de babilla, no lágrimas de cocodrilo. Al despertarme, prometí que iba a hacer algo para combatir la captura, muerte y taxonomía de la babilla con fines folclóricos o artesanales. Mi primera reacción fue demandar, entutelar, acudir a las autoridades medioambientales.

Para eso, llamé a mi amigo Rafael Vergara, incansable defensor de la naturaleza y le pregunté ante qué funcionario debía presentar la denuncia.
 
- No pierdas tu tiempo -me dijo Rafa-. Yo no he logrado conmover a ninguna autoridad para que proteja el espacio público, imagínate si les va a importar una babilla con paraguas. La impunidad es total. El 96 por ciento de las denuncias por delitos ambientales precluyen, para dicha de los invasores de playas y de islas. La Fiscalía considera que no se cometen delitos contra los recursos naturales y el medio ambiente. El caso de tu babilla disecada hará que se mueran de la risa. Créeme: no moverán ni un dedo. Supe entonces que me tocaba actuar por cuenta propia, y me dirigí al almacén de artesanías dispuesto a robarme la babilla, para impedir que el obsceno espectáculo de un animal silvestre disecado siguiera ofreciendo la imagen exacta de la manera como abusamos de la naturaleza. Tuve éxito, aunque solo parcial. Como lo temía mi mujer cuando le expuse mi plan, terminé consiguiendo la babilla, pero pagada. El vendedor me notó las ganas y subió el precio. Desembolsé 320 mil por ella, pero pude liberarla de su prisión comercial y llevarla a casa.

Al llegar, mi mujer me mostró el baúl donde debía guardarla. Pasé otra noche de pesadilla en que imaginaba a la babilla sumergida entre zapatos descosidos, llaves viejas y camisas rotas, objetos que pueblan el baúl. Era una crueldad con este animalito que meses atrás chapoteaba libre y feliz en charcas malolientes y jugaba con sus hermanas a despedazar pescados. A las cinco de la mañana no aguanté más. Me levanté, saqué la babilla y la puse encima de la mesa de la sala.
 
- No hay la menor posibilidad -anunció mi mujer mientras la retiraba con repugnancia cuatro horas después.
 
- Un momentito -dije -. Tenemos que mandar un mensaje claro contra la cacería antiecológica.
 
- El único mensaje claro que estamos mandando es contra la estética. Además, la gente va a pensar que nos gusta disecar babillas.
 
- Si quiere le colgamos del cuello un letrerito que diga: "Esto no se hace".
 
- Ni hablar. Eso no se hace.

Intenté acudir a sus sentimientos ambientalistas.
 
- Si toleramos que negocien con especies en vía de extinción, lo que hoy es una babilla disecada será mañana un collar de dientes de tigrillo, pasado mañana una cabeza de oso panda en la oficina y después un abrigo de piel de concejal honrado. No logré conmoverla. La babilla regresó al baúl, y a la madrugada la rescaté y la entronicé en mi escritorio. Pero allí tampoco permitió mi mujer que se quedara, a pesar de que me puse bravo y la llamé "glifosfatadora" y "babillicida". Cuanto intento hice por darle un lugarcito discreto en mi casa tropezó con la incomprensión de mi mujer. Finalmente, el miércoles se atrevió a lanzarme un ultimátum:
 
- O se va ella, o me voy yo. Le doy una semana para que decida. Considerando la magnitud del atropello y la brevedad del plazo, les juro que mi babilla y yo lo estamos pensando.

cambalache@mail.ddnet.es

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