Hay más Yulianas / Voy y vuelvo

Hay más Yulianas / Voy y vuelvo

Desde el caso de Rosa Elvira Cely, la ciudad y el país no habían estado tan conmocionados.

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En el país hubo indignación general por el feminicidio y violación de Yuliana Andrea Samboní Muñóz.

Foto:

Juan Diego Buitrago / EL TIEMPO

11 de diciembre 2016 , 07:38 a.m.

¿Qué pasó con esos tiempos? Cuando todo lo compartíamos, todo lo disputábamos, todo nos lo contábamos, todo lo soñábamos, todo lo alcahueteábamos. Qué tiene la vida, qué tiene el destino, que con el pasar de los años todo lo cambia: nuestra forma de pensar, de actuar, de ver las cosas, de asumir los riesgos, de valorar lo que se tiene, de querer, de odiar.

Son reflexiones que seguramente hoy se deben de estar haciendo los hermanos de Rafael Uribe, el joven arquitecto sindicado de haber cometido el crimen que se llevó por delante la vida de una criatura que era feliz con solo correr por las calles de su barrio, inocente, intrusa en una ciudad a la que su familia había llegado con el único pedido de una oportunidad.

(También: Dos hechos claves sacuden la investigación por crimen de Yuliana)

Son reflexiones que deben de estar haciendo los hermanos de aquel que lo tuvo todo. El amor incondicional incluido. Tan incondicional que terminaron atrapados en la misma red de infortunios y desdichas. Rafael lo tuvo todo, sí. O casi todo, pues le faltó aprender la lección de reconocer los errores por las acciones y decisiones que uno toma en la vida.

Desde el caso de Rosa Elvira Cely, nunca la ciudad y el país en general habían estado tan conmocionados. Era el tema de conversación en la esquina de la carrera 8.ª con calle 12 de la fría mañana del pasado miércoles. Era la primera página de todos los periódicos colgados en los quioscos. Era la línea abierta de las estaciones de radio y el maná de las redes sociales, que, como ya es costumbre, dejaron ver sus desmanes y apocamientos.

Por un instante, parecía que el tema ya no era la pequeña Yuliana y su terrible final, ni su familia devastada, ni sus vecinos acongojados, era la guerra por quién especulaba mejor, quién insultaba más, quién provocaba al otro. Y entonces la cloaca de la red se convirtió en tinglado político. Verdaderas bajezas se dijeron los del no y los del sí; politiqueros de ocasión se volvieron adalides de Yuliana y de todos los niños del país; se culpó al colegio, a la universidad, al entorno por haber formado un “monstruo”, como si aquello fuera cierto, como si verdaderos engendros no hubieran parido las redes sociales para sembrar el rencor que solo ayuda a cosechar confusión y a esquivar la verdad.

Por fortuna, la voz serena y firme del fiscal general, Néstor Humberto Martínez, nos puso a todos de acuerdo: habrá justicia inmediata.

(Además: Investigadores de Estados Unidos apoyarán caso de crimen de Yuliana)

De Yulianas está lleno este país. Las que sufrieron humillaciones similares en la guerra que hoy muchos quisieran prolongar; las que no encontraron el juez ni la justicia que les devolvieran parte de su dignidad sino que, por el contrario, las revictimizaron al dejar a sus atacantes libres por ahí, al acecho; las que son obligadas a ejercer el oficio más antiguo del mundo, pomposo nombre que se le da a una actividad que recluta a miles de Yulianas como si fuera la cosa más normal del mundo.

Hay una Yuliana en cada niña y cada niño que es explotado, vejado, maltratado, humillado o abandonado. Ese es el verdadero sentido de esta tragedia: la angustia que produce saber que en este instante algún menor puede estar siendo sometido gracias a que cumple el único requisito exigible: su propia fragilidad. Y mientras tanto, acá seguimos especulando, insultando, publicando falsas verdades o sacándole provecho personal y político a semejante infamia.

Gilma Jiménez, ¡cuánta falta haces en momentos como este! Esa voz combativa, valiente, que puso a temblar a tanto abusador que no halló fronteras para esconderse, que retumbó en los recintos del Congreso para pedir justicia, para que los honorables parlamentarios se dejaran de leguleyadas y sancionaran ejemplarmente a los abusadores; que llegó hasta el propio Palacio presidencial y a las vallas de la ciudad mostrando el rostro del criminal. Pero te fuiste, y aquí seguimos, en las mismas.

Hay un drama inconmensurable en la familia de la pequeña del barrio Bosque Calderón. Hay amargura por la suerte que les tocó correr. Nadie les regresará lo que se les arrebató. Nadie les explicará por qué ella, por qué ellos, por qué el destino es así. Solo quedan el infortunio y una humilde morada a la que hoy adornan solitarios globos rosados, un pequeño altar y desde donde es posible divisar la gran ciudad que se tragó a la pequeña de largos cabellos negros.

Es también el drama de la familia del victimario, a quien ya no le caben más epítetos ni más adjetivos porque simplemente no existen; es la familia que se despertó una mañana para descubrir el fin de su propio hijo. Y para preguntarse lo mismo: por qué ellos, por qué él. En el fondo, quizás presienten que es el fin de todos. ¿Cómo se sale de algo así? Es como morirse en vida, imagino.

Se equivocan quienes piensan que esta es la historia del asesino rico y la niña pobre. No. Es la historia de una sociedad que ya no sabe cómo más hacerse daño. No han sido suficientes las múltiples guerras vividas, ni las múltiples masacres, ni las múltiples desapariciones ni las múltiples injusticias. Pareciera que nos hace falta más. Y quién sabe qué más hay detrás. Qué oscuras verdades irán apareciendo y a cuántos más terminarán involucrando. Si se confirman los temores del Fiscal, entonces volveremos al comienzo de este escrito: el amor de hermano todo lo puede, menos la complicidad ante lo imperdonable.

No son las cadenas perpetuas las que devolverán a Yuliana. No son las castraciones de las que se habla con tanta erudición las que aplicarán justicia. No es el linchamiento público lo que traerá paz al corazón bueno de la familia Samboní. Lo que realmente esparcirá sosiego en ella y en todos los que vimos en esta niña el reflejo de nuestras propias niñas es el fin de la indiferencia para con nuestros niños, el fin de ver el maltrato y no actuar, el fin de sospechar y callar.

No es retórica: apenas tres de cada diez bogotanos perciben que los habitantes de la ciudad se comportan bien con los niños y niñas que la habitan. Una triste estadística hecha realidad.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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